El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
Jalil no respondió pero miró las laderas y montañas de su izquierda mientras continuaban en lo que evidentemente era un rumbo norte. Allá abajo, en algún lugar, el coronel Robert Callum yacía postrado en una cama, consumido por una terrible enfermedad. Jalil no se sentía defraudado, ni se había sentido defraudado cuando supo que Steven Cox había muerto en la guerra contra Iraq. Dios, decidió, deseaba cobrarse su parte en los despojos de la guerra.
CAPÍTULO 44
Kate y yo pasamos el resto de la mañana tocando el timbre de alarma, por así decirlo.
El Centro de Mando Provisional pasó de hormiguero a colmena, si me permiten la analogía entomológica.
Kate y yo recibimos una docena de llamadas de jefazos felicitándonos. Además, todos los jefes querían que les proporcionásemos información en privado, pero conseguimos escabullir-nos. En realidad, no querían ninguna información, lo que querían era decir que ellos formaban parte de la solución, aunque, naturalmente, se estaban convirtiendo en parte del problema.
Finalmente, tuve que acceder a una reunión conjunta de la brigada como la que habíamos tenido el día anterior por la mañana. Pero logré aplazarla hasta las cinco de la tarde, aduciendo falsamente que debía mantenerme junto a los teléfonos para atender las llamadas procedentes de mi red mundial de informantes. En algunos aspectos, los jefes de aquí se parecían a los de la policía neoyorquina cuando un caso importante saltaba a las primeras páginas. No podía faltar mucho para que empezaran a someternos a Kate y a mí a sesiones fotográficas. En cualquier caso, para cuando Jack Koenig regresara después de haber acumulado los puntos que la compañía aérea adjudicaba a sus pasajeros, la reunión habría terminado, y Jack se pondría furioso. Estupendo. Yo le dije que se quedara aquí.
Antes de que hubiera transcurrido media hora desde nuestra conversación con la señora Hambrecht, los agentes del FBI habían obtenido autorización judicial para intervenir sus registros telefónicos y, naturalmente, los del general Waycliff del 15 de abril. Al mismo tiempo, las buenas gentes del edificio J. Edgar Hoover estaban presionando para obtener la información borrada del expediente del coronel Hambrecht, que realmente yo ya no necesitaba. Pero también estaban tratando de encontrar los nombres de los supervivientes de su patrulla que bombardearon Al Azziziyah, cosa que sí necesitábamos.
Según mi correo electrónico, el FBI había advertido inmediatamente a la Fuerza Aérea y al Departamento de Defensa de que los hombres que participaron en la misión de Al Azziziyah se hallaban en peligro grave e inminente, y que existía también un cierto grado de peligro para todos los demás participantes en la operación sobre Libia. Desde luego, la Fuerza Aérea accedió a cooperar plena y rápidamente pero en toda burocracia «rápidamente» es un término relativo.
Yo no sabía si se estaba manteniendo informada a la CÍA, pero esperaba que no. Aún albergaba la extraña idea de que la CÍA ya sabía algo de eso. De acuerdo, es fácil volverse completamente paranoico con esos tipos, y la mitad de las veces, como no dejo de recordarme a mí mismo, no son tan listos ni tan astutos como la gente cree. Pero, al igual que en cualquier organización secreta, ellos mismos han sembrado las semillas de la desconfianza y el engaño. Luego se preguntan por qué todo el mundo cree que están ocultando algo. Lo que generalmente ocultan es el hecho de que no saben gran cosa. Yo también hago lo mismo a veces, así que ¿cómo podría quejarme?
Nunca creí realmente que el FBI -que está en el corazón de la BAT- supiera más de lo que nos estaba diciendo en Nueva York. Pero tenía la convicción de que, como dijo Kate, sabía que la CÍA actuaba en el asunto por su propia cuenta. Y lo dejaba pasar porque, al fin y al cabo, todos estamos en el mismo equipo, y todos estamos en el bando de los buenos y todo el mundo mira por el bien del país. El único problema radica en definir qué se entiende por el bien del país.
La buena noticia era que Koenig y Nash estaban de viaje.
En cualquier caso, durante un momento de calma en la actividad de la colmena, miré las páginas impresas que Kate continuaba sacando del ciberespacio.
