Fashionista
- Автор: Messina Lynn
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
Es blanda y dulce y cuando la muerdo me mancho la blusa, pero yo no experimento ninguna revelación.
– Está rica.
– Anoche, en clase, hicimos un soufflé frío de naranja china con salsa de albaricoque. Estaba delicioso.
– ¿Soufflé frío de naranja china? -repito yo, intentando no levantar los ojos al cielo.
Es viernes y tengo varias cosas que hacer antes de empezar mi fin de semana… por ejemplo, buscar la dirección de Alex Keller. Y para ello tendré que colarme en el departamento de recursos humanos.
Pero sigo prestando atención a lo que me cuenta Christine porque a una persona que tiene sueños hay que escucharla.
Por su detallada descripción, un soufflé de naranja china es algo poco más exótico que un helado de vainilla, pero no digo nada. Ya la he desilusionado antes y no quiero volver a hacerlo.
Mientras me explica cómo se hace la complicadísima salsa de albaricoque (primero cueces lo albaricoques y luego añades azúcar), yo intentó decidir qué es más importante: conservar mi trabajo o que me guste mi trabajo.
Entrar en el departamento de recursos humanos para buscar la dirección de Alex Keller podría acarrear un despido. ¿Y para qué? Aunque encuentre su dirección, dudo mucho que quiera cooperar. Keller me dirá que me pierda y luego me dará con la puerta en las narices. Me ha dejado suficientes mensajes ofensivos como para no esperar nada menos.
Es la excusa perfecta para decirle a Allison que no quiero saber nada del complot, que ya se pueden ir buscando otro ariete. Alex Keller es un riesgo.
Pero aunque tengo el discurso en mi cabeza, no digo nada. Echar a Jane McNeill puede que sea un sueño imposible, pero me da pena no seguir soñando.
Mi día número 15
Mi primera bronca con Alex Keller fue por la fotocopiadora. Él había dejado unos papeles pero, como no estaba, los coloqué sobre la máquina e hice mis copias.
– ¡No vuelvas a hacer eso! -me gritó, por teléfono.
Como lo único que yo había hecho era descolgar el auricular, pensé que a eso se refería y colgué. Un segundo después el teléfono volvió a sonar. Evidentemente, no era fácil complacer a aquel hombre.
– Dígame -dije, muy amable, como si no supiese que era él.
– ¡No vuelvas a colgarme el teléfono o haré que te despidan!
Aunque a mí no me gustan los enfrentamientos y entonces sólo era la ayudante de Jane, me negué a dejarme amedrentar.
– ¿Con quién estoy hablando?
– Soy Alex Keller, el editor de eventos de esta revista. Y estaba usando la fotocopiadora cuando tú la has secuestrado. Tocaste el artículo que estaba escribiendo. Es un documento muy importante y no quiero que nadie lo toque. No vuelvas a hacerlo.
Yo levanto los ojos al cielo. Aunque no me había molestado en leer el artículo a fondo, le eché un vistazo y, desde luego, no era la Declaración de Independencia. Las revistas son, en general, bastante frívolas, no nos engañemos.
– Pensé que habías terminado -le digo, intentando defenderme a mí misma.
– ¡Hasta que me veas quitando los papeles de la fotocopiadora no he terminado! -anunció él, como si alguien lo hubiera visto alguna vez, como si no entrase en Fashionista a través de puertas y pasadizos secretos.
Además, hay cuatro fotocopiadoras en la redacción.
– Muy bien.
Por supuesto, Alex Keller me colgó sin decir adiós.
Keller nunca dice ni hola ni adiós y, desde que he decidido no contestar cuando veo su extensión, se limita a dejarme mensajes desagradables en el correo electrónico.
Y nunca da las gracias. Así que yo me dedico a enviarle notitas de agradecimiento, como un recordatorio, como un acto de agresión pasiva. Porque sé que eso lo pone de los nervios. Y lo sé porque la primera vez que lo hice, él me mandó un e-mail que decía: no vuelvas a darme las gracias.
Ya ves el zoo que tenemos en Fashionista.
