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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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– No te olvides de Yusef Haddad.

– Cierto. El estúpido cómplice. Catorce. Y aún estamos a martes.

Kate no respondió.

– A excepción de Callum, que está protegido, Wiggins es el último que está, o podría estar, vivo y sin protección -dije, entregándole las hojas del fax.

– ¿Has probado a llamarlo? -me preguntó.

– Sí. Teléfono desconectado. Probemos a localizarlo por la guía de Burbank.

Se volvió y empezó a aporrear las teclas de su ordenador.

– ¿Cuál es su verdadero nombre de pila?

– No sé. Mira a ver lo que puedes hacer.

– Llama a Contraterrorismo, en Washington, mientras yo manejo esto. Llama luego al FBI de Los Ángeles. Después, informa a todo el mundo aquí, en el CMP, por correo electrónico o como creas que es más rápido.

No me apresuré precisamente a hacerlo. Estaba tratando de pensar con más rapidez que con la que Jalil estaba matando gente. El knish, la mostaza, el sauerkraut y el vino tinto me estaban dando vueltas en el estómago.

No veía razón inmediata para alertar a los colegas que me rodeaban ni para alertar a Washington. Ya había establecido que cuatro hombres estaban muertos y no necesitaban protección. Callum estaba vivo y protegido. Eso dejaba el problema de encontrar a Wiggins, cosa que Kate y yo estábamos más que facultados para hacer.

– Voy a llamar a la oficina del FBI en Los Ángeles -le dije-. ¿O quieres hacer tú esa llamada?

– Lo haría si tú supieras utilizar mejor el ordenador. Buscaré a Wiggins. -Y añadió-: Pregunta por un hombre llamado Doug Sturgis. Es el agente delegado que está al frente de la oficina. Menciona mi nombre.

– De acuerdo.

Así que llamé a la oficina de Los Ángeles, me identifiqué como miembro de la Brigada Antiterrorista de Nueva York, lo cual suele atraer la atención de la gente, y pregunté por Doug Sturgis, que se puso al teléfono.

Yo no quería aturdirlo con datos, ni tampoco quería que llamase a Washington, pero necesitaba su ayuda.

– Señor Sturgis -dije-, estamos buscando a un varón caucasiano llamado Chip Wiggins, ignoramos nombre de pila y primer apellido, de unos cincuenta años, con último domicilio conocido en Burbank. -Le di la dirección y añadí-: Es un posible testigo en un importante caso que podría estar relacionado con el terrorismo internacional.

– ¿Qué caso es ése?

¿Por qué será todo el mundo tan curioso?

– Se trata de un caso delicado sometido actualmente a secreto oficial -respondí-, y, lo siento, no estoy autorizado para identificarlo en estos momentos, pero es posible que Wiggins sepa algo que precisamos conocer. Lo único que necesito de usted es que lo busque, y lo ponga bajo protección y me llame lo antes posible. -Insistí en que era muy poco lo que sabíamos acerca del señor Wiggins.

Se produjo un silencio, y luego el señor Sturgis preguntó:

– ¿Quién lo persigue? ¿Qué grupo?

– Digamos que de Oriente Medio. Y es importante que lo encontremos antes que ellos. Cuando tenga más detalles lo volveré a llamar.

El señor Sturgis no parecía inclinado a atender mi petición, así que dije:

– Estoy trabajando en esto con Kate Mayfield.

– Oh.

– Ella dijo que usted era la persona más indicada a quien pedir ayuda.

– Está bien. Haremos lo que podamos. -Repitió el último domicilio conocido de Wiggins y su número de teléfono, y agregó-: Dele recuerdos a Kate.

– Lo haré. -Le pasé los números de teléfono directos de Kate y mío y añadí-: Gracias.

Colgué y llamé a la sección de Personas Desaparecidas de la policía de Los Ángeles. Me identifiqué, solicité hablar con un inspector y me pusieron con un tal teniente Miles.

– Ustedes pueden hacer un trabajo mucho mejor que nosotros para localizar a una persona desaparecida -dije, después de soltar mi rollo de evasivas.

– No puedo estar hablando con el FBI -exclamó el teniente Miles.

Reí cortésmente y le informé:

– Yo pertenecía antes a la policía de Nueva York, Homicidios. Estoy aquí para enseñar los rudimentos del cumplimiento de la ley.

