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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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Unos quince segundos después sonó el teléfono; era el ayudante Foley.

– Mi ordenador dice que éste es el número de la Brigada Antiterrorista -dijo.

– Exacto.

– ¿De qué se trata?

– No puedo decírselo hasta que oiga lo que usted tiene que decir. Seguridad nacional.

– ¿Sí? ¿Qué significa eso?

Decididamente, el tío era un neoyorquino, y jugué esa carta.

– ¿Eres de Nueva York?

– Sí. ¿Cómo lo sabes?

– Simple conjetura. Yo he sido de la policía neoyorquina. Homicidios. Estoy pluriempleado.

– Yo estuve de patrullero en la Uno-Cero-Seis, en Queens. Hay mucha gente de la policía de Nueva York por aquí, trabajando y retirados. Yo soy ayudante del sheriff. Tiene gracia, ¿verdad?

– Oye, podía ir yo también.

– Aquí adoran a la policía de Nueva York. Creen que sabemos lo que hacemos. -Rió.

De modo que, establecidos ya los vínculos, le dije:

– Háblame del asesinato.

– De acuerdo. Se cometió en casa de la víctima. Casa y lugar de trabajo. Lunes. El forense fijó la hora de la muerte hacia mediodía pero estaba conectado el aire acondicionado, así que quizá fuese antes. El cadáver lo descubrimos nosotros a eso de las ocho y cuarto de la tarde, en virtud de denuncia presentada por una mujer llamada Stacy Moll. Es una piloto privada que llevó a un cliente desde el aeropuerto municipal de Jacksonville hasta la casa de la víctima. La casa está junto a una pista de la comunidad de acceso por aire llamada Spruce Creek, en las afueras de Daytona Beach. El cliente dijo que tenía negocios con el fallecido.

– Sí que los tenía.

– Bien, pues ese cliente va y le dice a la piloto que se llama Demitrious Poulos, comerciante en antigüedades de Grecia, pero después la mujer ve la foto esa en el periódico y cree que su cliente era ese tipo, Asad Jalil.

– Tiene razón.

– Santo Dios. Nosotros creímos que sufría alucinaciones, pero luego encontramos a ese hombre muerto… ¿por qué querría Jalil cargarse a ese hombre?

– Tiene algo contra los aviones. No sé. ¿Qué más?

– Bueno, dos heridas de bala, una en el abdomen, otra en la cabeza. Y mató también a la señora de la limpieza, de un tiro en la nuca.

– ¿Encontrasteis balas o casquillos?

– Sólo las balas. Tres del calibre 40.

– Bien, supongo que daríais parte al FBI.

– Sí. Quiero decir que no creíamos realmente la historia esa de Asad Jalil pero, aparte de eso, la víctima parecía estar involucrada en alguna clase de trabajo relacionado con la defensa, y, según la amiga de la víctima, a la que localizamos, podrían faltar algunos disquetes de ordenador.

– ¿Pero informasteis al FBI de la posible relación con Jalil?

– Sí. A la delegación de Jacksonville. Nos informaron de que cada quince minutos estaban recibiendo llamadas de alguien que aseguraba haber visto a Asad Jalil. No se lo tomaron muy en serio -añadió-, pero dijeron que mandarían un agente. Todavía estamos esperando.

– Bien. O sea que después de Spruce Creek, esa piloto llevó a su cliente, ¿adónde?

– De nuevo al aeropuerto municipal de Jacksonville y luego al internacional. El hombre dijo que volvía a Grecia.

Reflexioné unos momentos sobre eso.

– ¿Avisaste a la policía de Jacksonville? -pregunté.

– Naturalmente. ¿Crees que he olvidado todo lo que sé? Revisaron el aeropuerto, listas de pasajeros, ventas de billetes y todo eso, pero ni rastro de Demitrious Poulos.

– Ya… ¿Cuánto tiempo permaneció el asesino en la casa con la víctima?

– La piloto dijo que una media hora.

Asentí con la cabeza. Podía imaginar casi al detalle aquella conversación entre Asad Jalil y Paul Grey.

