El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
– Por lo que veo, tus modales en la mesa no han mejorado. ¿Qué demonios hicieron contigo en ese hospital? -preguntó maliciosamente Eloise.
Gabriella bajó la mirada y prefirió no contestar. No habló en toda la comida, y en cuanto terminó el postre su madre la envió a su cuarto. Gabriella presentía que se avecinaba una tormenta y se alegró de desaparecer.
Se acostó enseguida y escuchó a oscuras la discusión de sus padres, y más tarde no le extrañó oír pasos en su habitación. Convencida de que era su madre, se preparó para lo peor. Esta vez la colcha fue apartada lentamente. Gabriella tensó el cuerpo, apretó los ojos y aguardó el primer golpe. Mas éste no llegaba. Notaba una presencia humana junto a ella, pero no olía el perfume de su madre. Tras una larga y tensa espera, abrió los ojos.
– Hola ¿te he despertado? -era su padre, que le hablaba en susurros con aliento a whisky-. He venido a decirte… a ver si estabas bien.
Aturdida, Gabriella asintió. Su padre nunca entraba en su cuarto de ese modo.
– ¿Dónde está mamá?
– Durmiendo -Gabriella respiró aliviada, aunque ambos sabían lo fácil que era despertarla-. Sólo quería verte… -John se sentó en el borde de la cama-. Siento mucho lo del hospital… y todo lo demás. Las enfermeras dijeron que eras muy valiente… -pero él ya sabía mejor que nadie lo valiente que era su hija. Mucho más que él mismo.
– Eran muy simpáticas -susurró Gabriella mientras contemplaba el rostro de su padre iluminado por la luna que entraba por la ventana.
– ¿Cómo te encuentras?
– Bien… El oído todavía me duele, pero estoy bien.
El dolor de cabeza había desaparecido, pero las costillas necesitaban estar vendadas dos semanas más.
– Cuídate, Gabriella, y sé siempre valiente. Eres una niña muy fuerte.
La niña se preguntó por qué su padre le decía esas cosas y por qué pensaba que era fuerte. Ella no tenía esa impresión. La mayor parte del tiempo sólo pensaba en lo mala que era.
John deseaba decirle que la quería, pero no sabía cómo. Hasta él sabía que si de verdad la hubiese querido, no habría permitido que su madre la apalizara hasta casi matarla. Pero Gabriella ignoraba las intenciones de su padre. John la contempló por un instante, la cubrió de nuevo con la colcha y se fue sin decir otra palabra.
Una vez en elumbral, se detuvo durante una fracción de segundo y luego cerró la puerta con sumo cuidado. Ninguno de los dos quería que Eloise despertara, y John actuó con tanto sigilo que Gabriella ni siquiera le oyó alejarse.
Se acurrucó de nuevo en la cama y por la mañana todavía dormía cuando su madre irrumpió en el cuarto dando gritos.
– ¡Levántate!
Gabriella brincó de la cama. La brusquedad del gesto le devolvió al instante el dolor de cabeza, desafió a sus costillas y le recordó su lesión en el oído.
– Lo sabías, mala pécora ¿no es así? Él te lo dijo.
Eloise la sacudió por los brazos sin tener en consideración su estado convaleciente.
– ¿De qué hablas, mami? Yo no sé nada…
Gabriella había perdido práctica, y muy a su pesar, rompió a llorar. Sabía por la cara de su madre que algo terrible había sucedido. Nunca la había visto tan fuera de sí.
– Desde luego que lo sabes. ¿Te lo dijo en el hospital? ¿Qué te dijo exactamente? -Eloise la sacudía con vehemencia.
– Nada… no me dijo nada. ¿Qué le ha ocurrido a papá?
A lo mejor había sufrido un accidente o algo parecido. Le costaba creerlo, pero su madre le espetó las palabras a la cara antes de que pudiera repetir la pregunta.
– Se ha ido, y tú lo sabías. Tú tienes la culpa. Eres tan mala que al final nos ha dejado. Pensabas que te quería, ¿verdad? Pues te equivocas. Te ha dejado, como también me ha dejado a mí. Ya no quiere a ninguna de las dos, mocosa de mierda, y tú tienes la culpa. Se fue porque te odia tanto como a mí. -esto último lo dijo dándole una sonora bofetada-. Se fue por tu culpa… y ahora ya no tienes a nadie que te proteja.
