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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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El día de Navidad, cuando su padre llegó a casa por la noche, la pelea no se redujo al dormitorio. Él y Eloise se persiguieron por toda la casa gritando, arrojándose objetos y rompiendo cosas. Su padre dijo que no aguantaba más y su madre aseguró que los mataría a los dos. Le dio una bofetada y él le pegó por primera vez en su vida. Y Gabriella sabía que cuando la pelea terminara ella cargaría con las consecuencias. Por primera vez desde hacía mucho tiempo deseó que existiera un lugar seguro donde esconderse o una persona a la que poder recurrir. Pero no había nadie, y sabía que sólo le quedaba esperar. Hacía años que había descubierto que en su precaria vida no existían los salvadores.

Finalmente John se marchó y fue entonces cuando Eloise fue por ella. Se abalanzó como un enorme y furioso pájaro negro, con el pelo suelto y agitado. Sus puñetazos fueron potentes e implacables. Gabriella notó un fuerte dolor en el oído derecho desde el primero. Luego recibió un porrazo tremendo en la cabeza y una retahíla de golpes en el pecho, y esta vez su madre utilizó un candelero para atizarle las piernas. Gabriella estaba segura de que acabaría golpeándole la cara o la cabeza con él, pero milagrosamente no lo hizo. Y tras la fuerte conmoción de los primeros minutos, el resto transcurrió de forma nebulosa. Eloise nunca había estado tan furiosa, y su hija comprendió que si hacía o decía algo, su vida correría peligro.

No hizo nada por evitar los golpes. Simplemente esperó, como siempre hacía, a que la tormenta amainada. Y cuando al final amainó y su madre se fue, dejándola tirada en el suelo, Gabriella no pudo ni encaramarse a la cama. Se quedó en el suelo oscilando entre la conciencia y la oscuridad y descubrió con sorpresa que esta vez no sentía dolor. De hecho no sentía nada, y se pasó la noche viendo una suerte de halos luminosos a su alrededor. En un momento dado creyó oír voces, pero no entendía lo que decían. Y no fue hasta la mañana siguiente cuando se dio cuenta de que alguien real le estaba hablando. La voz le resultaba familiar, pero al igual que las que había oído durante la noche, no entendía lo que decía. Ni siquiera se daba cuenta de que era su padre. Gabriella no había visto sus lágrimas ni la exclamación de horror cuando descubrió lo que Eloise le había hecho. La había encontrado rodeada de un charco de sangre, el pelo pegajoso, los ojos vidriosos e invisibles y una herida atroz en la parte interna del muslo. John temió llamar a una ambulancia, de modo que sin esperar siquiera hablar con Eloise la envolvió en una manta y salió a buscar un taxi.

Cuando llegó al hospital no sabía si su hija respiraba, pero aún así la colocó sobre una camilla, pidió ayuda y explicó entre lágrimas que se había caído por las escaleras. Dado el alcance las lesiones, nadie dudó de la historia. Pusieron una máscara de oxígeno sobre la pálida carita de Gabriella y se la llevaron rodeada de enfermeras con semblante preocupado.

Esperó sentado varias horas con expresión perpleja, y a las cuatro de la tarde salieron para decirle que su hija viviría. Tenía una conmoción cerebral, un tímpano roto, tres costillas fracturas y un corte grave en la pierna. Con todo, la habían cosido y vendado y tras unos días en el hospital lo peor ya habría pasado. Le preguntaron cuánto tiempo había transcurrido desde el instante en que Gabriella cayó hasta el momento en que él la encontró. John contestó que varias horas, si bien reconoció que no estaba seguro de cuándo había “caído” exactamente. No les dijo que no se hallaba en casa cuando sucedió.

– Se recuperará -le aseguró un médico joven, y las enfermeras le prometieron que cuidarían de ella.

John fue a verla un momento, pero Gabriella dormía y decidió marcharse. Llegó a casa en taxi, sintiéndose mareado y sin saber qué decir. No tenía ni idea de cómo detener a Eloise, cómo terminar con esa situación, qué otra cosa hacer salvo huir. Por lo menos Gabriella estaba ahora en bunas manos. Era un milagro que hubiese sobrevivido.

