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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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Continuó paseando de un lado a otro, sopesando todos los argumentos a favor y en contra de matar al coronel Callum… y, naturalmente, a su mujer y a quienquiera que estuviese en la casa.

El plan era sencillo, como lo había sido en casa del general Waycliff. Esperaría allí, en la sala de reuniones, donde se encontraba seguro, y luego iría a la agencia de alquiler de coches, desde donde, a primera hora de la mañana, se dirigiría a la residencia rural del coronel. Todas las mañanas, no más tarde de las siete y media, el coronel o su mujer salían de la casa, recogían el periódico depositado en el buzón del extremo del camino particular y volvían a entrar. Como la mayoría de los militares, los Callum eran puntuales y de costumbres fijas.

Una vez abierta la puerta, los Callum estarían a sólo cinco o diez minutos de la muerte, dependiendo enteramente la duración del resto de su vida del humor y la paciencia de Asad Jalil.

Continuó paseando de un lado a otro de la pequeña estancia, como un león, pensó, un león como los que los romanos soltaban en el circo de Leptis Magna, cuyas ruinas había visto en las proximidades de Trípoli. El león sabe por experiencia que un hombre lo espera en la arena, y el león se torna impaciente. Seguramente está hambriento. Al león hay que mantenerlo hambriento. El león sabe también por experiencia que él mata siempre al hombre. ¿Qué otra experiencia podría conocer si todavía está vivo? Pero también sabe que ha encontrado dos clases de hombres en la arena, los armados y los desarmados. Los armados luchaban para salvar la vida, los desarmados rezaban. Ambos sabían igual de bien.

Jalil cesó en sus paseos. Se acuclilló en el suelo, balanceándose sobre los muslos, como hacían los bereberes en el desierto. Levantó la cabeza y cerró los ojos pero no rezó. En lugar de ello, se transportó a sí mismo al desierto nocturno e imaginó un millón de brillantes estrellas en el firmamento negro. Vio la resplandeciente luna llena suspendida sobre Kufra, su oasis nativo, y vio las palmeras meciéndose a impulsos de la fría brisa del desierto. El desierto estaba, como siempre, sumido en el silencio.

Permaneció en el desierto durante largo tiempo, manteniendo la imagen inmóvil, esperando que una imagen no evocada emergiera de las arenas del desierto.

El tiempo pasaba sobre la tierra pero no en el desierto. Finalmente, llegó del oasis un Mensajero, envuelto en vestiduras blancas y negras, iluminado por la luz de la luna y proyectando una sombra en las arenas mientras la figura avanzaba hacia él. El Mensajero se detuvo ante él pero no habló, y Asad Jalil no se atrevía a pronunciar palabra.

Jalil no podía ver el rostro del Mensajero pero ahora oyó una voz:

– En el lugar en que estás ahora, Dios hará tu trabajo por ti.

Ve desde ese lugar al otro lugar del otro lado de las montañas. Las arenas del tiempo se acaban. Satán se está moviendo.

Asad Jalil murmuró una oración de agradecimiento, abrió los ojos y se levantó. Clavó la vista en el reloj del otro extremo de la estancia y vio que habían pasado más de dos horas, aunque parecía que habían sido sólo unos minutos.

Cogió el maletín, salió de la sala y cruzó rápidamente el desierto vestíbulo.

Fuera, vio un solitario taxi, ocupado por un conductor dormido. Subió a su parte posterior y cerró la puerta con violencia.

El taxista despertó con un sobresalto y murmuró algo ininteligible.

– A las instalaciones de la compañía. Rápido -dijo Jalil.

El taxista puso el motor en marcha y arrancó:

– ¿Adónde?

Jalil repitió el destino y arrojó un billete de veinte dólares en el asiento delantero, junto al conductor.

– De prisa, por favor. Voy con retraso.

El taxista aceleró y enfiló la carretera vallada. A los diez minutos llegaban a las instalaciones de la compañía aérea.

– Allí -dijo Jalil.

El taxista detuvo el coche ante un pequeño edificio, y Jalil se apeó y entró rápidamente en el local. Localizó el salón de descanso para pilotos, donde encontró a los dos hombres dormidos en unos sofás. Sacudió al capitán y le dijo:

– Ya estoy listo. Debemos salir pronto.

