El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
– Estás mal de la cabeza -susurró John con voz ronca al tiempo que se mesaba el pelo con mano nerviosa.
Estaba resultando más difícil de lo que había imaginado. Con esa calma imperturbable y esa crueldad libre de remordimiento, Eloise era una rival sin parangón.
– No lo estoy, John, pero tú sí pareces estarlo. ¿Te has mirado al espejo? Tienes cara de loco.
John sintió un deseo repentino de llorar.
– Casi la matas -la acusó.
– Pero no la maté. Quizá debía hacerlo. Ella tiene la culpa de nuestros problemas. Si yo te quisiera menos, no me enojaría tanto con ella. nada de esto habría ocurrido si Gabriella no se hubiese interpuesto entre nosotros, si no estuvieses tan encandilado con ella.
era evidente que una parte de su retorcido cerebro se había convencido de que Gabriella tenía la culpa de todo y merecía cuanto le habían hecho. Habría resultado imposible hacerle ver la locura de sus palabras.
– Gabriella no tiene nada que ver con lo que ocurre entre nosotros, Eloise. Eres un monstruo. Tienes unos celos enfermizos y odias a esa chiquilla. Cúlpame a mí, maldita sea, pero no a ella. Ódiame a mí por haberte fallado, por haberte sido infiel, por no ser lo bastante fuerte para darte lo que quieres, pero por favor… por favor… -John rompió a llorar-. No la culpes a ella.
– ¿Es que no ve lo que nos ha hecho? Te ha cambiado por completo. Tú me querías antes de que ella naciera. Nos queríamos… y ahora míranos. -por primera vez en muchos años había lágrimas en los ojos de Eloise-. Es culpa suya.
Eloise la culpaba incluso deshecho de que John estuviese enamorado de otra mujer. En su opinión, su hija era la responsable de todo.
– No, tú tienes la culpa -replicó John, impasible ante las lágrimas de su mujer-. Dejé de amarte cuando me di cuenta de lo mucho que odiabas a nuestra hija, cuando vi cómo le pegabas. Te aseguro que un día nos odiará por lo que le hemos hecho.
– Se lo merece -insistió Eloise, convencida de la autenticidad de sus palabras-. Me trae sin cuidado lo que le he hecho. Ella ha destrozado nuestro matrimonio y nuestro amor.
– La has odiado desde el día que nació ¿Cómo es posible?
– Porque enseguida comprendí lo que se avecinaba.
– Tiene que dejar que pegarle, Eloise, o acabarás matándola y pasando el resto de tu vida en la cárcel.
– Eso no ocurrirá -aseguró Eloise.
Ya lo había pensado, y siempre tenía cuidado de no pasarse, no por el bien de su hija sino por el suyo propio. Pero esa noche había rozado el límite. John lo sabía mejor que su mujer. Había visto a Gabriella y escuchado a los médicos. Afortunadamente nadie le acusó de haber maltratado a su hija. A juzgar por sus buenos modales, su respetable apellido y el elegante barrio donde vivía, dicha posibilidad resultaba impensable. Y aunque hubiesen sospechado de él, no habrían osado preguntárselo.
– No la mataré, John -le tranquilizó Eloise, pero era una promesa vacía de una mujer sin alma-. No tengo por qué. Gabriella sabe lo que espero de ella. Conoce la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal.
– Pero tú no la conoces.
– Estoy cansada y me aburres -dijo Eloise, levantándose-. ¿Duermes aquí o tienes intención de volver con tu putita? ¿Cuándo piensas terminar con esa historia?
Nunca, se prometió John. Ni en mil años. Nunca volvería con su esposa. Pero sabía que tenía que quedarse unos días para calmarla, por lo menos hasta que Gabriella regresara a casa. Por mucho que odiara a Eloise, se lo debía a su hija. No podía sacrificar el resto de su vida por ella, pero al menos podía suavizarle las cosas.
– Subiré dentro de un rato -dijo John tranquilamente mientras se servía una última copa.
Se alegro de que durmieran en cuartos separados. Actualmente le habría asustado dormir en la misma cama que su esposa. Temía que pudiera matarlo. Le aterraba pensar de lo que era capaz. Había alertado de ello a Bárbara, pero ésta, inocentemente, insistía en que no le tenía miedo. Nadie podía comprender el monstruo que Eloise llevaba dentro, salvo John y Gabriella.
