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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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Kate colgó el teléfono y anunció:

– Puede que lleve algún tiempo conseguir el expediente de Wiggins. Eso de Chip los ha desconcertado. Quieren su número profesional o el de la seguridad social. Eso es lo que queremos nosotros.

– Exacto.

Enredé un poco con mi ordenador pero, aparte de una buena receta de patatas chips, no estaba logrando gran cosa. Realmente, prefiero el teléfono.

Kate seguía instándome a que llamase a la oficina de Contraterrorismo en Washington, y yo seguía dándole largas porque sabía que sería una conversación de una hora, tras la que me vería obligado a coger el avión a la capital. Y, la verdad sea dicha, cuando a Jalil ya sólo le quedaba una víctima más, era más importante que yo encontrara a Wiggins antes de que lo hiciera Jalil.

Hay montones de formas de encontrar a un ciudadano desaparecido en Estados Unidos, tierra de libros-registro, tarjetas de crédito, permisos de conducir y todo eso. Yo he encontrado gente en menos de una hora, aunque en ocasiones se puede tardar un día o dos. Pero a veces no encuentras jamás a una persona, aunque esa persona fuese en otro tiempo un amo de casa feliz con esposa e hijos.

Todo lo que yo tenía sobre este hombre era un apodo, un apellido, un último domicilio conocido y el hecho de que había servido en la Fuerza Aérea.

Llamé al Departamento de Vehículos de Motor de California, y un funcionario insólitamente servicial me dio el nombre de un tal Elwood Wiggins de Burbank, con el mismo último domicilio conocido y además la fecha de nacimiento. Voilá! Ahora tenía un nombre y una fecha de nacimiento que encajaba. Estaba obteniendo una imagen de ese Chip y me imaginaba a un sujeto totalmente irresponsable en lo que se refería a mantener al mundo informado de su paradero. Por otra parte, tal vez eso mismo le estuviera permitiendo seguir con vida.

– A partir de ahora, prueba con Elwood -le dije a Kate-. Figura en su carnet de conducir. La fecha de nacimiento de Elwood le va bien a Chip, 1960. No es su hijo, ni tampoco su padre.

– Bien.

Tecleó de nuevo en su ordenador, examinando directorios telefónicos.

Llamé a la oficina del forense de Los Ángeles para ver si un tal Elwood «Chip» Wiggins me había hecho el favor de morir por causas naturales. Un empleado me informó de que durante el año pasado habían fallecido varios Wiggins pero ningún Elwood.

– En la oficina del forense no hay datos de él -dije a Kate.

– ¿Sabes? Podría estar fuera del condado de Los Ángeles, fuera del Estado y fuera del país. Prueba en la Administración de la Seguridad Social.

– Preferiría salir a la calle a buscarlo. De todos modos -añadí-, querrán su número de la seguridad social.

– Prueba en la Administración de Veteranos, John.

– Prueba tú. Pero te digo que este tipo probablemente no tiene informado a nadie. Ojalá supiéramos su lugar de nacimiento. Comunica a Personal de la Fuerza Aérea que tenemos el nombre, Elwood, y la fecha de nacimiento. Eso puede ayudar a su ordenador.

Así que durante la siguiente media hora estuvimos trabajando con los teléfonos y los ordenadores. Yo llamé de nuevo a Personas Desaparecidas de la policía de Los Ángeles y les di el nombre de Elwood y la fecha de nacimiento, y lo mismo hice con mis colegas del FBI en Los Ángeles. Pero me estaba quedando sin gente a la que llamar. Finalmente tuve una idea y llamé a la señora Rose Hambrecht.

Contestó ella al teléfono y me presenté de nuevo.

– He dado toda la información que tenía al general Anderson, de Wright-Patterson -me comunicó.

– Sí, señora. Yo no tengo esa información todavía. Pero tengo otra información sobre los ocho hombres que participaron en aquélla misión sobre Al Azziziyah y deseaba confirmar parte de ella con usted.

– ¿No trabajan ustedes conjuntamente?

No.