El capitán Fiske se puso rápidamente en pie. El copiloto ya estaba despierto. Se levantó, se desperezó y bostezó.

Jalil miró ostensiblemente su reloj.

– ¿Cuánto tiempo se tarda en salir de aquí? -preguntó.

El capitán Fiske carraspeó.

– Bueno… -dijo-, ya he tomado las disposiciones preliminares para nuestro plan de vuelo… por si necesitábamos partir inmediatamente…

– Sí. Excelente. Necesitamos partir inmediatamente. ¿Cuándo podemos salir?

– Bueno, a esta hora de la madrugada no hay mucho tráfico aéreo, así que podemos abreviar trámites. Con un poco de suerte, dentro de quince minutos estaremos en condiciones de despegar.

– Lo antes posible.

– Sí, señor.

El capitán Fiske se dirigió a un teléfono y marcó varios números.

– ¿A quién llama?

– A la torre de control, para que active mis disposiciones preliminares. -El capitán Fiske habló con alguien al otro extremo del hilo telefónico.

Jalil escuchó atentamente lo que el piloto decía pero parecía tratarse de una conversación exclusivamente técnica. Miró el rostro del piloto, luego el del copiloto, y ambos parecían relajados.

El capitán Fiske dijo al teléfono:

– Muy bien. Gracias. -Colgó y se dirigió a su pasajero-: Han prometido tener lista nuestra autorización de vuelo para dentro de quince minutos. La torre local ya está coordinando su actuación con el radar de Denver.

– Yo creía que los vuelos privados podían despegar y aterrizar cuando quisieran.

– Eso no es aplicable a los reactores privados, señor, debido a las altitudes a que volamos. Por encima de seis mil metros se aplican siempre las reglas de vuelo con instrumentos.

– Comprendo. ¿Podemos ir ya al avión?

– Desde luego.

Fiske salió del salón, seguido por el copiloto y por Asad Jalil. En el frío aire de la noche recorrieron con paso rápido los escasos cincuenta metros que los separaban del Learjet. Jalil se mantenía muy cerca de los pilotos pero tenía la impresión de que no había ningún peligro inmediato.

El copiloto abrió la puerta del Lear y entró, seguido por Jalil y luego por el capitán.

Los pilotos ocuparon sus asientos y procedieron a las comprobaciones y controles previos al vuelo, mientras Jalil tomaba asiento en la parte posterior de la cabina.

– Vamos a ponernos en marcha dentro de unos momentos -dijo el capitán Fiske, volviendo la cabeza-. Abróchese el cinturón, por favor.

Jalil no respondió.

Minutos después, Fiske encendió los dos motores, y el copiloto comunicó por radio:

– Torre de Springs, Lear Dos-Cinco Eco, listo para rodar.

– Recibido, Lear Dos-Cinco Eco, diríjase a pista Tres-Cinco Izquierda. Tengo su autorización cuando esté listo.

– Adelante con la autorización -dijo el copiloto por el micrófono, y empezó a anotar lo que se le decía en un bloc que sostenía en el regazo.

El capitán Fiske continuó conduciendo el Lear 60 en dirección a la pista Tres-Cinco Izquierda y luego situó el avión sobre la línea central de la pista.

– Allá vamos -dijo Fiske, sin ninguna entonación especial, mientras empujaba hacia delante las dos palancas gemelas.

Al cabo de medio minuto, el reactor levantó el morro, se separó del suelo y comenzó a ascender rápidamente por encima de las luces de Colorado Springs.

Jalil observó a los pilotos, que no habían corrido aún el panel de separación entre la carlinga y la cabina. Un minuto después, miró por la ventanilla de su izquierda y contempló las montañas que se percibían a lo lejos, todavía visibles a la luz de la luna.

El copiloto cogió el interfono:

– Necesitamos continuar en esta dirección norte durante un poco más de tiempo, señor, a fin de ganar altura antes de que podamos virar hacia el oeste y situarnos en rumbo. Tenemos a nuestra izquierda esas pequeñas montañas, llamadas las Rocosas. -Rió y agregó-: Algunos de esos picos tienen doce mil pies… unos cuatro mil metros.

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