El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
El piloto regresó junto a Jalil.
– Ese caballero lo llevará a la terminal en su propio coche -dijo, y añadió, en voz baja-: Tal vez quiera darle una propina, señor.
– ¿Cuánto?
– Diez bastarán.
Jalil se alegró de haber preguntado. En Libia, diez dólares comprarían a un hombre durante dos días. Aquí comprarían un favor de diez minutos.
– Gracias, caballeros -dijo Jalil a los pilotos-. Si no vuelvo dentro de aproximadamente dos horas, entonces, como he dicho, pueden esperar que venga a eso de las nueve. No más tarde.
– Entendido -respondió el capitán Fiske-. Búsquenos, por favor, en ese edificio. Hay una sala de descanso para pilotos.
Jalil se reunió con el agente de estacionamiento, y, tras unas palabras de presentación, se dirigieron a un parking y montaron en el automóvil del agente. Jalil se sentó delante, al lado del agente, aunque en Trípoli habría ocupado el asiento de atrás. Los norteamericanos, siguió recordándole Boris, eran muy democráticos en la superficie. «En mi antiguo Estado sin clases -dijo Boris-, todo el mundo conocía su lugar y permanecía en él. En Norteamérica, las clases fingen mezclarse unas con otras. Nadie es feliz con esto pero cuando surgen las ocasiones, los estadounidenses se convierten en grandes igualitarios. Sin embargo, pasan mucho tiempo evitando las ocasiones.»
El agente de estacionamiento puso en marcha el coche, y salieron del parking.
– ¿Es la primera vez que viene a Colorado Springs, señor…?, -le preguntó a Jalil.
– Perleman. Sí.
– ¿De dónde es usted?
– De Israel.
– ¿De veras? Yo estuve allí una vez. ¿Vive allí?
– Sí.
Siguieron una carretera vallada en dirección a la terminal municipal.
– Es una pena que no pueda quedarse una temporada. Éste es un sitio estupendo. Esquí, senderismo, navegación, paseos a caballo, caza… bueno, la caza no está muy bien vista últimamente.
– ¿Por qué?
– La gente se muestra contraria a las armas, a matar.
– ¿De veras?
– Algunas personas. Es un tema complicado. ¿Usted caza?
– Me temo que no. No me gusta ver sangre.
– Bueno, entonces cerraré el pico.
Continuaron hacia la terminal.
– Hay muchos militares por aquí -dijo el agente, olvidando su promesa-. El lado norte de este aeropuerto es la base de la Fuerza Aérea de Peterson, y justo al sur está Fort Carson, del Ejército. Además, como probablemente sabrá, aquí se encuentra la Academia de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Y en esas montañas de la izquierda está el NORAD, el mando de la defensa aérea norteamericana, instalado en el monte Cheyenne. Hay un millar de personas trabajando en ese costoso agujero. Sí, hay muchos militares por aquí. Muy conservadores. Pero al norte de Denver está Boulder. Muy liberal. La República Popular de Boulder. -Soltó una carcajada y continuó-: Como le he dicho, yo he estado en Israel. Mi mujer es muy religiosa y me arrastro allá una vez. Bueno, no es que me arrastrara realmente. Gran ciudad. Vimos todos los lugares religiosos. Oiga, usted es judío, ¿no?
– Desde luego. /
– Claro. Pues hicimos esa excursión, ya sabe, a la Cúpula de la Roca. Es una mezquita árabe pero resulta que en otro tiempo fue el principal templo judío. Supongo que ya lo sabe. Quiero decir que probablemente Cristo estuvo allí. Él era judío. Y ahora es una mezquita. -Miró a su pasajero y dijo-: Yo creo que los judíos deben recuperarla. Es lo que yo creo. Ellos la tuvieron primero. Y luego vienen esos árabes, se la apropian y construyen en ella una mezquita. ¿Por qué tiene que ser de los árabes?
– Porque Mahoma ascendió a los cielos desde esa roca. La paz sea con él.
– ¿Qué?
Jalil carraspeó y dijo:
– Eso es lo que creen los musulmanes.
– Oh… sí. Eso dijo el guía. Bueno, no debo hablar de religión.