Más fase uno
Stacy Shoemauher es una mujer simpática de pelo oscuro y carmín corrido. Lleva un traje de chaqueta azul claro, de esos que te hacen parecer más gorda y más bajita. Si no fuera una empleada de la revista (aunque en recursos humanos, no en la redacción) sería una candidata ideal para el próximo makeover. Siempre estamos buscando chicas bajas y gorditas.
Su escritorio está lleno de papeles y las paredes de su despacho están adornadas con posters de naturaleza, de esos que estarían prohibidos en la redacción.
Stacy me hace un gesto con la mano para que me siente. Yo debo parecerle un poco indecisa, pero es la primera vez que voy al departamento de recursos humanos.
– ¿Qué querías?
– Quiero informar sobre una sección C.
– ¿Una sección C? -repite Stacy. Su sonrisa ha desaparecido.
– Sí, sección C, apartado 2.
– ¿Estás segura?
– Estoy segura.
Stacy deja escapar un suspiro.
– Aquí nos tomamos muy en serio el tema de la etiqueta en el vestir. ¿Seguro que no eran zapatos? -me pregunta, sacando una carpeta del cajón-. Con la moda de hoy, a veces es difícil distinguir. Y Fashionista es un sitio tan moderno… Una vez vino una editora a quejarse porque su ayudante iba en biquini, pero resultó ser un top de Betsey Johnson.
– Iba en zapatillas. Estoy segura.
Con desgana, Stacey me da un formulario que debo cumplimentar. Como me he leído las reglas de la editorial de cabo a rabo antes de subir, termino de hacerlo en un momento.
– ¿Alguna cosa más?
– ¿Te importaría mirar su expediente? Me temo que ésta es su segunda infracción.
Stacey se levanta para sacar el expediente de Alex Keller del archivo.
– No me lo puedo creer. Nadie viola el código de etiqueta dos veces.
Su expediente sólo contiene el curriculum y una tarjeta con su dirección y su número de teléfono.
– El expediente está limpio.
– ¿Estás segura? -pregunto yo, mirando la tarjeta.
Tengo que memorizar un número de teléfono y una dirección: 604…
– ¿De que su expediente está limpio? Por supuesto. No hay una sola queja, excepto la tuya. Pero no la archivaremos hasta haber hecho una investigación exhaustiva.
– Pero eso no es posible…
Alex Keller lleva seis años cabreando a toda la redacción. ¿Cómo es posible que no haya nada en su expediente?
– ¿Por qué no?
– Porque es beligerante, regaña a todo el mundo y parece tener un serio problema para controlar su mal genio.
– Si estás hablando de algún incidente en concreto, puedes presentar una queja -replica Stacey.
Se me ocurren varios incidentes y nada me gustaría más que pasarme el día presentando quejas contra Alex Keller, pero no puedo quedarme. Se me está empezando a olvidar su dirección.
Obstruyendo Maine
Cada mañana, Anna Choi entra en la redacción y explica su atuendo. Hoy es estilo retro, Ellis Island. Pantalones: Antique Boutique (45$), camisa: H &M (11$), pañuelo: Bendel's (220$), zapatos: Fausta Santini (72$).
Se está riendo de «El ojo Público», unos artículos semanales del New York Times en los que se pregunta a la gente de la calle qué llevan puesto, porque Anna nunca será una de la calle.
Normalmente lleva pantalones de mercadillo y suele comprar las camisas en las rebajas, pero siempre, siempre, lleva algo carísimo; normalmente algo pequeño como un bolso o un pañuelo. Y todo le queda de maravilla.
Anna es la editora de la sección de Hogar y su trabajo consiste en entrevistar a famosos en el salón o la cocina de su casa. Pasa un par de horas tomando notas y después vuelve a su apartamento de setenta metros en el East Village. Como no tiene espacio suficiente para sus cosas, Anna se ha convertido en una fetichista de los armarios. Se le hace la boca agua cuando ve una despensa, se desmaya si ve un armario empotrado para la ropa de cama. Esos son sus templos y, en cada número, tienen que cortarle quinientas palabras sobre armarios, alacenas, vestidores y boiseries.