Entró en casa presa de una turbación abrumadora, y con alivio, comprobó que Eloise no estaba. Fue a la biblioteca, se sirvió una copa y se sentó a esperarla sin saber aunque iba a decirle cuando la viera. ¿Qué podía decirle? Eloise no era humana. Era un animal, un ser de otro planeta, una máquina que destrozaba cuanto tocaba. Se preguntó cómo era posible que la hubiese amado, que hubiese creído que podía ser una esposa para él y una madre para su hija. Lo único que quería ahora era alejarse de ella todo lo posible. Quería estar con Bárbara, pero por una vez no se atrevió a marcharse. Sabía que tenía que esperar a Eloise y plantarle cara, aunque fuera por última vez. Tenía que hacerlo.

Eloise llegó poco después de la medianoche. Lucía un vestido azul marido de noche y cuando John alzó la vista le pareció una reina malvada. La Reina de las Tinieblas. Y Eloise, al ver a su marido tumbado en el sofá, le miró con desdén.

– Qué detalle que hayas venido -dijo con un desprecio que John capto pese a su embriaguez-. Tienes buen aspecto. ¿A qué debo Leonor de tu visita? ¿Está Bárbara fuera de la ciudad o acaso se halla atendiendo a otros clientes?

Eloise cruzó lentamente la estancia balanceando un pequeño bolso de cuentas. John sintió un impulso de abofetearla o arrojarle la copa a la cara, pero se contuvo. Por mucho que dijera o hiciera, nunca podría herirla. Eloise no era humana.

– ¿Tienes idea de dónde se encuentra nuestra hija esta noche, Eloise?

Arrastraba las palabras, pero ahora sabía exactamente lo que quería decir. Finalmente lo había visto claro, después de demasiados años. Lamentaba haber tardado tanto. Pero Bárbara le había dado el valor necesario. Y el estado en que había encontrado a Gabriella había fortalecido su decisión.

– Estoy segur de que me lo vas a decir, John. ¿La has dejado en algún lugar? ¿La has regalado?

Eloise parecía divertida en lugar de preocupada, y resultaba fácil ver el monstruo que llevaba dentro. John no entendía cómo había podido tenerle engañado durante tanto tiempo. Pero era él quien había querido vivir engañado, creer que Eloise era alguien que no era, pero eso era otra historia, algo que John todavía no era capaz de reconocer.

– Te gustaría que la hubiese regalado ¿verdad? ¿Por qué no la dejamos en un orfanato cuando nació, o en los escalones de una iglesia? Seguro que te hubiera encantado, y para ella habría sido mucho mejor.

John recordó el cuerpecito de Gabriella sobre la camilla y se esforzó por reprimir las lágrimas. Nunca olvidaría esa imagen.

– Déjate de sensiblerías. ¿Está en casa de Bárbara? ¿Tienes intención de raptarla? Si es así, tendré que denunciarte a la policía.

Eloise dejó el bolso sobre la mesa y se sentó elegantemente en una butaca frente a John. Seguía muy hermosa, aunque estaba podrida hasta la médula. Carecía de alma. Era un cruel trozo de hielo. Y cuanto John deseaba era olvidarla, olvidar la vida que habían compartido e irse de allí. Llevaba un año sin decidirse a causa de Gabriella, pero ya no podía hacer nada por ella, ya no podía detener a ese monstruo. Lo único que podía hacer era salvarse él mismo.

– Gabriella está en un hospital -dijo con tono amenazador-. Estaba casi inconsciente cuando la encontré esta mañana.

El solo hecho de mirar a Eloise le hacía temblar de rabia. Sin embargo, todavía conseguía aterrorizarle. Ahora sabía de lo que su esposa era capaz, y temía que pudiera perder el control de sí mismo y acabara matándola. Eloise sólo merecía ser destruida.

– Qué suerte que vinieras a casa ¿no? Eres una bendición para Gabriella -dijo Eloise fríamente.

– Estuvo a punto de morir. Tenía una conmoción cerebral, varias costillas rotas, un tímpano reventado…

Pero era evidente que a Eloise le traía sin cuidado. No sentía el mínimo remordimiento por lo que había hecho.

– ¿Esperas que me ponga a llorar? Lo tenía bien merecido.

Encendió un cigarrillo con indiferencia y miró a su marido.

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