Rió.

– Muy bien. Si lo encontramos, le pediremos que le llame a usted. Es todo lo que podemos hacer si no es sospechoso de nada.

– Agradecería que lo escoltasen hasta sus instalaciones. Se halla en peligro.

– ¿Sí? ¿Qué clase de peligro? Ahora estamos hablando de peligro.

– Estoy hablando de seguridad nacional, y es todo lo que puedo decir en este momento.

– Oh, vuelve a ser un federal.

– No, soy un policía en apuros. Necesito esto, y no puedo decir por qué.

– De acuerdo. Pondremos su fotografía en una caja de leche. ¿Tiene una foto suya?

Inspiré profundamente.

– No es una foto muy buena -dije-, y es muy antigua, y tampoco quiero carteles en su antiguo barrio. Estamos tratando de atrapar al individuo que intenta encontrarlo, no asustarlo y hacer que huya. ¿De acuerdo? A propósito, he llamado a la oficina del FBI en Los Ángeles, un tal agente Sturgis, y ellos también están trabajando en esto. El que primero lo encuentre se gana una medalla de oro.

– Caray. ¿Por qué no lo había dicho? Ahora mismo ponemos manos a la obra.

Los polis pueden ser un incordio.

– Pero en cuerpo y alma, teniente.

– Muy bien. Resolveré el asunto y lo llamaré.

– Gracias. -Le di los teléfonos de Kate y mío.

– ¿Qué tiempo hace en Nueva York?

– Nieve y hielo.

– Ideal para patinar. -Colgó.

Kate levantó la vista de su ordenador.

– No tenías que ser tan reservado con nuestros colegas -me dijo-, ni con la policía de Los Ángeles.

– No era reservado.

– Sí que lo eras.

– Bueno, lo importante no es que sepan por qué, lo único importante es que sepan quién. Chip Wiggins ha desaparecido, y hay que encontrarlo. No necesitan saber más.

– Estarían más motivados si supiesen por qué.

Ella tenía razón, desde luego, pero yo trataba de pensar como policía y actuar como federal, y toda aquella historia de la seguridad nacional me estaba alterando.

– No encuentro nada en ninguna de las guías de Burbank ni de Los Ángeles -dijo Kate, volviendo a su ordenador.

– Dile al ordenador por qué necesitas saberlo.

– Vete a la mierda, John. -Y añadió-: Soy tu jefe. Me mantendrás informada y me escucharás.

¡Carajo!

– Si no le gusta la forma en que llevo este caso y no le satisfacen los resultados obtenidos hasta el momento… -repliqué, con mi tono de dignidad ofendida.

– Está bien. Lo siento. Es sólo que estoy un poco tensa y cansada. No he dormido en toda la noche. -Sonrió y me guiñó un ojo.

Correspondí más o menos a su sonrisa. La Mayfield tiene también su lado rudo, y yo haría bien en recordarlo.

– Sturgis me ha dado recuerdos para ti.

No respondió pero continuó aporreando el teclado del ordenador.

– Por lo que sabemos, este tipo lo mismo podría haberse ido a Nome, Alaska -dijo-. Ojalá tuviera su número de la seguridad social. Comprueba tu correo electrónico para ver si hay algún mensaje del Departamento de Defensa o de la Fuerza Aérea sobre los expedientes personales de esos ocho hombres.

– Sí, señora.

Pinché mi correo electrónico pero, aparte de un montón de correspondencia interna, no había nada.

– Ahora que tenemos algunos nombres podemos pedir expresamente a la Fuerza Aérea el expediente de Wiggins -dije.

– Sí. Eso haré.

Cogió el teléfono, y la oí abrirse paso a través de la jungla burocrática.

– Espero que a Asad Jalil le esté costando tanto como a nosotros encontrar a Wiggins -exclamé, sin dirigirme a nadie en particular.

Entré en mi ordenador y probé unas cuantas avenidas de la Autopista de la Información, incluida la página web de la Fuerza Aérea. Había una sección de «Desaparecidos en combate» y otra de «Muertos en combate», e increíblemente encontré a Steven Cox, muerto en la guerra del Golfo. Pero no había ninguna sección titulada «Personas en misiones secretas».

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