El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
– Descuida. Dame una ayuda.
Cal se echó a reír.
– De acuerdo, ¿qué necesitas?
– El trato es el siguiente. Necesito los nombres de unos tipos que participaron en una misión de bombardeo con el difunto general. Te lo diré con claridad, esos nombres son alto secreto, y la Fuerza Aérea y el Departamento de Defensa se niegan en redondo a cooperar, o se hacen los remolones, o quizá es que no saben quiénes son.
– ¿Cómo voy a saberlo yo entonces?
– Bueno, puedes preguntárselo discretamente a la familia, o puedes ir a la casa del difunto y echar un vistazo. Mira en su agenda, o en sus archivos. Tal vez haya una foto o algo así. Creía que eras un detective.
– Soy un detective, no un puñetero adivino. Dame algo más.
– Está bien. La misión de bombardeo se desarrolló sobre un lugar de Libia llamado… -miré el artículo que tenía sobre la mesa y dije-: Al Azziziyah.
– Yo tengo un sobrino que se llama Al Azziziyah.
¿He dicho que los dos teníamos un extraño sentido del humor?
– Es un lugar, Cal. En Libia. Cerca de Trípoli.
– Oh, sí. ¿Por qué no lo habías dicho? Ahora está todo claro.
– La cuestión es que estoy casi seguro de que el general Waycliff fue asesinado por ese tipo, Asad Jalil.
– ¿El tío que se cargó a todo el avión?
– El mismo.
– ¿Qué diablos está haciendo en Washington?
– Matar gente. Está en acción. Y creo que quiere eliminar a todos los pilotos y tripulantes que participaron en esa incursión sobre Al Azziziyah.
– ¿En serio? ¿Por qué?
– Porque quiere vengarse. Yo creo que vivía allí, y quizá algunas de aquellas bombas mataron a gente que él conocía. ¿Entiendes?
– Sí… O sea, que ahora se está desquitando.
– Exacto. La misión de bombardeo se llevó a cabo el 15 de abril de 1986. Participaron cuatro aviones F-111, tripulaciones de dos hombres, con un total de ocho individuos. Uno de ellos, el coronel William Hambrecht, fue asesinado a hachazos en enero en las proximidades de la base aérea de Lakenhead, en Inglaterra. Está luego el general Waycliff, que intervino en la incursión. Otro tipo, cuyo nombre no conozco, murió en la guerra del Golfo, de modo que ya tienes dos nombres, Hambrecht y Waycliff. Quizá haya una foto de grupo o algo así.
– Entiendo. -Al cabo de unos instantes preguntó-: ¿Por qué habría de esperar tanto tiempo ese sujeto para saldar cuentas?
– Era un chiquillo entonces. Ahora es plenamente adulto. -Referí a Cal una breve historia de Asad Jalil, su detención en París y las demás cosas que no venían en los periódicos.
– Oye -dijo Cal-, si el sujeto fue atrapado en París, debes tener sus huellas dactilares y todo lo demás.
– Buena observación. Haz que el laboratorio del FBI te envíe todo lo que tenga. Incluso tienen fibras del traje que podría haber estado llevando en Washington. También tienen el ADN y algunas otras cosas.
– ¿En serio?
– Sí, también tienen eso.
Se echó a reír.
– No hemos ido mucho por la escena del crimen pero sí lo hizo ese Jalil, al menos el departamento forense sabe lo que está buscando cuando el FBI envía huellas y fibras y todo eso.
– Exacto. ¿Las víctimas fueron asesinadas con un calibre 40?
– No. Un 45. El general tenía una automática militar del 45, y, según su hija, ha desaparecido.
– Creía que no trabajabas en el caso.
– No directamente. Pero es un caso importante. Se trata de blancos, ¿sabes?
– Sí. Bueno, no pueden confiártelo a ti.
Rió de nuevo.
– Te diré lo que voy a hacer. Dame unas horas…
– Una hora como máximo, Cal. Hay por ahí otros tipos que necesitan ser protegidos. Probablemente, vamos ya demasiado tarde para algunos de ellos.
– Sí, de acuerdo. Tengo que contactar con los que llevan el caso y luego me acerco personalmente a la casa de la víctima y te llamo desde allí. ¿Vale?