Hice unas pocas preguntas más al sargento Foley y obtuve unas pocas respuestas más pero, básicamente, eso era todo. Salvo que algunos agentes del FBI en Jacksonville estaban metidos en un buen lío y ellos aún no lo sabían. Viendo a Asad Jalil cada quince minutos. Pero esta vez era de verdad. Yo no sabía quién era Stacy Moll pero trataría de conseguirle unos cuantos dólares federales por buena ciudadana.

– ¿Estáis estrechando el cerco en torno a ese tío? -me preguntó el ayudante Foley.

– Creo que sí.

– Es un auténtico cabrón.

– Desde luego.

– Oye, ¿qué tiempo hace en Nueva York?

– Soberbio.

– Aquí hace un calor de cojones. A propósito, la piloto dijo que su cliente volvería la próxima semana. Reservó un avión para volver a Spruce Creek.

– No te hagas ilusiones.

– Claro. También quedó con ella para cenar juntos.

– Dile que tiene suerte de estar viva.

– Además, de verdad.

– Gracias.

Colgué y junto al nombre de Paul Grey anoté «asesinado», con la fecha y la hora aproximada. Aquella reunión se hacía más pequeña. De hecho, quizá solamente acudiría Chip Wiggins, a menos que se hubiera trasladado al este y hubiese recibido ya la visita de Asad Jalil. Bob Callum continuaba vivo en Colorado, y me pregunté si Jalil lo había dejado con vida porque sabía que, según la señora Hambrecht, estaba muy enfermo o, simplemente, porque no había llegado aún allí. ¿Y dónde estaba Wiggins? Si pudiéramos salvar la vida de Wiggins, supondría una pequeña victoria en un juego en que el tanteo era: León, cinco; equipo local, cero.

Kate entró en el cubículo y se sentó a su mesa.

– He mantenido la comunicación con la señora Callum hasta que ella ha llamado por otra línea a la policía y al director de la Academia -dijo-. Dice que tiene una pistola y que sabe usarla.

– Magnífico.

– Dice que su marido está muy enfermo. Cáncer.

Asentí con la cabeza.

– ¿Crees que Jalil lo sabe?

– Estoy tratando de imaginar lo que no sabe. He llamado a la policía de Daytona Beach. Paul Grey fue asesinado el lunes, hacia mediodía o quizá antes.

– Oh, Dios mío…

Le conté lo que me había dicho el ayudante Foley y añadí:

– Tal como yo lo veo, Jalil subió al taxi de Yabbar, no fue al museo de McCoy en Long Island, sino que salió de la zona, fue directamente a Perth Amboy, mató a Yabbar, subió a un coche que lo esperaba, se dirigió a Washington, se alojó en algún sitio, fue a casa de Waycliff, liquidó al general, su mujer y su ama de llaves y luego fue al aeropuerto municipal de Jacksonville, tomó un avión privado hasta Spruce Creek, mató a Paul Grey y a su asistenta, regresó seguidamente a Jacksonville en el mismo avión, después… supongo que fue a Moncks Corner… la dirección comercial de Satherwaite es un servicio de vuelos de alquiler, así que Jalil alquila el avión de Satherwaite, con éste a los mandos, y vuelan a Long Island para una reunión. Debió de ser un vuelo interesante. Llegan a Long Island, los mata a los dos en el museo, en un F-l 11 precisamente, y mata también al guarda. Endiabladamente increíble.

Kate asintió con la cabeza.

– ¿Y adonde fue después? ¿Cómo salió de Long Island?

– Supongo que despegaría desde el MacArthur. No es un aeropuerto internacional, así que las medidas de seguridad no son muy estrictas. Pero quizá utilice solamente aviones privados.

– Es muy posible. De modo que puede estar volando a Colorado Springs o a California en un avión privado. Muy probablemente, un reactor -añadió.

– Tal vez. Pero quizá quiere marcharse mientras todavía nos lleva ventaja y ahora ya va camino de Arenalandia.

– No le hemos dado muchos motivos para inducirlo a creer que no puede ir a por todas.

– Eso es cierto. -Cogí un lápiz y empecé a sumar los muertos conocidos, sin contar los gaseados del vuelo 175. Dije-: Este tío está reduciendo el exceso de población de la costa Este. -Dejé el lápiz y leí-: Andy McGill, Nick, Nancy y Meg Collins, Yabbar, Waycliff, su mujer y su ama de llaves, Grey y la asistenta, Satherwaite, McCoy y un guarda. Total, trece.

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