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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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Un sábado por la mañana, dos semanas después de Pascua, Eloise miró a su hija durante el desayuno y, por primera vez en su vida, le sonrió. Gabriella sintió un escalofrío. Algo en sus ojos le dijo queso no iba con cuidado, tendría problemas. Pero su madre se limitó a decir con voz alegre:

– Mañana me voy a Reno. ¿Tienes hecho el equipaje?

Gabriella asintió con la cabeza. Después del desayuno Eloise supervisó el cuarto y la maleta de su hija y dio su aprobación. Gabriella respiró aliviada al ver que no había cometido ningún error imperdonable. Luego su madre miró en derredor para asegurarse de que no había olvidado nada y se mostró satisfecha con los resultados. No había cuadros en las paredes, nunca los había habido, y Eloise había arrojado a la basura la única fotografía que Gabriella poseía de su padre. Su habitación no tenía adornos, sólo una cama, una cómoda, una silla, unas cortinas blancas en las ventanas y un suelo de linóleo que Jeannie le ayudaba a fregar cada martes por la tarde.

– No necesitarás ropa elegante, Gabriella. Puedes sacar el vestido rosa de la maleta -fue el único comentario de Eloise, y la niña se apresuró a colgar el vestido en el armario-. No olvides el uniforme del colegio. -las instrucciones eran confusas, pero Gabriella había guardado algunas prendas del colegio porque eran cómodas y no estaba segura de cuánto tiempo pasaría en Reno. Luego su madre la miró con un sarcasmo que Gabriella conocía bien-. Estoy segura de que te alegrará saber que tu padre va a casarse en junio.

Gabriella sintió un gran alivio, además de una aplastante decepción al comprender que su padre ya no volvería. Siempre lo había temido. El alivio, no obstante, provenía de saber que estaba vivo, que no había muerto en un terrible accidente. Gabriella había escrito un relato al respecto cargado de tanto realismo que había empezado a temer que su padre hubiese muerto de verdad.

– No volverás a verlo -le dijo su madre por milésima vez-. No nos quiere. Nunca nos quiso. No lo olvides, Gabriella. Tu padre nunca te quiso -Eloise la miró con una chispa de ira en los ojos-. Lo sabes ¿verdad?

Gabriella asintió con la cabeza. Quería decirle que no la creía, pero le habría costado la vida. A esas alturas había aprendido a ser prudente. Por otro lado, quizá era cierto, quizá su padre nunca las había querido. Si Gabriella se hubiese portado mejor, si no hubiese dado tantos problemas, tal vez su padre las h abría querido más y se habría quedado… Pero no había olvidado la mirada de él aquella noche en su cuarto. Sus ojos le habían dicho que la quería, por mucho que dijera su madre. Así pues, todo le resultaba confuso.

Eloise salió con unos amigos esa noche y su hija se preparó un emparedado para cenar. En la casa reinaba el silencio y Gabriella estuvo largo rato pensando en el misterioso viaje que iban a emprender al día siguiente. Todavía no sabía por qué iban a Reno y qué les esperaba allí, pero era consciente de que hasta que no llegaran a su destino sus preguntas no obtendrían respuesta. Le inquietaba estar en ascuas y, en cierto modo, le entristecía dejar su casa. Era la casa donde había vivido con su padre, y mientras iba de habitación en habitación recordó el sonido de sus pasos y la fragancia que desprendía después de afeitarse. Pero ella y su madre no estarían fuera mucho tiempo, y tal vez se tratase de toda una aventura. Quizá Frank estaría allí y esta vez le hablaría. Quizá sería simpático con ella, y si se portaba muy bien y hacía todo lo posible por no enfadarlo, quizá hasta le querría. Gabriella se prometió que lo intentaría con todas sus fuerzas.