– Te lo agradezco. -Le di el número del móvil de Kate y añadí-: Guárdame el secreto.
– Me lo quedas a deber -dijo.
– Ya he pagado. Asad Jalil. Ése es el asesino.
– Más vale que lo sea, muchacho. Me juego el pellejo con esto.
– Yo te cubriré.
– Sí. El FBI siempre cubre a los polis.
– Yo soy poli todavía.
– Más te vale.
Colgó, y yo dejé el móvil sobre la mesa.
Kate levantó la vista de su ordenador.
– Lo he oído todo -dijo.
– Bueno, oficialmente, no has oído nada.
– Vale. Creo que te estás manteniendo dentro de los límites.
– Es un principio.
– No te pongas paranoico. Estás autorizado para explorar todas las vías legítimas de investigación.
– ¿Incluso material de alto secreto?
– No. Pero parece ser que el criminal posee la información, por lo que ésta ya no se halla protegida.
– ¿Estás segura?
– Confía en mí. Soy abogada.
Sonreímos. Supongo que volvíamos a ser camaradas.
Mantuvimos durante un rato la clase de conversación que los amantes tienen tras un pequeño malentendido derivado de creer que uno de ellos no acaba de deshacerse de alguien con quien ha estado acostándose. Y, sin solución de continuidad, pasamos al tema profesional que nos ocupaba.
– Si podemos conseguir esos nombres de tu amigo, y quizá también las direcciones, antes de que la señora Hambrecht los dé a conocer, o antes de que la Fuerza Aérea o el Departamento de Defensa los encuentre, entonces tenemos más probabilidades de continuar trabajando en el caso -dijo Kate-. Que no es lo mismo que los obtenga Contraterrorismo de Washington -añadió.
La miré. Evidentemente, la señora Mayfield, jugadora de equipo, estaba reconsiderando la forma en que había que llevar el juego.
Establecimos contacto visual, y ella sonrió.
– Sí -dije-. Detesto que la gente me coja cosas que son mías.
Asintió con la cabeza.
– La verdad es que eres muy inteligente -observó-. A mí en ningún momento se me ocurrió llamar a Homicidios de Washington.
– Yo soy un policía de homicidios. Y esto es un asunto de policía a policía. Lo hacemos continuamente. -Y añadí-: Fuiste tú quien pensó en solicitar el expediente del coronel Hambrecht. ¿Ves? Trabajamos bien juntos. FBI, policías, sinergia. Resulta realmente bien. Gran idea. ¿Por qué no entré en este equipo hace diez años? Cuando pienso en todo el tiempo que he desperdiciado en la fuerza policial…
– Basta, John.
– Sí, señora.
– Voy a encargar comida. ¿Qué te apetece?
– Trufas con arroz en salsa bearnesa y verduras.
– ¿Quieres que te meta el puño en la boca?
Santo Dios. Me puse en pie y me desperecé.
– Permíteme que te invite a comer.
– Bueno… yo no…
– Vamos. Necesito salir de aquí. Tenemos los buscas. -Me metí en el bolsillo el móvil de Kate.
– Está bien.
Se levantó, fue hasta el mostrador y dijo a la encargada que salíamos y que estaríamos cerca.
Salimos del CMP y, a los pocos minutos estábamos en Broadway.
Seguía haciendo un día hermoso y soleado, y las aceras estaban abarrotadas de personas que iban a almorzar, generalmente funcionarios que se limitaban a tomar sólo unos bocadillos para ahorrarse unos dólares. Los polis no disfrutamos de sueldos elevados precisamente pero sabemos cuidarnos. Cuando estás en el tajo, nunca sabes lo que te puede deparar el futuro, así que comes, bebes y te diviertes.
Yo no quería alejarme demasiado del Ministerio de la Verdad, así que recorrí dos manzanas en dirección sur hasta Chambers Street, cerca del Ayuntamiento.
– Disculpa si antes he parecido un poco… alterada -dijo Kate mientras caminábamos-. No es propio de mí.
– Olvídalo. Los primeros días pueden ser duros.
– Exactamente.
No es que luego se vuelva notablemente mejor, pero ¿por qué mencionarlo y echar a perder el momento?