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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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Pero no era en ellos en quienes Gabriella pensó esa noche, sino en la mujer que esa mañana la había abrazado y consolado. Recordó la fuerza de sus brazos, unos brazos que la hicieron sentirse a salvo de los sufrimientos padecidos durante diez años. Nunca había conocido a nadie como la madre superiora, y al igual que Julie, se preguntó cómo sería vivir para siempre en el convento.

Compartía cuarto con las dos muchachas. La habitación era pequeña y sencilla, y tenía una ventanita que daba al jardín del convento. Desde la cama, Gabriella podía ver la luna en lo alto del cielo enmarcada por la diminuta ventana. Se preguntó dónde estaría su madre en ese momento, si en casa o en el tren y cuándo volvería de ese misterioso lugar llamado Reno. Pero independientemente destiempo que decidiera estar fuera, Gabriella sabía que, por primera vez en su vida, se hallaba a salvo. Ignoraba cómo iba a ser su vida en el convento, pero por primera vez en diez años no tenía nada que temer, ni palizas ni castigos, ni reproches ni odio. Esa misma mañana, frente al portal, había tenido la certeza de que la llevaban allí para ser castigada, y ahora sabía con igual certeza que su estancia en el convento era una bendición.

Se durmió pensando en las monjas que la habían rodeado en el comedor como amables pajarillos: Lizzie, Timothy, Mary Margaret… y en la mujer alta de mirada sabia que le había abierto su corazón sin decir una palabra y la había acurrucado como a un pajarito con un ala herida. Hecha un ovillo, como siempre, en el fondo de la cama, Gabriella sintió que las heridas de su alma empezaban a cicatrizar.

La despertaron a las cuatro de la mañana. Las tres pupilas pasaron las dos primeras horas del día en la capilla rezando en silencio con las monjas, y justo antes de que saliera el sol la comunidad entera empezó a cantar. Gabriella nunca había oído nada tan hermoso. Las voces se elevaron al unísono, orando a un Dios al que ella había suplicado durante años y del que había tenido razones para dudar que la escuchara. Pero allí, con la intensidad del amor y la fe de esas monjas, el amor de dios parecía evidente e irresistible, y su protección muy real. Y cuando Gabriella entró en el comedor con el resto de la comunidad para disfrutar de la primera comida del día, se sintió en paz.

El desayuno transcurría en silencio. Era un momento de contemplación y de preparación para cuanto habían de ofrecer al mundo más allá de las paredes del convento a lo lago del día, en el hospital y la escuela. Tras despedirse con sonrisas y asentimientos de la cabeza, cada hermana se retiró a su celda o dormitorio. Las monjas más antiguas tenían celdas individuales, mientras que las novicias y postulantes vivían en pequeños dormitorios, como Gabriella y las otras dos pupilas. Y al igual que ellas, Gabriella iba a estudiar con dos monjas que eran maestras jubiladas. Disponían de una pequeña habitación convertida en aula ya la siete y media ya estaban trabajando. Estudiaron duramente hasta el mediodía, y después almorzaron en el comedor con las pocas monjas que no trabajaban fuera del convento.

Gabriella no vio a la madre Gregoria en todo el día. De hecho, no volvió a verla hasta la hora de la cena, y a ambas se le iluminó la cara cuando se encontraron. La niña se acercó tímidamente a ella y Gregoria le preguntó con una tierna sonrisa cómo había pasado su primer día.

– ¿Estudiaste mucho?

Gabriella asintió con una sonrisa cauta. La jornada había resultado más dura que en su antiguo colegio, y no habían gozado de ningún descanso. Con todo, se sorprendió de comprobar que le gustaba. La vida del convento, las tareas en común, le proporcionaban paz. Todas parecían tener una tarea, una finalidad, una meta. No era simplemente el alejamiento del mundo lo que uno percibía allí dentro, sino la presencia de algo más, el deseo de dar en lugar de limitarse a sobrevivir y recibir. Cada monja estaba allí por una razón y cada día debían consagrar sus almas en beneficio de los demás. Y en lugar de sentirse agotadas, se sentían plenas. Hasta los niños lo notaban, como Julie, Natalie y Gabbie, que era como medio convento la llamaba ya, y a ella le gustaba.

La vida en el convento era muy diferente de lo que había conocido hasta ahora. Las hermanas no tenían nada que ver con su madre. Allí no había vanidad, ni egoísmo, ni ira, ni rabia. Era una vida consagrada por entero al amor, la armonía y el servicio a los demás. Las monjas se sentían felices y seguras aquí. Y por primera vez en su vida, Gabriella también.

Esa noche llegaron dos sacerdotes para escuchar en confesión. Venían cuatro veces por semana. Después de la cena, en silencio, las monjas formaron una cola en la capilla y la hermana Lizzie invitó a Gabriella a unirse a ellas. Ésta había hecho la primera comunión cuatro años atrás y ya podía tomar los sacramentos, si bien no se esperaba que lo hiciera con la misma asiduidad que las monjas, que tomaban la comunión cada día. Las confesiones eran en su mayoría breves y luego las monjas dedicaban largo rato a contemplar sus debilidades y pecados y cumplir la penitencia que les era impuesta.

La confesión de Gabriella fue muy breve pero interesante para el sacerdote. Tras informarle de cuándo había sido la última vez que se había confesad, Gabriella reconoció que muchas veces odiaba a su madre.

– ¿Por qué, hija mía? -preguntó el hombre. De los dos sacerdotes, él era el más viejo. Llevaba cuarenta años en el sacerdocio y quería profundamente a los niños. La voz que le llegaba del otro lado de la rejilla era muy joven y el cura sabía que había una niña nueva en el convento-. ¿Por qué dejas que el demonio te tiente?

Gabriella tardó en contestar.

– Porque ella me odia -dijo con voz tenue pero firme.

– Las madres nunca odian a sus hijos. Dios no lo permitiría.

Pero Gabriella sabía que Dios había permitido que le ocurrieran cosas que no había impuesto a otros, quizá porque era una niña muy mala o quizá porque también Él la odiaba, aunque estando en el convento le costaba creerlo.

– Sé que mi madre me odia.

El cura volvió a negarlo y luego prosiguió con la confesión y pidió a Gabriella que rezara diez Avemarías mientras pensaba en su madre con amor. Gabriella no discutió con él, pero pensó que era mucho más pecadora de lo que el sacerdote creía por lo mucho que odiaba a su madre. Pero no podía evitarlo.

Cumplió su penitencia en silencio, junto con las monjas y luego regresó a su habitación. Natalie estaba leyendo una revista dedicada a Elvis que había comprado a hurtadillas mientras su hermana Julie la amenazaba con decírselo a la hermana Timmie. Gabriella las dejó con su riña y pensó en las palabras del sacerdote. Se preguntó si estaba destinada a vivir eternamente en el infierno por odiar a su madre. Lo que Gabriella no entendía, y los demás tampoco, era que ella había estado en el infierno durante toda su vida. Cualquiera que hubiese sido testigo de su existencia le habría garantizado un sitio en el cielo.

Durmió, como siempre, a los pies de la cama y a la mañana siguiente, mientras se vestían para ir a la capilla, las dos hermanas e burlaron de ella pero sin malicia. Simplemente encontraban extraño que en la cama pareciera que no había nadie. Ése era justamente el objetivo, y aunque a Gabriella nunca le sirvió de nada, se había convertido en un hábito.

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