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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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Ella había sacado ya su libreta y estaba tomando notas.

– Puede que nunca reciba ese mensaje -dijo.

– No pensemos en eso. Sé positiva.

Me detuve ante un puesto ambulante.

– Dos knishes, mostaza y sauerkraut -le dije al vendedor.

Marqué luego el número de teléfono de Bill Satherwaite en Carolina del Sur.

– Estoy llamando primero a las casas de las potenciales víctimas antes de llamar a la policía local -dije, dirigiéndome a Kate-. Con los polis puede uno acabar colgado del teléfono.

– Cierto.

– Después llamaré a sus respectivos despachos.

Sonó el teléfono, y una voz grabada dijo: «Bill Satherwaite. Deje su mensaje.» Así que dejé un mensaje similar al que había dejado en la residencia de McCoy, finalizando con mi consejo de que abandonara la ciudad.

El vendedor callejero oyó mi mensaje y me miró con suspicacia mientras nos entregaba a mí y a Kate un knish envuelto en papel encerado. Le di un billete de diez dólares.

– ¿Qué es esto? -preguntó Kate.

– Comida judía. Una especie de pasta de patatas machacadas. Fritas. Es bueno.

Marqué el número de la casa de Paul Grey en Florida, observando que la dirección de su casa era la misma que la de su negocio.

Pero otro contestador automático me indicó que dejara un mensaje. Repetí lo que había dejado antes, y el vendedor me miró fijamente mientras me daba el cambio.

Kate y yo continuamos andando. Probé con el número de la oficina de Grey, y oí: «Software de Simulación Grey. En este momento no podemos atenderle», etcétera. No me gustaba el hecho de que nadie pareciese estar en casa, y Grey no estaba en su despacho. Dejé el mismo mensaje, y de nuevo Kate tomó nota de ello.

Probé luego con el número comercial de Satherwaite, que venía identificado como «Servicios aéreos y entrenamiento de pilotos». Respondió un contestador automático con tono de vendedor callejero y el ruego de que dejase mi número. Dejé mi comedido mensaje, que, advertí, se estaba tornando menos comedido. Me sentía tentado a gritar por el teléfono: «¡Corre a salvar el pellejo, amigo!» Colgué.

– ¿Dónde está hoy todo el mundo? -le pregunté a Kate.

Ella no respondió.

Estábamos subiendo por Broadway, y Federal Plaza quedaba a una manzana de distancia. Devoré la mitad de mi knish en un tiempo récord mientras escrutaba el fax.

Kate dio un mordisco al knish, hizo una mueca y lo depositó en una papelera, sin tan siquiera ofrecérmelo a mí. Mi ex solía mandar al camarero que retirase su plato a medio terminar sin consultar primero conmigo. Mala señal.

Decidí probar con el número del Museo Cuna de la Aviación de Long Island, sabiendo que oiría una voz humana. Una mujer contestó:

– Museo.

– Señora -dije-, soy John Corey, del FBI. Necesito hablar con el señor James McCoy, el director. Es urgente.

Hubo un largo silencio, y comprendí lo que eso significaba.

– El señor McCoy… -empezó a decir, y oí un leve sollozo-. El señor McCoy ha muerto.

Miré a Kate y sacudí la cabeza. Tiré mi knish a la cuneta y hablé mientras caminábamos con paso rápido a lo largo de la manzana.

– ¿Cómo murió, señora?

– Fue asesinado.

– ¿Cuándo?

– El lunes por la noche. El museo está lleno de policías… no se permite a nadie entrar en el edificio.

– ¿Dónde está usted, señora?

– Al lado, en el Museo Infantil. Soy la secretaria del señor McCoy, y su teléfono suena ahora aquí, de modo que…

– Entiendo. ¿Cómo fue asesinado?

– Le dispararon en… uno de los aviones… había otro hombre con él… ¿quiere hablar con la policía?

– Todavía no. ¿Sabe quién era el otro hombre?

