El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
Su madre pagó al taxista y salió por delante de Gabriella, que parecía moverse con una lentitud irritante y luchar torpemente con la maleta. Eloise llamó al timbre y golpeó una pesada aldaba. Era un edificio impresionante pero austero. Y mientras esperaban, en vano buscó los ojos de su madre, y luego se miró los pies para ocultar las lágrimas que se esforzaba por sofocar. Las piernas le temblaban de miedo. Finalmente, con una lentitud angustiosa, la puerta se abrió y una cara menuda y frágil asomó por ella.
– ¿Sí?
Gabriella no supo si se trataba de un hombre o una mujer. Lo poco que veía de la cara parecía carecer de edad y sexo.
– Soy la señora Harrison. Tengo una cita -dijo Eloise con impaciencia- Y prisa -añadió mientras el rostro no identificable se alejaba para preguntar al respecto.
– Mami… -dijo Gabriella con voz trémula. Aunque sabía que era preferible callar, no podía soportar la angustia un minuto más-. Mami…
Su madre se volvió bruscamente.
– ¡Calla! No es momento ni lugar para tus malos modales. Esta gente no tolerará tus tonterías como yo.
Así que era verdad: iban a meterla en la cárcel para castigarla por diez años de faltas que, al final, habían conducido a la pérdida de su padre. Había llegado la hora de pagar por ello. Los ojos de Gabriella se llenaron de lágrimas. Tenía la sensación de estar esperando su sentencia de muerte y no entendía qué había ocurrido con el viaje a Reno. ¿O acaso aquello era Reno? ¿Era así como lo llamaban? ¿Dónde estaba? ¿Qué iban a hacerle?
Y justo cuando creía que el miedo iba a ahogarla, la pesada puerta se abrió para revelar un pasillo largo y oscuro. Delante había una anciana menuda y retorcida, con un chal negro sobre el hábito y un bastón en la mano, que les hacía señales para que entraran. Gabriella tragó saliva y muy a su pesar, dejó escapar un sollozo mientras su madre la agarraba del brazo y la metía en el edificio. La puerta se cerró con estruendo y el único sonido que podía oírse ahora era el llanto de Gabriella.
– La madre Gregoria la atenderá dentro de un momento -dijo la anciana a Eloise, sin siquiera mirar a Gabriella. Eloise miró irritada a la niña y la zarandeó por un brazo.-
– ¡Deja de lloriquear! -le ordenó, y le propinó otra sacudida, pero se contuvo-. Podrás llorar cuanto quieras cuando me haya ido, pero ahora no. Yo no soy como tu padre. No pienso tolerar tus lloriqueos, y tampoco las hermanas. ¿Sabes qué hacen las monjas a los niños que se portan mal?
Gabriella no respondió, pero cuando levantó la cabeza no vio más que un enorme crucifijo con un Cristo sangrante y rompió a llorar aún con más fuerza. Era el peor día de su vida, y sólo deseaba morir cuanto antes y evitar que la castigaran por los innumerables pecados cometidos durante su corta existencia. Ignoraba qué hacía en ese lugar y cuánto tiempo iba a quedarse, pero la maleta no era una buena señal.
Sus sollozos se acrecentaron y las amenazas de su madre no consiguieron sofocarlos. Gabriella seguía llorando cuando la monja regresó para anunciarles que la madre superiora las recibiría. La siguieron por el pasillo, iluminado por lámparas diminutas y algunas velas. El lugar parecía una mazmorra y Gabriella oía a lo lejos un canto lastimero. Hasta el sonido de esas voces le resultaba aterrador y la música que las acompañaba era lúgubre y desoladora. Prefería morir a estar allí.
