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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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– Olvídale. Tu padre no te quiere. ¿Por qué pierdes el tiempo pensando en él? No te salvará -decía, disfrutando al ver cómo los ojos de la niña se llenaban de lágrimas.

Más que los golpes de su madre, lo que realmente dolía ahora a Gabriella era sabe que ya no volvería a ver a su padre, algo que Eloise no se cansaba de repetirle, eso y que nunca la había querido. Al principio le costó aceptarlo, pero poco a poco se dijo que tenía que ser cierto. Su silencio lo confirmaba. Pero si la quería, Gabriella estaba segura de que un día tendría noticias de él. Sólo era cuestión de tiempo.

Un año después Gabriella pasó el día de Navidad sola en la calle sesenta y nueve mientras su madre pasaba el día con amigos y la noche con un hombre de California alto, moreno y guapo. Gabriella no le encontraba ningún parecido a su padre. Habló con él un par de veces en que fue a casa a buscar a su madre para llevarla a cenar, pero Eloise enseguida le dejó bien claro que no era necesario ni recomendable. Gabriella era una criatura malvada, le explicó en más de una ocasión, tanto que no deseaba entrar en detalles. Y el hombre comprendió muy pronto que su amistad con Gabriella no era la mejor forma de ganarse el favor de Eloise. Lo mejor era evitarla, así que con el tiempo dejó de hablarle.

Numerosos hombres pasaban por la casa a recoger a su madre, pero el de California era el más habitual. Se llamaba Frank. Franklin Waterford. Y Gabriella sólo sabía que era de San Francisco y que estaba pasando el invierno en Nueva York. Hablaba mucho de California con su madre y le aseguraba que iba a encantarle. Más tarde Eloise empezó a hablar de pasar seis semanas en Reno. Gabriella ignoraba dónde estaba Reno y por qué su madre deseaba ir allí, pero nunca le explicaba nada. Lo único que sabía era lo que oía cuando ella y Frank pasaban junto a su habitación charlando animadamente y cuando se sentaban en la biblioteca por la noche para beber, conversar y reír. Gabriella ignoraba qué pasaría con el colegio cuando ella y su madre fueran a Reno. Pero no podía preguntárselo; si lo hacía, su madre montaría en cólera.

Gabriella, entretanto, seguía con su vida, a la espera de noticias o explicaciones, y cada día, cuando volvía de la escuela, miraba el correo con la esperanza de encontrar una carta de su padre. Pero la carta nunca llegaba, y cuando su madre la pilló un día revolviendo el correo sucedió lo inevitable. Últimamente las palizas, no obstante, eran menos enérgicas y frecuentes. Eloise llevaba una vida demasiado ajetreada para preocuparse por “disciplinar” a su hija. La mayor parte del tiempo se limitaba a repetirle que era una niña incorregible. Su padre se había dado cuenta, ¿o no?, y nadie podía exigirle a ella que desperdiciara su vida intentando hacer algo bueno de Gabriella. Así que dejaba que se las arreglara sola. Su hija tenía que preparase su propia cena. Eso cuando había comida en casa.

Jeannie, la criada, se iba cada día a las cinco en punto, y si creía que la señora no iba a descubrirlo, dejaba algo en el horno para Gabriella. Pero sabía que si la “mimaba” o le hablaba demasiado, la pequeña pagaba un alto precio por ello, así que optaba por fingir indiferencia y se obligaba a no pensar en lo que le ocurría a Gabriella cuando ella se marchaba. Jeannie nunca había visto unos ojos tan tristes en una niña y el corazón se le encogía sólo de mirarlos. Pero no podía ayudarla. Su padre había desaparecido y la había dejado en manos de su madre, y Eloise era el diablo en persona. Gabriella, no obstante, era hija suya. Qué otra cosa podía hacer Jeannie para ayudarla salvo dejarle un poco de sopa en el horno o aplicarle una compresa fría en una herida que la niña aseguraba haberse hecho en el patio del colegio. Hasta Jeannie sabía que en los patios de los colegios los niños no se hacían heridas de semejante envergadura. Una vez le descubrió en la espalda la marca de una mano tan perfilada que parecía un dibujo, y comprendió enseguida cómo había ocurrido. A veces casi deseaba que la niña escapara de casa. Estaría mucho mejor sola en la calle que con su madre. Allí disponía de un techo y de ropa de abrigo, pero no tenía ternura, ni amor, ni apenas comida, ni nadie que se preocupara de ella. Pero si Gabriella huía, la policía no tardaría en devolverla a casa. Jamás se entrometería entre una madre y una hija, independientemente de lo que la primera pudiera hacerle a la segunda. Gabriella también lo sabía. Sabía que las personas mayores no ayudaban, sabía que no acudirían en un corcel blanco para salvarla. Las más de las veces fingían no ver y cerraban los ojos o se volvían. Como su padre.