– Sí, señora, pero lleva algún tiempo, y yo estoy intentando hacer mi trabajo lo más rápidamente posible…

– ¿Qué quiere saber?

– Verá, estoy centrando mis esfuerzos en una sola persona, un hombre llamado Chip Wiggins.

– Oh, Chip. Es todo un personaje.

– Sí, señora. ¿Sabe usted si su nombre de pila es Elwood?

– Nunca he sabido su verdadero nombre. Sólo Chip.

– Bien, yo tengo una dirección en Burbank, California. -Se la leí y pregunté-: ¿Es la misma que tiene usted?

– Deje que mire mi agenda telefónica.

Esperé mientras la señora Hambrecht iba en busca de su agenda.

– ¿Cómo te va? -le pregunté a Kate.

– Nada. John, ha llegado el momento de que pasemos este problema a todo el CMP. Ya lo hemos demorado bastante.

– No necesito cincuenta agentes que llamen a las mismas personas y organismos a los que ya hemos llamado nosotros. Si tú necesitas ayuda, entonces adelante y manda un e-mail o algo que alerte a las tropas. Mientras tanto, yo sé cómo encontrar a un jodido desaparecido.

– ¿Perdón? -dijo la señora Hambrecht, que estaba de nuevo al teléfono-. ¿Qué decía?

– Oh… sólo estaba carraspeando. -Carraspeé.

– Yo tengo la misma dirección que usted -dijo.

– Muy bien… ¿sabe usted dónde nació el señor Wiggins?

– No. No sé mucho acerca de él. Solamente lo recuerdo de Lakenheath, durante nuestro primer destino allí en los años ochenta. Es un oficial muy irresponsable.

– Sí, señora. ¿Pero se mantenía el coronel Hambrecht en contacto con él?

– Sí. Pero no muy a menudo. Sé que hablaron en abril pasado, en el aniversario de…

– Al Azziziyah.

– Sí.

Le hice varias preguntas más pero ella no sabía nada, o, como la mayoría de la gente, creía que no sabía nada. Lo que hacía falta era formularle la pregunta adecuada. Por desgracia, yo no conocía la pregunta adecuada.

Kate estaba escuchando ahora por la misma línea y descubrió que empezaban a agotárseme incluso las preguntas estúpidas, así que tapó el teléfono con la mano y me dijo:

– Pregúntale si sabe si está casado.

¿A quién le importa eso?

– ¿Sabe si está casado? -pregunté, de todos modos.

– No creo. Pero podría haberlo estado. En realidad, le he dicho todo lo que sé acerca de él.

– De acuerdo… bien…

– ¿A qué se dedicaba o se dedica? -dijo Kate.

– ¿A qué se dedicaba o se dedica? -pregunté a la señora Hambrecht.

– Yo no… bueno. En realidad recuerdo que mi marido dijo que Chip tomó lecciones de vuelo y se hizo piloto.

– ¿Tomó lecciones de vuelo después de ir en la incursión de bombardeo? ¿No es un poco tarde? Quiero decir…

– Chip Wiggins no era piloto -me informó fríamente la señora Hambrecht-. Era oficial de armamento. Lanzaba las bombas. Y trazaba el rumbo.

– Comprendo… Así que…

– Tomó lecciones de vuelo después de salir de la Fuerza Aérea y se hizo piloto de aviones de carga, creo. Sí, no pudo encontrar un puesto en una línea comercial, de modo que pilotaba aviones de carga. Ahora lo recuerdo.

– ¿Sabe para qué compañía trabajaba?

– No.

– ¿Como FedEx, o UPS, o una de las grandes?

– No creo. Eso es todo lo que sé.

– Bien, gracias de nuevo, señora Hambrecht. Ha sido usted de mucha utilidad. Si se le ocurre algo más referente a Chip Wiggins, por favor, llámeme en seguida. -Le di otra vez mi número de teléfono.

– ¿A qué viene todo esto? -me preguntó.

– ¿Usted qué cree?

– Yo creo que alguien está tratando de matar a los pilotos que llevaron a cabo aquella misión, y empezó por mi marido.

– Sí, señora.

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