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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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Era evidente también que las medidas de seguridad habían fallado en algún punto. Por eso. Asad Jalil tenía una lista de nombres, y nosotros, no. ¿Pero qué nombres tenía él? ¿Sólo los de aquellos ocho aviadores de la misión sobre Al Azziziyah? Ésos eran los hombres que quería matar. ¿Y tenía los ocho nombres? Probablemente.

Repasé mentalmente los datos. Ocho hombres, uno muerto en el Golfo, uno asesinado en Inglaterra, uno asesinado con su mujer y en su casa de Capitol Hill, nada menos. Uno estaba gravemente enfermo, según la señora Hambrecht. Eso dejaba cuatro víctimas probables…, cinco si el enfermo no moría antes de que Jalil lo matase. Pero, como he dicho, yo no tenía la menor duda de que algunos de ellos ya estaban muertos. Quizá todos, además de otras personas que se hallaban en el lugar equivocado en el momento equivocado, como la señora Waycliff y el ama de llaves.

Resulta un poco turbadora la situación cuando tu propio país se convierte en primera línea de combate. Yo no suelo rezar, y nunca por mí mismo, pero recé por aquellos hombres y sus familias. Recé por los muertos conocidos, por los muertos probables y por los que no tardarían en morir.

Y entonces, tuve una brillante idea, consulté mi agenda telefónica personal y marqué un número.

CAPÍTULO 45

El Learjet continuó ascendiendo por encima de Colorado Springs. Asad Jalil pasó al lado izquierdo del aparato y se sentó en el último asiento. Contempló las elevadas montañas mientras el avión mantenía su rumbo hacia el norte. Le parecía que el avión había subido ya por encima de la montaña más alta y, sin embargo, seguía avanzando en dirección norte. De hecho, ya no podía ver al frente la dilatada extensión iluminada de Den-ver.

Consideró la posibilidad de que los pilotos hubieran recibido un aviso por radio y tuvieran intención de fingir un problema mecánico para aterrizar en algún solitario aeropuerto, donde lo estarían esperando las autoridades. Había una forma sencilla y rápida de averiguarlo.

Se levantó y avanzó por el pasillo central en dirección a la carlinga. La divisoria continuaba abierta, y Jalil se situó detrás de los dos pilotos.

– ¿Algún problema? -preguntó.

El capitán Fiske lo miró por encima del hombro y respondió:

– No, señor. Todo va bien.

Jalil observó atentamente a los dos pilotos. Siempre podía notar cuándo alguien le estaba mintiendo, o cuándo alguien se sentía inquieto, por muy buen actor que ese alguien imaginara ser. No parecía haber en el talante de aquellos dos hombres nada que apuntara a la existencia de un problema, aunque le habría gustado poder mirarlos a los ojos.

– Estamos empezando a virar hacia el oeste -dijo el capitán Fiske-, por encima de las montañas. Encontraremos algunas turbulencias, señor Perleman, así que quizá deba regresar a su asiento.

Jalil se volvió y se sentó de nuevo. Se encendió el letrero que indicaba la necesidad de abrocharse el cinturón, que el capitán no había usado antes, mientras sonaba una señal acústica.

El Lear viró hacia la izquierda, inclinando las alas, luego enderezó el vuelo y continuó en el nuevo rumbo. A los pocos minutos, el avión empezó a verse sacudido por corrientes de aire ascendente. Jalil notó que el reactor continuaba ganando altura, con el morro alzado en pronunciado ángulo.

El piloto descolgó el interfono:

– Acabamos de recibir la autorización para el vuelo directo a San Diego. El tiempo de vuelo será de una hora y cincuenta minutos, lo que nos dejará en tierra aproximadamente a las seis quince, hora de California. Eso es una hora antes que la hora de las Rocosas, señor.

– Gracias, creo que ya entiendo las zonas horarias.

– Sí, señor.

De hecho, pensó Jalil, desde que salió de París había estado viajando con el sol, y los primeros cambios horarios le habían regalado varias horas adicionales, aunque realmente no las necesitaba. Su próximo cambio horario lo llevaría a través de la línea internacional de cambio de fecha, sobre el océano Pacífico, y, como había dicho Malik: «Cuando cruces esa línea, el capitán lo anunciará, y La Meca estará al oeste, no al este. Comienza tus oraciones mirando al este y termínalas mirando al oeste. Dios te oirá con los dos oídos, y tendrás asegurado un feliz regreso a casa.»

