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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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– Reno no es lugar para una niña -intervino la madre Gregoria-, ni para un adulto -añadió con tono de desaprobación. La madre superiora ignoraba que Frank había hecho una reserva para Eloise en uno de los ranchos para turistas más lujosos de Reno y tenía previsto pasar allí con ella todo el tiempo. Iba a enseñarle a montar a caballo al estilo de Texas-. Tu madre volverá pronto, Gabriella. Verás cómo el tiempo pasa volando -dijo con dulzura, consciente de que la pequeña se hallaba en un estado de pánico y que a la madre o bien le traía sin cuidado o ni siquiera se percataba de ello.

La monja asintió levemente con la cabeza y pocos segundo después Eloise ya había recogido el bolso y estrechado su mano. Luego miró a su hija con una tenue sonrisa, incapaz de ocultar el placer que le producía marchar se. No tenía nada que decirle para aliviar su terrible dolor. Lo único que deseaba era ser libre.

– Pórtate bien y no des problemas -fue cuanto le dijo-. Me enteraré si lo haces. -y ambas sabían lo que eso significaba, pero a Gabriella ya no le importaba.

Rodeó a su madre por la cintura y lloró tanto por la madre que nunca había tenido como por el padre perdido. Gabriella era un pozo de miedo y una soledad indescriptibles, y aunque su mirada pasaba desapercibida para Eloise, había conmovido a la madre Gregoria. La monja esperó que Eloise besara a su hija o le dijera algo para tranquilizarla, pero la mujer se limitó a retirar los bracitos de su cintura y apartar a la niña de un empujón.

– Adiós, Gabriella -dijo fríamente mientras su hija la miraba con ojos que comprendían mucho más de lo habitual para su edad.

Gabriella entendía ahora lo que se sentía ante el abandono. Se quedó inmóvil, incapaz de contener las lágrimas, y vio cómo su madre se marchaba sin mirar atrás.

Durante un breve instante comprendió con precisión lo sola que estaba y quizá siempre estaría. Entonces sus ojos y lo de la monja reencontraron. Gabriella y la madre superiora eran dos almas que habían viajado muy lejos y visto demasiado, y a una edad excesivamente temprana en el caso de Gabriella. La niña permanecía muy quieta, emitiendo unos ruiditos que rompían el corazón. La madre Gregoria se acercó lentamente y la rodeó con sus brazos.

Quería proteger a Gabriella del mundo que la había herido de una forma casi irreparable. Todo lo que Gregoria sabía, sentía y creía se concentró en la fuerza de su abrazo, así como todo lo que quería para esa criatura. Gabriella la miró con perplejidad, y luego cerró los ojos, consciente de lo que acababa de ocurrir entre ellas. Y mientras permanecía acurrucada en el dulce abrazo, las compuertas se abrieron y Gabriella lloró por todas las pérdidas, todo el dolor, toda la pena, todo el terror y todos los desengaños que la vida le había infligido. Mas, pasara lo que pasara, a partir de ahora sabía con la erudición de sus diez años que allí estaría a salvo.

6.-

La primera comida de Gabriella en el convento de San Mateo fue un ritual que, aunque extraño al principio, le proporcionó una tranquilidad inesperada. Era uno de los escasos momentos del día en que las monjas tenían permitido conversar. Y cuando antes de la comida la comunidad entera se reunió en la capilla para rezar en silencio durante una hora, Gabriella se sorprendió de lo austera y numerosa que era. Una vez en el comedor, lo que minutos antes parecía un enorme rebaño de mujeres de negro sin rostro se transformó en un enjambre de voces que reían y hablaban animadamente.

Gabriella se sorprendió de lo jóvenes que eran algunas monjas. Había cerca de doscientas en el convento, cincuenta de ellas postulantes y novicias de poco más de veinte años. Algunas hermanas tenían entorno a la edad de la madre de Gabriella, otra eran de la edad de la madre superiora y por último había un puñado de monjas muy mayores. Muchas enseñaban en la escuela vecina de San Esteban y las demás trabajaban de enfermeras en el hospital Mercy. Durante la comida se hablaba de todo, de política y medicina, de anécdotas ocurridas ese día en la escuela, y de temas domésticos que iban desde la jardinería hasta la cocina. Contaban chistes, se gastaban bromas y utilizaban apodos, y para cuando hubo terminado la cena cada monja había tenido una palabra amable para Gabriella, incluida la monja vieja y tenebrosa que les había abierto la puerta por la mañana. Era la hermana Mary Margaret y toda la comunidad la adoraba. De joven había sido misionera en África y llevaba en el convento de San Mateo más de cuarenta años. Tenía una sonrisa franca y abierta, y la madre Gregoria solía reprenderla suavemente cuando olvidaba ponerse la dentadura postiza.

