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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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– Si no ha huido del país, es nuestro -le dije a Kate.

No hizo ningún comentario sobre esta optimista observación, y, dada la historia de Asad Jalil, yo mismo tenía mis dudas.

Pensé de nuevo en las manifestaciones de la señora Gadafi y en la supuesta relación entre los Gadafi y los Jalil, que tal vez hubiera sido más estrecha de lo que la señora Gadafi creía. Pensé también en la teoría de que Muammar había hecho matar tiempo atrás al capitán Jalil en París, y de que, evidentemente, Asad ni lo sabía ni lo sospechaba. Me pregunté también si el pequeño Asad sabía que tío Muammar salía de su tienda por las noches y cruzaba de puntillas la arena hasta la tienda de mamá. Yo tuve una vez un profesor que decía que muchos de los grandes acontecimientos históricos han sido influidos por el sexo, tanto conyugal como extraconyugal. Sé que esto es cierto en lo que a mi propia historia se refiere, de modo que ¿por qué no en lo que se refiere a la historia del mundo?

Traté de imaginar a aquella élite libia, y probablemente no se diferenciaba mucho de otras pequeñas autocracias en las que las intrigas cortesanas, los rumores palaciegos y los juegos del poder estaban a la orden del día.

– ¿Crees que en aquel ataque moriría algún miembro de la familia de Asad Jalil? -le pregunté a Kate.

– Si nuestra información sobre la relación de la familia Jalil con los Gadafi es correcta -respondió-, podemos suponer que los Jalil estaban en aquel complejo, Al Azziziyah, donde, según la señora Hambrecht, dejaron caer sus bombas cuatro aviones estadounidenses. Al parecer, Jalil ha matado a dos hombres que bombardearon Al Azziziyah. Tal vez lo haya hecho para vengar a los Gadafi pero, sí, yo creo que él y su familia estaban allí, y creo que tal vez sufriera una pérdida personal.

– Es lo que yo creo.

Traté de imaginarme a aquel tipo, Asad Jalil, arrojado de su cama una madrugada, mortalmente aterrorizado al ver el mundo reducido a escombros a su alrededor. Debía de haber montones de cuerpos muertos y pedazos de cuerpos. Supuse que había perdido miembros de su familia y traté de imaginar su estado de ánimo: miedo, conmoción, quizá el sentimiento de culpabilidad del superviviente y, finalmente, ira. Por último, en algún momento determinado, decidió vengarse. Y estaba en buena situación para hacerlo al ser víctima y formar parte también del grupo dirigente. Los servicios de inteligencia libios debieron de recibir a aquel chico como si fuese un nuevo profeta. Y el propio Jalil… ha albergado durante toda su vida un fuerte resentimiento, y desde el sábado ha estado viviendo su sueño. Su sueño, nuestra pesadilla.

– ¿En qué piensas?

– En Jalil. En cómo vino de allí aquí. Toda su vida ha estado fantaseando con venir a Estados Unidos, y nosotros no lo sabíamos, aunque deberíamos haberlo sabido. Y no está aquí para empezar una nueva vida, ni para conducir un taxi o huir de la persecución o de la miseria económica. No era en él en quien pensaba Emma Lazarus.

– Ciertamente, no.

– Y hay más como él ahí fuera.

– Ciertamente, los hay.

Así pues, permanecimos en nuestros puestos, como se nos ordenaba, pero yo no valgo para estar sentado, leyendo y contestando estúpidas llamadas telefónicas. Yo quería llamar a Beth pero la situación al otro lado de mi mesa había cambiado, así que escribí como correo electrónico para la Penrose lo siguiente: «No puedo hablar ahora… Grandes novedades en el caso… Puede que salga de la ciudad esta tarde… Gracias por el beso muy grande.»

Vacilé ante el teclado. «De modo que, en conclusión…» No, eso no quedaba bien. Finalmente, tecleé: «Necesito hablar contigo. Llamaré pronto.»

