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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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Debía de estar en marcha alguna especie de gran estrategia diplomática pero yo no la conocía. Para el mes próximo, por estas fechas, Asad Jalil sería descrito como un descontento solitario, furioso contra los Estados Unidos por haberle echado un borrón en su visado de entrada. Si crees que nadie sabe lo que están haciendo en la Casa Blanca o en el edificio J. Edgar Hoover o en el Pentágono o en Langley, prueba en el Departamento de Estado…, andan completamente a la deriva y con un solo remo en el agua. De todos modos, geopolítica aparte, o Asad Jalil se había cansado y se había ido, o se hallaba en camino hacia su siguiente víctima.

– ¿Se sabe algo de los tripulantes que participaron en aquella misión? -le pregunté a Kate.

– No. Pero no es seguro que vayan a decírnoslo. El FBI podría tener ya protegidos a los supervivientes.

– Yo creo que deberían decírnoslo. En la policía de Nueva York, el detective investigador está al tanto y es responsable de todo.

– Detesto ser portadora de malas noticias, John, pero esto no es la policía de Nueva York, y tendrás suerte si alguna vez recibes una llamada telefónica diciéndote que Jalil ha sido arrestado.

Realmente, todo aquello no tenía buen aspecto. Me devanaba los sesos en busca de alguna forma de participar en la acción pero lo único que se me ocurría era que Jack Koenig me debía un favor, aunque no estábamos de acuerdo en ese evidente y sencillo hecho. Pero Koenig estaba lejos, y yo no tenía aquí ninguna influencia, y nadie más me debía nada.

– ¿Te has acostado con algún inspector que pueda hacernos un favor?

– En Nueva York, no.

– ¿En Washington?

Pareció reflexionar y se puso a contar con los dedos al tiempo que murmuraba números, hasta que llegó a siete, y entonces dijo:

– Creo que ya me he cobrado todos esos favores. -Se echó a reír para hacerme ver que estaba bromeando.

Me puse a hojear varios artículos más que habían llegado de otra dimensión. No estoy muy seguro de cómo funciona Internet pero parece que te informa de lo que pides, y hace lo que le dices, que es más de lo que yo puedo afirmar de mucha gente que conozco.

Encontré un artículo del Boston Globe que resultaba bastante informativo. Estaba fechado en 20 de abril de 1986. Era una cronología de los acontecimientos que condujeron al ataque aéreo estadounidense. La primera fecha de la crisis era el 7 de enero. Decía: «El presidente Reagan acusa a Libia de agresión armada contra Estados Unidos, y establece sanciones económicas contra Libia y ordena salir del país a todos los norteamericanos. Los aliados occidentales se niegan a sumarse al boicot.

Estados Unidos relaciona a Libia con los ataques llevados a cabo el 27 de diciembre de 1985 por terroristas palestinos en los aeropuertos de Viena y Roma, que causaron la muerte de veinte personas.»

Continué leyendo: «El 11 de enero, el primer ayudante del coronel Muammar al-Gadafi dice que Libia intentará asesinar a Reagan si Estados Unidos la ataca. Gadafi invita al presidente a visitarlo, diciendo que una entrevista podría cambiar la actitud de Reagan.»

Yo no habría apostado un centavo por ello. Examiné la cronología y advertí una clara pauta de dos testarudos machos enzarzados en una contienda de provocaciones: 13 de enero, dos cazarreactores libios se aproximan a un avión de reconocimiento de la Marina de Estados Unidos; 5 de febrero, Libia acusa a Estados Unidos de ayudar a los israelíes a localizar y derribar un avión libio y jura venganza; 24 de marzo, aviones de guerra estadounidenses atacan una rampa de lanzamiento de misiles libia; 25 de marzo, fuerzas estadounidenses atacan a cuatro buques patrulleros libios; 28 de marzo, Gadafi advierte de que las bases militares establecidas en Italia y España o en cualquier otro país que ayude a la Sexta Flota de Estados Unidos serán objeto de represalia; 2 de abril, estalla una bomba en un avión de la TWA en vuelo de Roma a Atenas, y causa la muerte de cuatro personas; un grupo palestino dice que ha sido en represalia por los ataques de Estados Unidos a Libia; 5 de abril, estalla una bomba en una discoteca de Berlín Occidental, y provoca la muerte de dos militares estadounidenses; 7 de abril, el embajador de Estados Unidos en Alemania Occidental dice que su país posee pruebas ciertas de la implicación libia en el atentado de la discoteca…»