– Odia tener que ponérsela -explicó una de las monjas más jóvenes a Gabriella con una risita.

Gabriella estaba abrumada. Se sentía como si la hubiesen arrojado en medio de una familia de doscientas mujeres encantadoras. Todavía no había encontrado ninguna que fuera antipática. Nunca había visto a tanta gente feliz junta. Después de diez años caminando por un campo de minas, procurando evitar el constante mal humor y la ira devastadora de su madre, tenía la impresión de haber caído sobre una nube de suave algodón. Las monjas se paraban para presentarse mientras Gabriella intentaba recordar sus nombres, pero era imposible: hermana Timothy, hermana Elisabeth de la Inmaculada Concepción, hermana Ave Regina, hermana Andrew o Andy, como las demás la llamaban, hermana Elisabeth o Lizzie, cuyo sobrenombre se le quedó grabado enseguida. Era una hermosa joven de tez suave y cremosa, con unos enormes ojos verdes, que siempre reía.

– Eres un poco joven para ser monja ¿no te parece, Gabbie? Pero a Dios siempre le va bien una ayudita, venga de donde venga.

Era la primera vez que alguien la llamaba Gabbie, y los ojos chispeantes de la hermana Lizzie eran los más alegres que Gabriella había visto en su vida. Le dieron ganas de quedarse a hablar con ella el resto de su vida. La hermana Lizzie era postulante y pronto se convertiría en novicia. Contó a Gabriella que había sentido la llamada de Dios a los catorce años, cuando, convaleciente del sarampión, vio a la santísima Virgen.

– Supongo que te parecerá una locura, pero a veces ocurre.

Tenía veintiún años y trabajaba de ayudante de enfermería en la sección de pediatría del hospital Mercy, y enseguida se había sentido atraída por aquella chiquilla de ojos azules y tristes. Era evidente que tras ellos se ocultaba una historia larga y dura, una historia que quizás Gabriella nunca sería capaz de compartir.

Pero el encuentro que más marcó a Gabriella fue el de esa mañana, cuando se quedó a solas con la madre Gregoria. No tenía palabras para expresar lo que había sentido, pero enseguida supo que había encontrado a la madre que nunca tuvo y empezó a comprender por qué todas deseaban vivir allí. La madre superiora la observaba de cerca mientras Gabriella hablaba con las hermanas. Era una niña tímida y en ciertos aspectos frágil, pero por otro lado había en ella una fuerza y una profundidad de alma que contrastaba con su edad y con la prudencia con que trataba a la gente. La madre superiora se daba cuenta de que Gabriella había sufrido mucho en su vida. Y después de haber visto cómo la trataba su madre, intuía el origen de ese sufrimiento. La pequeña había experimentado los tormentos del infierno, y por motivos que probablemente sólo Dios conocía había sobrevivido a ellos. La madre superiora se preguntaba si esa alma que percibía en Gabriella estaba destinada a una vida de ayuda a los demás. Otras mujeres de la comunidad habían acudido al convento casi tan dañadas como Gabriella. A pesar de las heridas que la sabia monja percibía, heridas que estaban aún por cicatrizar, Gabriella poseía una integridad y una fuerza interior irresistibles.

Le presentaron a las otras huéspedes, las dos muchachas que habían perdido a sus padres en Navidad. La más joven, de catorce años, era muy bonita y se lamentaba de las restricciones del convento. Se llamaba Natalie y soñaba con un mundo lleno de chicos y ropa elegante y estaba loca por un joven cantante llamado Elvis. Julie, su hermana, tenía diecisiete años y vivía aferrada a la seguridad que le proporcionaba el convento, feliz de que la hubiesen apartado del mundo. Era muy tímida, y todavía parecía trastornada por la pérdida de sus padres. Deseaba hacerse monja y durante meses rogó a la madre Gregoria que la dejara quedarse, que no intentara buscarle otra vida. Julie apenas dirigió la palabra a Gabriella cuando se conocieron, mientras que Natalie era todo susurros y risitas. Después de hablar un poco, Natalie comentó a la hermana Lizzie que Gabriella era “una cría”, pero prometió ser amable con ella. Gabriella sólo iba a pasar en el convento una corta temporada y todas las hermanas estaban convencidas de que añoraba mucho a sus padres.

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