Vacilé de nuevo y luego envié el mensaje. «Necesito hablar», naturalmente, lo dice todo cuando se ha pasado por ahí. Taquigrafía de enamorados, según mi mujer. John, necesitamos hablar, o sea, que te den por el culo.

– ¿A quién le mandas un e-mail? -preguntó Kate.

– A Beth Penrose.

Silencio. Luego:

– Espero que no hayas utilizado el correo electrónico para decirle…

– Oh… no…

– Sería realmente frío.

– ¿Qué tal un fax?

– Tienes que decírselo en persona.

– ¿En persona? Ni siquiera tengo tiempo para hablar conmigo en persona.

– Bueno… una llamada telefónica servirá. Saldré mientras tanto.

– No. Me ocuparé de ello más tarde.

– A menos que no quieras hacerlo. Comprendo.

Sentí que empezaba a dolerme la cabeza.

– De verdad. Comprendo que quieras pensarlo.

¿Por qué no me lo creía?

– Lo que sucedió anoche no te obliga a nada. Los dos somos adultos. Así que dejaremos reposar las cosas y nos lo tomaremos con calma. Cada cosa a su tiempo…

– ¿Has agotado ya los tópicos?

– Vete al infierno. -Se levantó y se fue.

Yo me habría puesto en pie de un salto para seguirla pero creo que ya habíamos atraído una cierta atención por parte de nuestros colegas, así que me limité a sonreír y a silbar Dios bendiga América mientras miembros de la Liga Antisexo de la BAT comunicaban por correo electrónico al Gran Hermano la posible comisión de un crimen sexual.

Aquello me recordó que necesitaba unos calzoncillos limpios. Había cerca una tienda de prendas masculinas, y tenía previsto pasarme por ella más tarde. Iba a dejar que Kate me ayudara a elegir una camisa y una corbata.

De todos modos, volviendo al terrorista más buscado de Norteamérica, entré en mi correo electrónico y vi un mensaje de la sección de contraterrorismo de Washington con la mención «Urgente». La distribución se limitaba exclusivamente a los que estábamos en el centro de mando provisional. Leí en la pantalla:

La Fuerza Aérea nos informa de que puede resultar difícil identificar a los pilotos que llevaron a cabo la misión de Al Azziziyah. Existen datos de escuadrillas completas y unidades mayores pero se precisa ulterior investigación para las unidades inferiores.

Pensé en ello. Parecía convincente pero yo tenía ya tal paranoia que no creería ni un letrero de «Salida». Leí el resto del comunicado:

Hemos pasado a Fuerza Aérea lo sustancial de la conversación telefónica entre Rose Hambrecht y agente de Nueva York, es decir, cuatro aviones, F-111, en misión sobre Al Azziziyah, ocho aviadores, asesinato del general Waycliff, etc., véase sobre esto comunicado anterior. Personal y sección de historia de FA están buscando nombres según indicado. Se ha contactado telefónicamente con señora Hambrecht pero se niega a revelar nombres por teléfono. Se ha despachado un oficial con escolta de la BFA Wright-Patterson en Dayton, Ohio, a la casa de Hambrecht, en Ann Arbor. La señora Hambrecht dice que les revelará los nombres a ellos personalmente, con identificación adecuada y exención expresa de cualquier responsabilidad por ello. Informaremos.

Imprimí el mensaje, tracé un círculo rojo en torno a la mención «Urgente» y lo eché sobre la mesa de Kate.

Pensé en la situación. En primer lugar, la señora H. era una mujer enérgica y firme, y ninguna clase de amenazas, súplicas o halagos la inducirían a hacer lo que desde que se convirtió en una esposa de la Fuerza Aérea, hacía ya mucho tiempo, se le había dicho que no hiciese.

En segundo lugar, se me ocurrió que, irónicamente, las medidas de seguridad establecidas para proteger de represalias a aquellos aviadores eran precisamente lo que nos mantenía en la ignorancia de lo que estaba pasando y nos impedía protegerlos.

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