Empecé con un suelto del New York Times del 11 de marzo de 1989 titulado: «Una explosión destroza la furgoneta del capitán que derribó al reactor iraní.» Se refería al capitán del Vincennes, y no parecía pertinente, salvo como ejemplo de lo que sospechábamos que estaba sucediendo ahora.
Kate me pasó un artículo de la Associated Press fechado el 16 de abril de 1996 y titulado: «Libia trata de llevar a juicio las incursiones aéreas de 1986.» Leí en voz alta:
– «Libia solicitó el lunes que Estados Unidos entregue a los pilotos y planificadores responsables de las incursiones aéreas realizadas sobre ciudades libias hace diez años, y el líder libio, Muammar al-Gadafi, insistió en que las Naciones Unidas inter-, vengan en el caso.» -Miré a Kate y dije-: Supongo que no entregamos a nadie, y Gadafi se ha impacientado.
– Sigue leyendo -replicó ella.
Continué.
– «"No podemos olvidar lo que sucedió", dijo Gadafi en el aniversario de los ataques estadounidenses, que Libia aseguró que causaron heridas a más de cien personas y la muerte de treinta y siete, entre ellas la hija adoptiva de Gadafi. "Estos niños… ¿son animales, y los norteamericanos son seres humanos?", preguntó Gadafi en una entrevista realizada por la CNN en las ruinas de su residencia bombardeada, que, diez años después de los bombardeos, permanece tal como quedó entonces.»
Miré a Kate.
– Mi suposición es que Asad Jalil vivía en ese complejo militar con la familia Gadafi -dijo ella-. Recuerda que, según nuestros archivos, había una conexión familiar.
– Cierto. -Reflexioné acerca de ello y añadí-: Jalil tendría unos quince o dieciséis años cuando se produjo la incursión. Su padre ya había muerto, pero seguramente tendría amigos y familiares en el complejo.
Kate asintió con la cabeza.
– Y los está vengando, a ellos y a la familia Gadafi.
– Tiene lógica -comenté. Pensé de nuevo en lo que Gabe había dicho antes y añadí-: Ahora sabemos lo que mueve a ese tipo, y debo reconocer… quiero decir que no simpatizo con ese hijo de puta, pero lo comprendo.
– Lo sé -respondió ella, moviendo la cabeza, y agregó-: Jalil es más peligroso de lo que creíamos, si cabe. Sigue leyendo.
Leí el final del artículo de la AP:
– «Gadafi hablaba mientras Libia celebra ceremonias en memoria de las incursiones estadounidenses sobre la capital libia, Trípoli, y sobre Bengasi. Las incursiones se realizaron en represalia por el atentado contra la discoteca La Belle, en Berlín, el 5 de abril de 1986, que mató a un militar estadounidense. Las demandas de Libia se corresponden con la insistencia de Estados Unidos en que Libia entregue a los tribunales norteamericanos o británicos a dos hombres reclamados por la colocación en 1988 de una bomba en el vuelo Uno-Cero-Tres de Pan Am a la altura de Lockerbie, Escocia, que mató a doscientas siete personas.» -Dejé a un lado el artículo y dije-: Es una espiral; nadie sabe dónde termina.
– En efecto. Una guerra sin fin. Ésta es sólo otra batalla originada por la última batalla, que conducirá a la batalla siguiente.
Es una idea deprimente. Examiné varios artículos más, y encontré otros posteriores sobre el capitán del Vincennes. Como he dicho, no había ninguna conexión directa con Jalil pero observé una interesante progresión de titulares, uno de los cuales, del New York Times, decía: «La investigación sobre el atentado abandona la teoría del terrorismo de Estado.» El primero de los artículos siguientes indicaba que quizá el gobierno iraní no se hallaba en absoluto implicado, y quizá tampoco ningún grupo extremista. Se trataba tal vez de un acto político aislado, o acaso de una mera coincidencia, o de un resentimiento personal, lo que lo dejaba a uno preguntándose a quién habían molestado el capitán o su esposa en el club de oficiales. Paparruchas. Era increíble cómo inventaba Washington estas historias para calmar a la gente y no excitar a la población en contra de iraníes, o iraquíes, o libios u otros países que nos odiaban y que soliviantaban a sus propios compatriotas por los incidentes más nimios.