Jalil no respondió.
Se detuvieron delante de la terminal municipal. Jalil abrió la puerta y empezó a apearse. Luego, se volvió y le dio al agente un billete de diez dólares.
– Gracias.
– Gracias a usted. Hasta luego.
Jalil bajó del coche, que se alejó. Vio que la zona de la terminal estaba casi desierta a aquella hora pero reparó en que había una parada de taxis, en la que se hallaban estacionados dos vehículos amarillos.
Entró en la terminal, consciente de que un hombre solo a aquella hora llamaría la atención si había alguien para fijarse. Pero no vio ni siquiera un policía. Un hombre barría el suelo embaldosado con una gran escoba, pero no lo miró. En Trípoli le habían insistido en que los aeropuertos municipales tenían muchas menos medidas de seguridad que los internacionales y que, aunque las autoridades lo estuviesen buscando en Estados Unidos, los riesgos en estos aeropuertos pequeños serían mínimos.
Jalil cruzó el vestíbulo con paso rápido y decidido, recordando por las fotos y diagramas dónde estaban el centro comercial y las salas de reuniones.
En una zona situada junto al vestíbulo vio una puerta con el letrero «Sala de reuniones 2». Otro letrero decía: «Reservada». Marcó una clave en el teclado que había junto a la puerta, y ésta se abrió.
Entró en la estancia y cerró la puerta a su espalda.
La sala estaba equipada con una mesa de conferencias, ocho sillas, teléfonos, un fax y una consola de ordenador. En un pequeño hueco había una máquina de café.
La pantalla del ordenador mostraba un mensaje, y leyó: «Bien venido, señor Perleman. Que tenga una feliz reunión. Sus amigos del Centro de Conferencias Neeley.» Jalil no recordaba a tales amigos.
Dejó su maletín en el suelo y se sentó ante el teclado del ordenador. Borró el mensaje y luego maniobró con el ratón hasta obtener su pantalla de correo electrónico. Introdujo su contraseña y esperó a que el módem accediera a su cuenta. Leyó entonces el único mensaje recibido, que apareció en la pantalla en inglés y dirigido a Perleman desde Jerusalén: «Tenemos noticia de que te van bien los negocios. El viaje de Sol a Frankfurt ha terminado. La firma norteamericana rival en Frankfurt está estudiando el asunto. No se sabe que la firma norteamericana rival conozca tu itinerario. No es necesario el negocio de Colorado. Utiliza tu buen criterio. California, más importante. Sin cambios en las disposiciones para regreso a Israel. Buena suerte. Hasta pronto. Ruego respuesta. Mazel tov.» Firmaba «Mordecai».
Jalil cambió de pantalla para enviar su respuesta. Tecleó lentamente: «Respuesta a tu mensaje en Colorado. Negocio bueno. Pronto, negocio de California.»
Jalil trató de componer más frases inglesas pero no era importante hacerlo. En Trípoli le habían dicho que cualquier mensaje serviría, siempre que contuviese la palabra «negocio», que significaba que estaba bien y no bajo el control de los norteamericanos. Firmó «Perleman», y lo envió. Salió de su cuenta de correo electrónico, volvió a la pantalla principal y apagó el ordenador.
Miró su reloj y vio que eran las 4.17 de la madrugada, hora de Nueva York, dos horas menos allí.
La casa del coronel Robert Callum estaba en la falda de la cadena montañosa, a menos de media hora de donde se encontraba ahora. Había una agencia de alquiler de coches a menos de diez minutos del aeropuerto en taxi, y allí tenía reservado un coche a nombre de Samuel Perleman.
Jalil paseó de un lado a otro de la estancia. No es necesario el negocio de Colorado. California, más importante. Pero ¿por qué no podía realizar ambos?
Pensó en volver a cruzar la terminal, tomar un taxi hasta la agencia de alquiler de coches, montar en el que tenía reservado y dirigirse a la casa del coronel Callum. Había un cierto riesgo en ello. Siempre había riesgos. Pero, por primera vez desde que entró en la embajada americana en París, Asad Jalil tenía una sensación… no de peligro, pensó, sino de urgencia.