Esa noche, cuando su madre llegó, Gabriella ya dormía y no la oyó entrar. Eloise se desvistió sonriendo para sus adentros. Para ella estaba a punto de empezar una nueva vida llena de promesas y la oportunidad de cerrar la puerta a todos sus desengaños. Ardía en deseos de marcharse. Iba a coger el tren al día siguiente por la noche, pero Gabriella todavía no lo sabía, como tampoco a qué hora debían partir.

Para no hacer esperar a su madre, se levantó al amanecer, y cuando Eloise bajó a las nueve a desayunar ya le había preparado café. Gabriella colocó la taza delante de su madre con cuidado de no derramar el líquido. A esas alturas ya lo sabía todo sobre perfección. El café estaba exactamente a la temperatura que quería su madre. Y Eloise no hizo ningún comentario, señal al menos de que Gabriella no la había hecho enfadar. Todavía. La situación podía cambiaren un santiamén.

Transcurrió media hora antes de que su madre abriera por fin la boca, y lo hizo para preguntar a su hija si lo tenía todo listo. Gabriella había cerrado la maleta antes de bajar. Vestía una falda gris y un jersey blanco y tenía una chaqueta azul cuidadosamente doblada sobre la silla de su cuarto junto con la boina azul y los guantes. Los zapatos de charol negro estaban impecables, sin una sola rozadura, y llevaba los calcetines, blancos y hasta el tobillo, impolutos y doblados como a su madre le gusta. Con su coleta rubia y sus enormes ojos azules Gabriella habría enternecido a cualquiera, salvo a su madre. A sus diez años seguía siendo una niña adorable, y todo en ella hacía prever que algún día sería una belleza, lo que no la ayudaba a ganarse el favor de su madre.

Eloise esperó en el portal mientras Gabriella subía a recoger la maleta y el resto de sus cosas, y cuando volvió advirtió que su madre no había bajado su equipaje. Enseguida se preguntó si esperaba que ella lo hiciera y empezó a subir.

– ¿Adónde vas ahora? -preguntó Eloise con exasperación. Tenía muchas cosas que hacer y no podía perder más tiempo.

– Por tus maletas.

– Yo misma lo haré más tarde. Baja de una vez.

Gabriella no entendía nada, pero sabía que no podía pedir una explicación ni siquiera ahora que estaban a punto de marcharse. Entonces reparó en que su madre llevaba puesta una ropa que sólo utilizaba para estar por casa y hacer recados. A diferencia de Gabriella, no iba vestida para viajar. Ni siquiera se había molestado en ponerse un sombrero. Gabriella salió con su pequeña maleta y al contemplar la casa donde había conocido tanto dolor sintió pánico. Sentía que algo no iba bien. De repente le dieron ganas de esconderse en el armario del vestíbulo. Habían pasado dos años desde la última vez que lo hizo. Había aprendido que esconderse sólo agravaba las palizas y que era mejor someterse a ellas sin oponer resistencia. pero ahora prefería cualquier cosa antes que seguir ciegamente a su madre hacia un sino desconocido que podía ser mucho peor que el padecido hasta ese momento.

– No arrastres los pies, Gabriella, no tengo todo el día -le regañó Eloise.

Pero su madre no llevaba equipaje y Gabriella comprendió que allá donde fuera su madre no iría con ella. Pero ¿adónde podía llevarla con una maleta un sábado por la mañana?

Eloise dio al taxista una dirección. Recorrieron las veinte manzanas que les separaban de su destino mientras el corazón le latía con fuerza. Le aterraba no saber adónde se dirigían, pero sabía que si hacía preguntas más tarde lo pagaría. Su madre, entretanto, miraba por la ventanilla del taxi absorta en sus pensamientos. Consultó su reloj una o dos veces y se mostró satisfecha al comprobar que iba bien de tiempo. Finalmente se detuvieron frente a un edificio grande y gris de la calle Cuarenta y ocho, cerca del East River. Gabriella tenía náuseas y las manos le temblaban. Quizá esta vez había hecho algo realmente horrible y su madre la llevaba a la policía para que la castigaran. Todo era posible en una vida llena de terror como la suya. Gabriella no podía estar segura en ningún lugar.

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