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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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La gente seguía comentando lo bonita que era, lo bien que se portaba, lo mucho que respetaba a sus padres. Tanto los profesores del colegio como los amigos de los Harrison hacían comentarios sobre su hermoso cabello, sus grandes ojos azules, su aplicación en los estudios. Gabriella obtenía siempre unas notas excelentes, y aunque los maestros lamentaban que sólo hablara en clase cuando la presionaban, estaba muy por encima de los niños de su edad. Leía sin descanso. Y al igual que la escritura, los libros la transportaban a un mundo situado a años luz de su existencia real. Le encantaba leer, y ahora, cuando su madre quería atormentarla, le tiraba los libros o le escondía los bolígrafos y los cuadernos. Era muy hábil en descubrir lo que realmente incesaba a su hija y obturar sus vías de evasión. Y cuando eso ocurría, Gabriella se quedaba absorta en sus pensamientos y se ponía a soñar. Por lo menos dentro de su mundo imaginario sus padres ya no podían tocarla, aunque ellos no se daban cuenta. Y por razones que ella no alcanzaba a comprender, sabía instintivamente que era una superviviente.

Eloise solía obligarla a trabajar en la cocina, ya fuera fregando el suelo, lavando los platos o sacando brillo a la plata. Aseguraba que era una niña tremendamente mimada y que gracias a ellos se había convertido en algo útil. Gabriella lavaba su propia ropa, cambiaba sus sábanas, se limpiaba la habitación y se bañaba y vestía sola. A diferencia de otros niños de su edad que podían jugar en el jardín o en sus cuartos y recibían libros y juguetes con los que entretenerse, a ella nunca le permitían estar ociosa. La vida de Gabriella seguía siendo una lucha continua por la supervivencia, y a medida que crecía la apuesta aumentaba, y las reglas cambiaban diariamente. Su pericia consistía en evaluar el humor de su madre en cada momento y hacer lo posible por no encender su ira.

Las palizas se producían con la misma frecuencia que antes, pero ahora Gabriella pasaba más tiempo en el colegio y eso, afortunadamente, la mantenía fuera de casa más horas. Y a medida que crecía las faltas que se le atribuían eran más graves. Deberes olvidados, prendas extraviadas, un plato roto. Consciente de que era preferible no intentar justificarse, se limitaba a prepararse para la tormenta. Era habilidosa a la hora de ocultar sus cardenales tanto a los profesores como a los pocos niños del colegio con los que jugaba. Casi siempre evitaba el contacto con ellos. Además, tampoco podía verlos después de la escuela. Su madre no permitía la presencia de otros niños en la casa. Ya tenía bastante con que su hija lo destrozara todo para que sus amigos la ayudaran. Una sola criatura ya era, de por sí, una carga difícil de soportar.

Durante sus tres años de colegio, sólo en dos ocasiones observaron los maestros algo anormal en ella. En una ocasión estaba saltando a la comba cuando la falda del uniforme se le levantó y vieron los espantosos moretones que tenía en los muslos. Cuando le preguntaron cómo se los había hecho, explicó que al caerse de la bicicleta en el jardín de su casa, y después de consolarla y simpatizar con ella, se olvidaron del asunto. La segunda vez ocurrió a principios del actual curso escolar. Gabriella llegó al colegio con los brazos llenos de magulladuras y un esguince en la muñeca. Tenía, como siempre, la cara intacta, y con mirada inocente explicó que se había caído de un caballo durante el fin de semana. Los maestros le dispensaron de hacer los deberes hasta que la muñeca mejorara, pero Gabriella no podía explicar eso a su madre cuando llegó a casa esa tarde, así que acabó haciéndolos.

Su padre seguía mostrándose tan distante como siempre. Y durante los últimos dos años pasaba casi todo el tiempo fuera de casa. Hacía muchos viajes de trabajo y Gabriella intuía que algo malo había sucedido entre él y su madre. El caso es que llevaban seis meses durmiendo en cuartos separados, y Eloise parecía más rabiosa que nunca cuando John estaba en casa.

Había adquirido la costumbre de salir por las noches. Se acicalaba y se iba con sus amigos, dejando a su hija sola. Gabriella no creía que su padre lo supiera, pues viajaba mucho y su madre no salía cuando él estaba en la ciudad. Pero era evidente que la relación entre ellos se había deteriorad. Eloise hacía muchas observaciones groseras sobre John y ya no vacilaba en insultarle a la cara, estuviera Gabriella presente o no. La mayoría de los comentarios versaban sobre otras mujeres a las que su madre llamaba zorras o rameras. Hablaba de la “co-habitación” de John, una expresión que Gabriella oía a menudo pero cuyo significado desconocía. Su padre nunca respondía, pero últimamente bebía mucho, y después de beber se marchaba de casa y Eloise se desahogaba con su hija.

Gabriella seguía durmiendo acurrucada a los pies de la cama, pero más por costumbre que por su éxito a la hora de convencer a su madre de que no estaba. Eloise sabía siempre dónde encontrarla. Gabriella ya no perdía el tiempo escondiéndose. En lugar de eso intentaba aceptar con valentía lo que se le avecinaba. Sabía que su única misión en la vida era sobrevivir.

También sabía que, en cierto modo, ella era la causa del distanciamiento entre sus padres, y aunque su madre nunca la mencionaba cuando censuraba a John, se sentía culpable de los problemas. Su madre no paraba de repetirle que todos sus problemas eran por su causa, y Gabriella había acabado por aceptarlo, junto con las palizas, como su destino.

Para cuando llegaron las Navidades se podía decir que su padre ya no vivía con ellas. Apenas aparecía por casa y cuando lo hacía Eloise montaba en cólera. Y ahora había un nombre que escupía constantemente. Hablaba a gritos de “una putita” y de “esa zorra con la que cohabitas”. Se llamaba Bárbara, pero Gabriella ignoraba quién era. No recordaba ese nombre entre las amigas de sus padres. No entendía lo que estaba ocurriendo, pero era evidente que su padre estaba cada vez más distante. No quería nada con su esposa y apenas le dirigía la palabra a Gabriella. Y cuando estaba en casa, se pasaba casi todo el tiempo borracho y ya no hacía nada por ocultarlo.

El día de Navidad Eloise no salió de su habitación. John se había marchado el día antes y no regresó hasta bien entrada la noche. Ese año no hubo árbol, ni luces, ni adornos. No hubo regalos para Gabriella ni para sus padres. Y su comida de Navidad consistió en un emparedado de jamón que se hizo ella misma. Pensó en prepararle uno a su madre, pero temía llamar a la puerta del dormitorio o atraer su atención. Le pareció más prudente mantener la distancia. Sabía que su madre estaba muy enfadada por la ausencia de su padre, sobre todo porque era Navidad. Gabriella ya tenía nueve años y era capaz de comprender mejor la situación, aunque la razón por la que se odiaban sus padres no la tenía del todo clara. Tenía algo que ver con la mujer llamada Bárbara e indudablemente, con Gabriella. Siempre tenía que ver con Gabriella, según su madre.

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