La monja se detuvo ante una puerta y tras invitarlas a pasar, se alejó cojeando con su bastón. A pesar de su dolencia y lo avanzado de su edad, sus pies parecían deslizarse sobre el suelo de piedra, y Gabriella sintió un escalofrío. Su madre la cogió del brazo y la metió en la estancia; el llanto de Gabriella se intensificó cuando miró alrededor. De pie, detrás de un pequeño escritorio trillado, había una monja de mirada gélida y cara de granito. Llevaba una banda blanca y almidonada sobre la frente y el resto de su persona estaba cubierto de negro. Gabriella se sorprendió de lo alta que era, pero lo que más la aterró fue que parecía no tener manos. Tenía los brazos cruzados y las manos metidas en las mangas del hábito y un pesado rosario en torno a la cintura como único adorno. No llevaba insignia alguna que mostrara su posición destacada en la orden, pero Eloise sabía que era la madre superiora. Se habían visto en dos ocasiones durante los últimos dos meses para hablar de Gabriella. La madre superiora se sorprendió de que la niña estuviera tan trastornada. Suponía que su madre la habría informado de sus planes antes de venir.
– Hola, Gabriella -dijo con solemnidad-. Soy la madre Gregoria. Como ya te habrá explicado tu mamá, vas a quedarte con nosotras una temporada.
Aunque no sonreía, tenía mirada amable, pero eso Gabriella aún no podía verlo y sólo se limitó a sacudir vehemente la cabeza para indicar que no quería quedarse y que su madre no le había contado nada.
– Te quedarás aquí mientras yo esté en Reno -dijo Eloise con voz impasible.
La madre superiora las observaba. Había comprendido que Gabriella ignoraba por qué estaban allí y desaprobó en silencio el modo en que Eloise había manejado el asunto.
Gabriella miró a su madre con cara de pánico.
– ¿Cuánto tiempo estarás fuera?
Pese a lo mucho que la había temido toda su vida, no tenía a nadie más. Gabriella se preguntó si la estaban castigando por sus malos pensamientos. Tal vez su madre siempre supo que los tenía y ahora la dejaba allí para que la castigaran.
– Estaré en Reno seis semanas -respondió Eloise mientras se apartaba de la turbada chiquilla sin añadir una palabra de consuelo.
– ¿Iré al colegio? -preguntó Gabriella. De tanto llorar le había entrado hipo y respiraba entrecortadamente.
– Estudiarás con nosotras -explicó la religiosa con una serenidad que no consiguió tranquilizar a Gabriella.
De repente todo le era desconocido y estaba asustada. Prefería con mucho las palizas de su madre a ese lugar. Pero no tenía elección. Su madre se iba a Reno.
– Tenemos otras dos chicas aquí -continuó la madre superiora-. Son hermanas y mayores que tú. Una tiene catorce años y la otra diecisiete. Creo que te gustarán. Son muy felices con nosotras.
No explicó que vivían en el convento porque eran huérfanas. Sus padres habían muerto en un accidente de avión un año atrás, y fueron a vivir con su abuela, el único familiar que les quedaba, pero ésta había fallecido repentinamente en Navidad. Eran primas de una religiosa de la orden y hasta que pudieran encontrarles otro hogar el convento era la única solución. Para Gabriella solamente era una medida temporal. Dos meses, había dicho la señora Harrison, como mucho tres pero Eloise no se lo dijo a Gabriella. Entre madre e hija parecía existir una extraordinaria distancia que la sabia monja advirtió. De hecho, tuvo la impresión de que la niña temía a su madre. Sabía que el padre las había abandonado e iba a casarse con otra, pero la señora Harrison no le había hablado de sus propios planes, sólo que necesitaba un lugar donde dejar a la niña mientras iba a Reno para divorciarse. No era un plan que contara con la aprobación de la madre superiora, pero tampoco pretendía juzgar la moral de Eloise. Únicamente le interesaba proporcionar cobijo a Gabriella.
La pequeña seguía llorando. Entonces Eloise consultó su reloj y puso cara de sorpresa.
– Tengo que irme -dijo, y en ese momento una manita se aferró a su falda.
– No te vayas, mami, por favor… Seré buena, te lo prometo… Déjame ir contigo, por favor…
– ¡No seas ridícula! -espetó Eloise al tiempo que retrocedía con asco. La proximidad de Gabriella le desagradaba.