El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
En cualquier caso, Boris aseguraba que, durante su permanencia en aquella escuela, había llegado a un conocimiento del alma y el espíritu norteamericanos mucho mayor del que había adquirido viviendo en Estados Unidos. De hecho, Boris había dicho en una ocasión:
– Hay veces en que creo que soy norteamericano. Recuerdo que fui una vez a un partido de béisbol en Baltimore, y cuando sonó La bandera estrellada me puse en pie y sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas. Naturalmente -añadió-, todavía siento lo mismo cuando oigo La internacional. -Sonrió-. Quizá he desarrollado varias personalidades.
Jalil recordaba haberle dicho a Boris:
– Mientras no desarrolles varias lealtades, serás más y más feliz cada vez.
Crepitó de nuevo el interfono, irrumpiendo en los recuerdos de Jalil.
– Señor Perleman -dijo el capitán Fiske-, le pido disculpas por las turbulencias, pero es un fenómeno típico de una cordillera.
Jalil se preguntó por qué el capitán había de pedir disculpas por algo que dependía de Dios, no de él.
– El viento amainará dentro de unos veinte minutos -continuó el capitán-. Nuestro plan de vuelo nos llevará esta noche en dirección suroeste, a través de Colorado, sobrevolando lo que se conoce como los Cuatro Ángulos, el lugar en que confluyen las fronteras de Colorado, Nuevo México, Arizona y Utah. Continuamos luego hacia el suroeste cruzando la parte septentrional de Arizona. Desgraciadamente, no podrá usted ver mucho después de que se haya puesto la luna, pero seguramente podrá distinguir el desierto y las mesetas.
Jalil había visto en su vida más desierto que todo el desierto junto que aquellos dos habían visto en sus vidas. Cogió el interfono y dijo:
– Avísenme, por favor, cuando pasemos sobre el Gran Cañón.
– Sí, señor. Un momento…, sí, dentro de cuarenta minutos pasaremos a unas cincuenta millas al sur del borde meridional. Podrá ver por la derecha la zona general del Cañón y, ciertamente, la meseta que se extiende más allá. Pero me temo que no se verá muy bien desde esa distancia y a esta altura.
Jalil no tenía el menor interés en ver el Gran Cañón. Sólo se estaba asegurando de ser despertado si se dormía.
– Gracias -dijo-. No dude en despertarme cuando nos aproximemos al Cañón.
– Sí, señor.
Jalil inclinó el respaldo de su asiento hacia atrás y cerró los ojos. Pensó de nuevo en el coronel Callum y se sintió convencido de haber tomado la decisión adecuada al dejar que el Ángel de la Muerte se las hubiera con aquel asesino. Pensó también en su siguiente visita, al teniente Wiggins. Wiggins, según le habían dicho en Trípoli, era un hombre de movimientos erráticos, diferente de los hombres de costumbres fijas y existencia predecible que ya había matado. Por esta razón, y porque Wiggins venía al final de su lista, habría alguien en California para ayudarlo. Jalil no quería ni necesitaba ayuda pero esta parte de su misión era la más crítica, la más peligrosa y también, como pronto descubriría el mundo, la más importante.
Jalil sintió que se quedaba dormido y volvió a soñar con un hombre que lo acechaba. Era un sueño desconcertante en el que él y el hombre volaban sobre el desierto. Jalil delante, el hombre tras él pero fuera de la vista, y, volando sobre ambos, planeaba el Ángel de la Muerte que él había visto en el oasis de Kufra. Notaba que el Ángel estaba deliberando sobre a cuál de los dos hombres tocaría y haría caer a tierra.
Este sueño se transformó en otro sueño en que él y la mujer piloto volaban desnudos, cogidos de la mano en busca de una azotea donde posarse para poder entregarse al placer carnal. Cada edificio que veía abajo había sido destruido por una bomba.
Crepitó el interfono, y Jalil despertó con un sobresalto, la cara cubierta de sudor y su órgano erecto.
– Puede ver el Gran Cañón a su derecha, señor Perleman -dijo el piloto.
Jalil inspiró profundamente, carraspeó y dijo por el interfono:
– Gracias.
Se levantó y fue al lavabo. Mientras se mojaba la cara y las manos con agua fría, los sueños continuaban bullendo en su mente.
Volvió a su asiento y miró por la ventanilla. La luna llena estaba a punto de ponerse en el horizonte, y abajo la tierra se hallaba sumida en la oscuridad.
