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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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Sobrevolaron el océano y luego volvieron hacia la costa y continuaron el descenso.

Se mantuvo atento a alguna indicación de retraso en la toma de tierra, pero oyó el sonido del tren de aterrizaje al desplegarse y luego vio extenderse los alerones de la parte posterior de las alas. Las luces de aterrizaje parpadeaban en las puntas de las alas y sus destellos penetraban en la cabina por las ventanillas.

Sabía que todos estos cambios en los planes de vuelo no garantizaban su seguridad en tierra. Pero, como existía la posibilidad de cambiar los planes casi a voluntad, se decidió hacerlo así, aunque sólo fuera por ponerles más difíciles las cosas a los norteamericanos si trataban de atraparlo.

Malik le había enseñado dos películas interesantes. En la primera, filmada a cámara lenta, un león perseguía a una gacela. La gacela cambiaba de rumbo torciendo a la izquierda, y Malik dijo: «Observa que el león no reacciona torciendo más aún a la izquierda para interceptar a su presa. El león sabe que la gacela puede cambiar rápidamente de dirección a la derecha, y el león se distanciará de su presa y la perderá. El león sólo cambia de dirección en el mismo ángulo que su presa y sigue directamente detrás de ella. No quiere dejarse engañar, y sabe que su velocidad le permitirá alcanzar incluso a la gacela, siempre que concentre su atención en los cuartos traseros de ésta.» La película terminaba con el león saltando sobre las ancas de la gacela, que se desplomaba bajo el peso de su perseguidor y esperaba inmóvil la muerte.

La otra película mostraba a un león perseguido a través de una herbosa pradera por un Land Rover en el que viajaban dos hombres y dos mujeres. Según el narrador, las personas del vehículo trataban de aproximarse al león lo suficiente para dispararle un dardo tranquilizante, a fin de capturarlo para alguna finalidad científica.

Esta película estaba rodada también a cámara lenta, y Jalil observó que, al principio, el león trataba de confiar en su velocidad para distanciarse del vehículo pero, a medida que se fatigaba, torcía hacia la derecha, y el vehículo iba también a la derecha pero en ángulo más agudo, para interceptar al león. Sin embargo, el león, que se encontraba ahora en la situación de una gacela, sabía por instinto y por experiencia lo que estaba haciendo el vehículo y torcía súbitamente a la izquierda, y el vehículo quedaba a mucha distancia de él por la derecha. La película terminó, y Jalil nunca supo si el león escapaba.

Malik había dicho: «El león, cuando es él el cazador, mantiene la atención centrada en su presa. El león, cuando es objeto de caza, confía en su saber y su instinto de cazador para burlar a sus perseguidores. Hay ocasiones en que debes cambiar de dirección para escapar de quienes te persiguen, y otras en que un innecesario cambio de dirección permite escapar a tu presa. El peor cambio de dirección es el que te conduce directamente a una trampa. Has de saber cuándo cambiar de rumbo, y cuándo aumentar tu velocidad y cuándo reducir la marcha si hueles peligro ante ti. Has de saber también cuándo pararte y fundirte con la vegetación. Una gacela que ha escapado del león vuelve pronto a pastar descuidadamente. La gacela está llenándose beatíficamente de hierba la barriga, sin hacer ejercicio. El león sigue deseando su carne y esperará a que la gacela engorde y se haga más lenta.»

El Learjet pasó sobre la vertical del principio de la pista, y Jalil miró por la ventanilla mientras el aparato se posaba sobre la pista de cemento.

El Lear se detuvo rápidamente y rodó luego por una calzada lateral. Minutos después, el Learjet llegaba a una desierta zona de Aviación General.

Jalil observó atentamente los alrededores a través de la ventanilla de la cabina y luego se levantó, cogió el maletín, se dirigió a la parte delantera del aparato y se arrodilló detrás de los pilotos. Escrutó el lugar por las ventanillas de la carlinga y vio ante ellos a un hombre que sostenía en las manos un juego de varillas luminosas para guiar al avión hasta una zona de estacionamiento situada justamente enfrente del edificio.

El capitán Fiske apagó los motores y se dirigió a su pasajero:

– Hemos llegado, señor Perleman. ¿Necesita que se le lleve a alguna parte?

– No. Vienen a buscarme. -Aunque no sé quién. Jalil continuó mirando por las ventanillas de la carlinga.

El copiloto, Sanford, se soltó el cinturón, se puso en pie y, murmurando una disculpa, pasó por delante de su pasajero.

Sanford abrió la puerta, y una suave brisa entró en el avión. Sanford salió, y Asad Jalil lo siguió, dispuesto a despedirse de él o a pegarle un tiro en la cabeza, según lo que sucediera en los segundos siguientes.

El capitán Fiske salió también del aparato, y los tres hombres quedaron parados, juntos, en el aire fresco del amanecer.

– Me reuniré con mi colega en la cafetería -dijo Jalil.

– Sí, señor -dijo el capitán Fiske-. La última vez que estuve aquí había una cafetería en ese edificio de dos pisos. Debería estar abierta ya.

Los ojos de Jalil recorrieron rápidamente los hangares y los edificios de mantenimiento, sumidos todavía en las sombras de la madrugada.

– Por allí, señor -dijo el capitán Fiske-. Aquel edificio de las ventanas.

– Sí, lo veo. -Consultó su reloj y dijo-: Van a llevarme a Burbank. ¿Cuánto se tarda en coche?

Los dos pilotos reflexionaron durante unos instantes.

– Bueno -respondió finalmente Sanford-, el aeropuerto de Burbank está sólo a unas doce millas al norte de aquí, por lo que no se tardará mucho en coche. Unos veinte o treinta minutos quizá.

Por si los pilotos se extrañaban, Jalil dijo:

– Tal vez debería haber ido directamente a su aeropuerto.

– Bueno, allí no se autorizan aterrizajes ni despegues hasta las siete de la mañana.

– Ah, entonces por eso mi colega me dijo que me recibiría aquí.

– Sí, señor. Probablemente.

De hecho, Jalil sabía todo eso, y sonrió para sus adentros al pensar en la reacción de sus pilotos cuando más adelante descubrieran que su pasajero no era tan ignorante como lo habían sido ellos con respecto a sus planes de vuelo.

– Gracias -les dijo. Se dirigió a los dos hombres y añadió-: Y les quedo reconocido por su ayuda y su compañía.

Ambos pilotos respondieron que había sido un placer tenerlo a bordo. Jalil dudaba de su sinceridad, pero dio a cada uno un billete de cien dólares.

– Solicitaré que sean ustedes dos quienes me atiendan la próxima vez que necesite sus servicios -dijo.

Dieron las gracias al señor Perleman, se llevaron la mano a la gorra y se alejaron en dirección al hangar abierto.

Asad Jalil quedó solo, desprotegido en la amplia extensión, esperando que la quietud reinante estallara en un caos de gritos y hombres corriendo. Pero no sucedió nada, lo cual no le sorprendió. No percibía ningún peligro y sentía la presencia de Dios en el sol naciente.

Se dirigió con paso tranquilo hacia el edificio de cristal situado a la derecha del hangar y entró.

Encontró la cafetería y vio a un hombre sentado solo a una mesa. El hombre vestía vaqueros y camiseta azul y estaba leyendo Los Angeles Times. Al igual que él, tenía rasgos semíticos y era aproximadamente de su misma edad. Asad Jalil se le acercó.

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