Pero a medida que se acercaba la primavera, la cólera de Eloise fue disminuyendo hasta dar paso a la indiferencia. Se hubiera dicho que ahora le traía sin cuidado lo que hiciera Gabriella siempre y cuando no tuviera que verla u oírla. Últimamente sólo le había pegado una vez, cuando creyó que Gabriella fingía no oírla. Pero Gabriella no fingía, simplemente su oído ya no era el de antes como consecuencia de las palizas recibidas. Oía bien, pero si la voz le llegaba desde determinados ángulos o había otros ruidos en la habitación, no distinguía las palabras. Gabriella, no obstante, nunca se quejaba, y aunque a veces suponía un problema en la escuela, nadie salvo su madre parecí anotarlo.

– ¡No me ignores, Gabriella! -aulló Eloise antes de abalanzarse sobre su hija.

Pero Frank iba mucho por la casa últimamente y Eloise jamás le ponía una mano encima durante sus visitas. Sólo lo hacía cuando estaban a solas. Y cuando Frank no se presentaba a la cita u olvidaba llamar, Eloise siempre culpaba a Gabriella.

– ¡No ha venido porque te detesta, condenada tunante!

A Gabriella no le cabía duda, y se preguntaba qué sucedería si Frank no venía nunca más. Pero por ahora no parecía que fuera a ocurrir, aunque hablaba de regresar a San Francisco en abril. La idea inquietaba a su madre, y ese nerviosismo se traducía en algo muy peligroso para Gabriella.

Una vez llegado marzo, cada vez que Frank venía a casa cerraban la puerta de la biblioteca para poder hablar en privado o pasaban hora en el dormitorio de Eloise. Resultaba difícil saber qué hacían y siempre eran muy silenciosos. Frank sonreía a Gabriella cada vez que la veía, pero nunca la saludaba ni se detenía a charlar con ella. Lo tenía prohibido. Gabriella era tratada como una leprosa en su propia casa.

En abril, tal como estaba previsto, Frank regresó a San Francisco. No obstante, para sorpresa de Gabriella, su madre no parecía afligida sino todo lo contrario. Estaba más contenta y atareada que nunca. Apenas le dirigía la palabra, lo cual era toda una bendición, y parecía estar haciendo planes. Pasaba mucho tiempo al teléfono hablando con sus amigas y bajaba la voz cada vez que Gabriella entraba en la sala, como si estuviera contando algún secreto. Pero Gabriella, de todos modos, no podía oírlas.

Tres semanas más tarde Eloise pidió a Jeannie que le ayudara a subir las maletas del sótano y luego empezó a llenarlas con sus cosas mientras Gabriella se preguntaba cuándo le ordenaría que ella hiciera lo mismo. Unos días después, finalmente, lo hizo.

– ¿Adónde vamos? -preguntó Gabriella con cautela.

Raras veces hacía preguntas, pero no sabía qué ropa meter en la maleta y no quería enfurecer a su madre eligiendo el vestuario equivocado.

– Me voy a Reno -respondió Eloise.

Gabriella no se atrevió a preguntar dónde estaba Reno o cuánto tiempo pasarían allí y confió en dar con la indumentaria adecuada. Fue a su cuarto y mientras hacía el equipaje, se preguntó si Frank estaría esperándolas cuando llegaran. Todavía no estaba segura de si le gustaba. Apenas le conocía. Sólo sabía que era guapo y alto, y muy cortés con su madre. Gabriella temía acabar decepcionándole como a los demás. Sabía que si cogía mucho cariño a alguien ese alguien acabaría odiándola y, probablemente, abandonándola, como había hecho su padre. Y si su padre la odiaba ¿quién no iba a odiarla? Pero quizá con Frank sería diferente. y para aliviar su angustia empezó a escribir cuentos sobre él, pero cuando su madre los encontró los hizo añicos y le dijo que era una guarra y que quería robarle a Frank. Gabriella no entendía lo que su madre le decía ni el motivo de su enfado. En uno de sus cuentos describía a Frank como el Príncipe Azul y ello le valió una paliza. Frank se habría indignado de haberlo sabido, pero para entonces ya estaba en California.

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