Cogió el teléfono y marcó un número de memoria. Contestó una voz de hombre.
– Diga.
– Aquí, Perleman -dijo Jalil-. Disculpe que lo haya despertado.
– Aquí, Tannenbaum. No importa. Duermo solo.
– Excelente. Llamaba para ver si tenemos posibilidad de hacer negocios.
– Aquí hay un buen clima para los negocios -dijo el hombre.
– ¿Y dónde están nuestros competidores?
– No se los ve por ninguna parte.
Una vez finalizada la ensayada conversación, Jalil terminó con:
– Espero nuestra entrevista con interés.
– La celebraremos tal como convinimos.
Jalil colgó, inspiró profundamente y cogió el interfono.
Respondió el capitán:
– ¿Sí, señor Perleman?
– Mi llamada telefónica me obliga a otro cambio de planes -dijo Jalil.
– Sí, señor.
Boris había dicho a Jaliclass="underline" «El señor Perleman no debe presentar excesivas disculpas cuando siga cambiando sus planes de vuelo. El señor Perleman es judío, paga buen dinero y quiere un buen servicio por su dinero. Los negocios son lo primero; las molestias que su desarrollo reporte a los demás le traen sin cuidado.»
– Ahora necesito ir a Santa Mónica -dijo Jalil-. Supongo que no es molestia.
– No, señor -respondió el piloto-. No hay mucha diferencia en tiempo de vuelo desde nuestra posición actual.
Jalil ya lo sabía.
– Excelente.
– A esta hora no habrá ninguna demora con Control de Tráfico Aéreo -continuó el capitán Fiske.
– ¿Cuál es nuestro tiempo de vuelo a Santa Mónica?
– Estoy introduciendo las coordenadas, señor… Bien, nuestro tiempo de vuelo será de unos cuarenta minutos, lo que nos llevará al aeropuerto municipal a eso de las seis de la mañana. Tal vez tengamos que reducir la velocidad en ruta para tener seguridad de aterrizar después de las seis y cumplir así la orden de silencio nocturno.
– Comprendo.
Veinte minutos después, el Learjet comenzó su descenso, y, a la débil luz del amanecer que clareaba a su espalda, Jalil pudo ver una hilera de montañas bajas.
El capitán Fiske anunció por el interfono:
– Estamos empezando el descenso, señor, así que quizá quiera sujetarse el cinturón. Tenemos al frente los montes San Bernardino. Puede ver también las luces del extremo oriental de Los Ángeles allá abajo. El aeropuerto de Santa Mónica queda delante y a la izquierda, cerca de donde la costa se une al océano. Estaremos en tierra dentro de diez minutos.
Jalil no respondió. Sentía cómo el avión acentuaba el ángulo de descenso y podía ver debajo de él enormes carreteras iluminadas.
Puso su reloj de pulsera con la hora de California, las 5.55 en aquel momento.
Oyó al piloto hablar por radio pero no podía oír lo que decía su interlocutor, porque los pilotos escuchaban a través de sus auriculares. No siempre habían utilizado los auriculares durante el vuelo desde Nueva York, y Jalil había podido oír de vez en cuando sus transmisiones por radio. No albergaba ninguna suspicacia por el uso de los auriculares pero valía la pena estar atento por si se producían otras pequeñas desviaciones.
Este vuelo había sido planeado en Trípoli para que su cambio de destino, anunciado sobre el Gran Cañón, lo dejase en Santa Mónica no más tarde o, incluso, unos minutos antes que si hubiera aterrizado en San Diego, y no antes de que lo permitiera la exigencia de mantenimiento del silencio nocturno. Si lo estaban esperando en San Diego y descubrían que iba a Santa Mónica, disponían de menos de cuarenta minutos para tenderle una trampa allí. Si hacía falta más tiempo para preparar la trampa, el piloto le informaría de algún retraso, y Asad Jalil solicitaría un nuevo cambio de plan de vuelo, esta vez con una pistola apuntando a la cabeza del piloto. Su aeropuerto alternativo sería una pequeña instalación abandonada de los montes San Bernardino, a sólo unos minutos de vuelo de donde se encontraban ahora. Allí lo esperaba un coche con las llaves sujetas con cinta adhesiva bajo el eje del volante. Las autoridades no tardarían en saber quién disponía de ventaja: era Asad Jalil, a bordo de un reactor privado y con una pistola en la mano.