– Supongo que esta noche dormirás en tu cuarto -dijo Eloise antes de irse.
John no contestó. Estaba pensando en su hija y no le quedaban fuerzas para seguir hablando.
Esa noche, cuando Gabriella despertó, no supo dónde estaba. Todo era blanco, limpio y puro. Había sombras en el techo y una lucecita en un rincón de la habitación. Una joven enfermera con un gorro almidonado la estaba mirando y en cuanto los ojos de Gabriella se abrieron sonrió. Gabriella no estaba acostumbrada a esa clase de imágenes. La mirada de la enfermera era muy dulce.
– ¿Estoy en el cielo? -preguntó, feliz de haber muerto.
– No, estás en el hospital de San Mateo, y todo va bien. Tu papá se fue a casa hace un rato, pero dijo que volvería mañana.
Gabriella quería preguntar si su madre estaba enfadada por el hecho de que estuviera en el hospital y si tendría que volver a casa algún día. Si nunca se curaba, ¿podría quedarse? Tenía un montón de preguntas, mas sólo se atrevió a asentir con la cabeza, y a l hacerlo le dolió mucho.
– Intenta no moverte -la enfermera había visto la mueca de dolor. Sabía que la conmoción cerebral le estaba provocando un fuerte dolor de cabeza y todavía le brotaba sangre del oído-. Tu papá dijo que te caíste por la escalera. Tienes mucha suerte de que te encontrara tan pronto. Te cuidaremos muy bien mientras estés aquí.
Gabriella asintió agradecida y cerró los ojos. Después de eso lloró en sueños. La enfermera del nuevo turno comprobó sus constantes vitales y al cambiarle la venda de la pierna se quedó contemplando la herida. Por su cabeza rondaron preguntas que nadie había tenido el valor de hacer. Había visto esta clase de lesiones en otros niños, habitualmente niños pobres. Siempre volvían a casa y casi todos acababan de nuevo en el hospital. La enfermera se preguntó si con Gabriella ocurriría lo mismo. Quizá los padres se habían asustado tanto esta vez que a partir de ahora irían con más cuidado.
Gabriella durmió mucho durante los días siguientes. Su padre fue a verla dos veces y explicó a los médicos y enfermeras que su mujer no acudía porque estaba enferma. Se compadecieron de ella y cubrieron a su hija de elogios. Era una niña dulce y buena. Nunca daba problemas nunca pedía nada y agradecía todo lo que hacían por ella. Tampoco hablaba. Sólo miraba y sonreía.
John la llevó a casa el día de Año Nuevo. Gabriella salió del hospital con un abrigo azul, un vestido de lana gris, calcetines blancos y zapatos rojos. John había olvidado traerle los guantes y el sombrero. Gabriella dio las gracias a todo el personal por lo bien que la habían atendido, y antes de que las puertas del ascensor se cerraran sonrió y agitó una mano. Todos lamentaban que no hubiera más niños como ella. La noche antes incluso había comentado que le daba pena irse.
– ¡Es increíble! -exclamó una enfermera con una sonrisa mientras corría a atender a un niño con tos ferina.
Gabriella había sido la favorita de la sección pediátrica y el personal lamentaba su marcha. Pero no tanto como ella. Odiaba tener que dejar ese cielo protector y regresar a su vida en el infierno.
Su madre la estaba aguardando con el rostro ceñudo y la mirada cargada de reproches. No había ido a verla al hospital y había comentado a su marido que tanto mimo era innecesario. John no replicó, pero hasta el más ciego habría reparado en la palidez de Gabriella, que todavía caminaba insegura a causa de la lesión en el oído.
– ¿Y qué? ¿Has conseguido con tanto cuento que te mimaran mucho en ese hospital? -le preguntó Eloise mientras John subía a dejar las cosas de su hija ya prepararle la cama. El médico había dicho que necesitaba reposo.
– Lo siento, mami.
– Mocosa del demonio -repuso Eloise, y luego giró sobre sus talones y desapareció.
Gabriella cenó esa noche con sus padres y como era de esperar, fue una velada silenciosa e incómoda. Su madre estaba enfadada con ella y su padre, que había bebido más de la cuenta antes de sentarse a la mesa, tenía la cabeza en otra parte. Gabriella derramó un poco de agua y se apresuró a secarla con manos temblorosas.