Miré a lo largo de la página el resto de los acontecimientos que condujeron al 15 de abril de 1986. Nadie podría decir que le sorprendió la incursión aérea, dadas las personalidades implicadas y, como diríamos hoy en una Norteamérica más serena, las incomprensiones originadas por infortunados estereotipos culturales y políticos. La solución al problema podría radicar muy bien en una mayor inmigración. Al paso que íbamos, dentro de cinco años la mayoría de los habitantes de Oriente Medio estarían en Brooklyn.

Cogí de mi mesa la última hoja de cibernoticias y la examiné.

– Oye -dije a Kate-, esto es interesante. ¿Has visto esta entrevista de la Associated Press con Gadafi del 19 de abril de 1986?

– Creo que no.

– «La esposa del dirigente libio Muammar al-Gadafi, que dijo que su hija adoptiva, Hana, de dieciocho meses de edad, resultó muerta en la incursión, ha hablado con los periodistas por primera vez después del ataque» -leí-. «Sentada delante de su hogar, destrozado por el bombardeo, en el complejo militar de Gadafi en Trípoli, con una muleta en la mano, su tono era áspero y desafiante. Safia Gadafi dijo que ella siempre consideraría a Estados Unidos enemigo suyo, "a menos que condene a muerte a Reagan".»

– Es raro que una mujer de un país musulmán fundamenta-lista haga una aparición en público -comentó Kate.

– Bueno, si te han volado la casa, a la fuerza estás en público.

– Nunca lo había pensado. Eres muy inteligente.

– Gracias.

Volví de nuevo la vista al periódico y leí en voz alta:

– «"Sí alguna vez encuentro al piloto norteamericano que arrojó las bombas sobre mi casa", declaró, "lo mataré yo misma".» Ahí tienes -dije a Kate-. Esta gente no oculta nada. El problema es que nosotros lo tomamos como mera retórica, pero ellos lo dicen totalmente en serio, como comprobaron el coronel Hambrecht, y el general Waycliff.

Asintió con la cabeza.

– No puedo creer que los mandamases de Washington no supieran lo que se avecinaba ni se dieran cuenta de que ya había llegado.

Kate no respondió.

– «En cuanto a su marido» -continué leyendo-, «no es ningún terrorista, explicó, porque, si lo fuese, "yo no tendría hijos con él"». Los terroristas pueden ser buenos padres -comenté-. Ésa es una afirmación sexista.

– ¿Puedes limitarte a leer el maldito artículo sin hacer comentarios estúpidos? -exclamó Kate.

– Sí, señora. -Leí-: «Funcionarios libios han manifestado que en el bombardeo resultaron heridos dos de los hijos de Gadafi, uno de los cuales permanece aún en el hospital. Safia Gadafi declaró: "Algunos de mis hijos están heridos, otros están asustados. Tal vez sufran daños sicológicos."»

– Quizá otros niños también sufrieron daños sicológicos -dijo Kate.

– Seguro. Yo creo que tenemos un indicio de cómo se trastornó el pequeño Asad Jalil.

– Yo también lo creo.

Ambos permanecimos allí, digiriendo la noticia. Siempre es bueno saber por qué; ahora sabíamos por qué. Sabíamos también quién, qué, dónde y cuándo: Asad Jalil, misión de asesinato, en Estados Unidos, ahora. Sin embargo, no sabíamos exactamente dónde estaba, y dónde asestaría su próximo golpe. Pero estábamos cerca, y, por primera vez, sentí que teníamos cogido a aquel hijo de puta.

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