Jalil se recostó en la butaca de cuero, y sus pensamientos pasaron de Malik a Boris. Se dio cuenta de que últimamente pensaba más en Boris que en Malik. Boris había sido su primer oficial instructor respecto a Estados Unidos y las costumbres norteamericanas, de modo que era natural que Jalil pensara más en Boris que en los otros, que habían adiestrado su mente, su cuerpo y su alma para aquella misión. Boris le había puesto al corriente de la decadente cultura en que ahora se hallaba inmerso, aunque Boris no siempre encontraba tan decadente la cultura norteamericana.

– En realidad, hay muchas culturas en América -le había dicho Boris-, desde muy altas hasta muy bajas. Hay también muchas personas, como tú mismo, Asad, que creen profundamente en Dios, y hay otras que solamente creen en el placer, el dinero y el sexo. Hay patriotas y hay quienes se muestran enemigos del gobierno central. Hay hombres honrados y hay ladrones. El norteamericano medio es básicamente más honrado que los libios con los que he tratado, pese a vuestro amor por Alá. No subestimes a los norteamericanos; han sido subestimados por los británicos, los franceses, los señores de la guerra japoneses, Adolf Hitler y por mi antiguo gobierno. Los imperios británico y francés han desaparecido, y también Hitler, el imperio japonés y el imperio soviético. Los norteamericanos continúan con nosotros.

Jalil recordaba haber contestado a Boris:

– El siglo próximo pertenece al islam.

– Lleváis mil años diciendo eso -replicó Boris, riendo-. Te diré lo que va a derrotaros: vuestras mujeres. Ellas no van a continuar soportando mucho más tiempo vuestras necedades. Los esclavos se convertirán en dueños de sí mismos. Lo he visto en mi propio país. Un día, vuestras mujeres se hartarán de llevar velo, se hartarán de ser maltratadas, de ser muertas por follar con un hombre, de estarse metidas en casa, desperdiciando sus vidas. Cuando ese día llegue, más os valdrá que los tipos como tú y como vuestros jodidos mullahs estén dispuestos a negociar.

– Si fueses musulmán, eso sería una blasfemia, y yo te mataría en el acto.

A lo que Boris había replicado:

– Yob vas. -Luego dio a Jalil un puñetazo en el plexo solar y se alejó, dejando a Jalil doblado sobre sí mismo y pugnando por respirar.

Jalil recordaba que ninguno de los dos volvió a hablar del incidente pero ambos sabían que Boris ya era hombre muerto, por lo que el incidente no necesitaba de ninguna resolución ulterior; era el equivalente de un condenado a muerte escupiéndole en un ojo al hombre que lo debía decapitar.

El avión continuaba ascendiendo, zarandeado por los vientos de la montaña. Jalil miró hacia abajo y vio las nevadas cumbres iluminadas por la luz de la luna, pero ésta no penetraba en los tenebrosos valles.

Se acomodó de nuevo en su asiento y volvió a pensar en Boris. Pese a todas sus blasfemias, sus borracheras y su arrogancia, había demostrado ser un buen maestro. Boris conocía Estados Unidos y los norteamericanos. Jalil descubrió una vez que sus conocimientos no habían sido acumulados enteramente durante su estancia en Norteamérica; de hecho, Boris había trabajado en un campo de instrucción secreto en Rusia, un establecimiento del KGB llamado, según recordaba Jalil, Escuela de Formación de la señora Ivanova, donde los espías rusos habían aprendido a hacerse norteamericanos.

Boris le había mencionado una vez este secreto, en un momento de embriaguez, naturalmente, y le había dicho que era uno de los últimos grandes secretos que el antiguo KGB no había revelado jamás tras el desmoronamiento de la Unión Soviética. Según Boris, también los norteamericanos querían que este secreto permaneciera enterrado para siempre. Jalil no tenía ni idea de a qué se estaba refiriendo Boris, y éste no lo volvió a mencionar, ni aun después de mucha insistencia por parte de Jalil.

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