– No. Bueno, sí. La señora McCoy dijo que era un viejo amigo pero no puedo recordar…

– ¿Grey? -pregunté.

– No.

– ¿Satherwaite?

– Sí. Eso es. Satherwaite. Deje que le pase con la policía.

– Un momento. ¿Ha dicho que le dispararon en un avión?

– Sí. Él y su amigo estaban sentados en un caza… el F-l 11, y los dos fueron… el guardia, señor Bauer, fue asesinado también…

– Está bien. Volveré a llamar.

Colgué e informé a Kate mientras entrábamos en 26 Federal Plaza. En tanto esperábamos el ascensor llamé a la casa de Bob Callum en Colorado Springs, y una mujer respondió:

– Residencia Callum.

– ¿Es usted la señora Callum?

– Sí. ¿Quién es usted?

– ¿Está en casa el señor Callum?

– Coronel Callum. ¿Quién llama?

– Soy John Corey, señora, del FBI. Necesito hablar con su marido. Es urgente.

– No se encuentra bien hoy. Está descansando.

– Pero está en casa.

– Sí. ¿A qué viene esto?

Llegó el ascensor, pero en el interior de un ascensor se puede perder fácilmente la señal, así que no lo cogimos.

– Señora -dije-, le voy a poner con mi compañera, Kate Mayfield. Ella le explicará. -Apoyé el teléfono contra el pecho y le dije a Kate^-: Las mujeres se entienden mejor con las mujeres.

Pasé el teléfono a Kate y le dije:

– Voy a subir.

Mientras esperaba el siguiente ascensor oí a Kate presentarse y decir:

– Señora Callum, tenemos razones para creer que quizá su marido se encuentre en peligro. Escúcheme, por favor. Luego, tan pronto como termine, quiero que llame usted a la policía, al FBI y al servicio de seguridad de la base. ¿Vive usted en la base?

Llegó el ascensor, y entré en él, dejando el asunto en buenas manos.

Una vez en el piso veintiséis, me dirigí rápidamente al CMP y fui a mi mesa. Marqué el número de Chip Wiggins en Burbank, esperando que se me facilitara un nuevo número al que llamar, pero una voz grabada me informó de que el número había sido desconectado y no había más información disponible.

Miré las dos hojas de fax y observé que Waycliff, McCoy y Satherwaite ya habían sido asesinados, Paul Grey no se iba a poner al teléfono y Wiggins se había esfumado. Hambrecht había sido asesinado en enero en Inglaterra, y me pregunté si, en su momento, alguien había pensado por qué. Steven Cox era el único que había muerto de muerte natural, si se considera natural para un piloto de caza la muerte en combate. La señora Hambrecht había indicado que uno de los hombres estaba muy enfermo, y supuse que era Callum. La próxima reunión de aquellos ocho hombres no necesitaba una sala amplia.

Me puse al ordenador, y, recordando por experiencia que en algunas zonas rurales de Florida es el departamento del sheriff del condado el que lleva los casos de homicidio, descubrí que Spruce Creek se encuentra en el condado de Volusia. Localicé el número de teléfono de la oficina del sheriff y marqué, esperando que contestase algún patán sureño. Mientras tanto, sabía que debía alertar lo antes posible a la sección de contraterrorismo del edificio Hoover pero una llamada como ésa podía llevar una hora, seguida del preceptivo informe escrito, y mi instinto me imponía llamar primero a las víctimas potenciales. De hecho, era más que instinto, era mi propio procedimiento operativo habitual. Si alguien intentaba matarme, querría ser el primero en saberlo.

– departamento del sheriff, habla el ayudante Foley.

Hablaba exactamente como si fuese del mismo pueblo que yo.

– Sheriff, soy John Corey, de la oficina del FBI en Nueva York. Llamo para informar de una amenaza de asesinato contra un vecino de Spruce Creek llamado Paul Grey…

– Demasiado tarde.

– Ya… ¿cuándo y dónde?

– ¿Puede identificarse con más detalle?

– Llámeme aquí a través de la centralita. -Le di el número general y colgué.

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