Gabriella empezó a atar cabos. Su padre las había abandonado. Por eso había ido a verla la noche anterior… para despedirse. Ahora ya no estaba, y todo lo que le quedaba a Gabriella era esto: los malos tratos interminables, las palizas. Su padre le había dicho que fuera valiente, que era una niña fuerte. Y mientras recordaba sus palabras y los puños de su madre la castigaban con más fuerza, Gabriella luchó en vano por no llorar. Esa pesadilla era cuanto le quedaba en esta vida. Su madre había dicho que su padre la odiaba, pero ella sabía que no era cierto. ¿O si lo era? Nunca la había protegido ni ayudado. Jamás la había rescatado. Y por la razón que fuera, acababa de abandonarla. Y lo único que la niña sentía ahora, subiéndole por la garganta como la bilis, era miedo.
5.-
El resto del año hasta que Gabriella cumplió los diez fue un calidoscopio de oscuridad cuyo tema era siempre el mismo, por mucho que cambiaran los patrones, y el horror siempre igual de agudo, por mucho que cambiaran los colores.
Gabriella no volvió a ver a su padre. Parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. No la llamó ni escribió ni fue a verla para explicarle por qué se había marchado.
El día que Eloise recibió la primera notificación de parte del abogado de John, se enfureció tanto que, como era de esperar, apalizó a Gabriella con saña. Y durante los días siguientes se mostró despiadada: la culpaba de todo, como había hecho desde que nació, y le dijo que su padre las odiaba a las dos por igual. Le dijo que ya no la necesitaba, que la mujer con la que iba a casarse tenía dos hijas encantadoras.
– No son como tú -comentaba Eloise con virulencia-. Ellas son guapas y educadas y tu padre las quiere mucho.
En cierta ocasión Gabriella cometió la imprudencia de replicar para defender los sentimientos que atribuía a su padre pero de los que ya no estaba tan segura dada su deserción. Como castigo Eloise le cepilló la boca con detergente hasta que la espuma le bajó por la garganta y la hizo vomitar, no sólo a causa del jabón sino también del dolor de la pérdida. Su padre la quería, se dijo Gabriella, ella lo sabía, o eso pensaba… o quizá sólo quería creerlo. Al final ya no sabía qué pensar.
Pasaba la mayor parte destiempo sola en casa leyendo y escribiendo cuentos. A veces escribía a su padre, pero como no sabía dónde enviar las cartas siempre acababa rompiéndolas. No le había dejado ninguna dirección, y las veces que intentó buscarla cuando su madre no estaba en casa no la encontró. Tampoco se atrevía a pedírsela a ella. Sabía dónde trabajaba su padre antes de que se marchara, pero cuando llamó al banco le dijeron que se había ido a vivir a Boston. Y cuando el día de su décimo cumpleaños no recibió noticias de él, comprendió que lo había perdido para siempre.
Todavía le entraban ataques de pánico cada vez que recordaba la noche que ella y su padre hablaron en susurros a la luz de la luna en su habitación. Le hubiera gustado decirle muchas cosas. Si le hubiese dicho lo mucho que le quería a lo mejor se habría quedado, a lo mejor no la habría dejado por las dos niñas de las que hablaba su madre, esas niñas que eran mucho mejores que ella y que su padre tanto quería ahora. Si se hubiese esforzado más, o si hubiese sacado mejores notas, aunque poco tenía que mejorar, o si no hubiese tenido que ir al hospital, si no hubiese hecho que su madre las odiase tanto a los dos, quizá no se habría ido… o quizá estaba muerto y todo era una mentira. Tal vez había sufrido un accidente. Sólo de pensarlo se quedaba sin respiración… ¿Y si nunca volvía a verle? ¿Y si olvidaba su cara? De vez en cuando contemplaba fotografías de su padre. Había dos sobre el piano y varias en la biblioteca, pero cuando su madre la descubrió mirándolas las sacó de los marcos y las hizo pedazos. Gabriella observaba una de cuando ella tenía cinco años, hecha durante un verano en Easthampton, pero su madre también la encontró y la tiró.