Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—Ahí lo tienes, Maia. Justo lo que necesitamos. Todas las comodidades del hogar.
De tu hogar, tal vez, pensó ella, recordando su última ducha templada en Grange Head, cuidadosamente racionada con tuberías de barro y un estrecho surtidor. En aquella época, le había parecido todo un lujo. Allá en Puerto Sanger, la Casa Lamatia estaba orgullosa de su fontanería moderna. Pero este lugar, con sus resplandecientes superficies, sus luces brillantes, y aquellos extraños olores, era alarmante. Incluso Brod, que había crecido en ambientes aristocráticos en el Continente del Aterrizaje, decía no haber imaginado nunca extensiones tan grandes de vidrio y cerámica, todo aparentemente diseñado para servir simples necesidades corporales.
—Los caballeros primero —le dijo Maia a su amigo, citando la tradición e indicándole que se adelantara a ella—. El hombre invitado es quien recibe primero los privilegios.
Brod no estuvo de acuerdo.
—Uh… estamos en un santuario, o en lo que debió de ser uno hace muchísimo tiempo, así que, estrictamente hablando, la invitada eres tú. Vamos, Maia. Veré si puedo encontrar algo para curarme los pies.
Maia frunció el ceño cuando la contradijo, pero no tenía sentido seguir discutiendo. Los dos necesitaban urgentemente limpiarse sus muchas heridas, para que no se les infectaran. Más tarde habría tiempo de preocuparse por otros asuntos, como el de su alimentación.
—Bien, no te vayas muy lejos, ¿quieres? —pidió, acercando la mano a los controles—. Por si tengo problemas.
Maia aprendió pronto el truco de agitar la mano ante aquellos círculos oscuros de la pared. Ajustó la ducha a una temperatura entre tibia y muy caliente, con la fuerza adecuada. Luego, tras internarse entre los múltiples chorros, se olvidó de todo en un torbellino de sensaciones corporales.
Todo excepto un pensamiento triunfal.
Esas tramposas asesinas y sus cañones… piensan que estoy muerta. Incluso Leie lo cree probablemente. Pero no lo estoy. Brod y yo distamos mucho de estarlo.
De hecho, sin duda, ninguna de sus enemigas había experimentado jamás algo ni remotamente parecido a lo que ella disfrutaba ahora. Incluso cuando llegó el momento de frotarse y quitarse los granos de arena pegados a las heridas, el escozor no le pareció un precio demasiado alto.
Sentada ante un espejo lo bastante ancho para docenas de personas, Maia tocó sus desordenados rizos, que habían crecido durante semanas enmarañados, sucios, despeinados. Al menos, se habían librado ya del tinte que su hermana le había aplicado rápidamente mientras Maia se debatía, atada y amordazada, indefensa, a bordo del Intrépido. Tendría que cortármelo todo, decidió.
Brod cantaba mientras terminaba de ducharse. Su voz parecía quebrarse menos, o tal vez fuera un efecto de la sorprendente resonancia del compartimento enlosado, sin duda una maravilla de la tecnología, diseñado para algún misterioso propósito perdido en el tiempo. Cerca, en la encimera, Maia vio la aguja ensangrentada y el hilo que el muchacho había empleado para coser sus peores cortes. No lo había oído gemir ni una sola vez.
El pequeño botiquín que había encontrado tras uno de los espejos estaba terriblemente mal surtido. Buena cosa, pues gracias a eso lo habían pasado por alto cuando evacuaron el lugar. Contenía unas cuantas vendas selladas, que sisearon y soltaron un curioso olor neutro al abrirlas, y una diminuta botella de oloroso desinfectante, que decidieron no tocar. Y finalmente un par de tijeras, que Maia cogió después de que todos los demás asuntos hubieran sido atendidos, para dar algunos cortes inseguros a su pelo. No había ninguna otra cosa útil entre la basura.
Tras ella, el clamor del agua cesó, y pudo oír cómo las mismas espitas soltaban aire caliente sobre el cuerpo de su compañero. Brod chilló, tan ruidoso en el placer como estoico en el dolor.
—¡Eh, Maia! ¿Por qué no usamos esta máquina para lavar también nuestra ropa? Limpia y seca en cinco minutos. Lánzame la tuya.
Ella se inclinó para recoger su sucia túnica y los pantalones con dos dedos, y los lanzó en su dirección.
—Muy bien —dijo—. Me has convencido. Los hombres sirven para algo, después de todo.
Brod se echó a reír.
—¡Pruébame la próxima primavera! —gritó por encima del renovado rugir del chorro de vapor—. ¡Si quieres ver para qué sirve un hombre!
—¡Bla, bla, bla! —respondió ella—. ¡Lysos tendría que haber quitado todos los genes charlatanes del cromosoma Y, y añadido más acción!
Era el tipo de discusión desenfadada que había envidiado en Naroin y los hombres y mujeres del mar, que no implicaba ninguna amenaza real pero tenía un tinte de amable desafío. Maia sonrió, y su sonrisa transformó su aspecto en el espejo. Se enderezó en el asiento, usó los dedos como peine y se sacudió el flequillo trasquilado. Esto está mejor, pensó. Ahora no asustaría a una niña de tres años por la calle.
No podía decirse que sus cicatrices fueran vergonzantes en lo más mínimo, pero Maia se alegraba de que la mayor parte de los golpes hubieran evitado su rostro. Un rostro que, sin embargo, se había transformado en los últimos meses. Cierta redondez adolescente aún asomaba en los pómulos, y su tez era clara y arrebolada tras el lavado. Sin embargo, tantas privaciones y luchas habían esculpido una nueva firmeza en su contorno. Era una cara diferente a la que recordaba de cuando compartía un pequeño espejo de mesa con su gemela, en un desvencijado ático lleno de sueños imposibles.
—Aquí tienes —anunció Brod, colocando dos prendas dobladas sobre la encimera, junto a ella. Como la propia Maia, la ropa tenía un aspecto y un olor distintos, aunque necesitaba un buen arreglo. Lo mismo podía decirse de la de Brod, pensó Maia, tras darse la vuelta. El joven se puso la camisa y los pantalones, sonriendo mientras asomaba los dedos entre largos rasgones.
—Nos llevaremos un poco de hilo, y a lo mejor podremos coserlas más tarde. Pero ahora propongo que continuemos avanzando. ¿Quién sabe? Puede que tengamos suerte y encontremos el apartamento de alguien, con un armario lleno.
—¿Más tres cuencos de gachas para comer y tres camitas donde dormir? —Maia bostezó al levantarse, dirigiendo una última mirada al espejo.
Cada vez que contemplaba mi reflejo solía ver a Leie además de a mí misma. Pero esta persona que tengo delante es única. No hay otra como ella en el mundo.
Extrañamente, Maia no sintió ninguna decepción ante aquella idea. Ninguna.
Limpios y descansados en parte, siguieron explorando y pronto se encontraron atravesando otra zona en ruinas; grietas enormes habían resquebrajado todas las paredes. En algunos sitios, los daños habían sido reparados burdamente, mientras que en todas partes los desperfectos dejaban al descubierto la piedra desnuda y resquebrajada. Maia y Brod caminaban con cuidado por allí donde el suelo se inclinaba o las grietas habían partido en dos un pasillo. Algunos de los daños podían deberse a la edad, a la acción natural de los milenios desde que aquel refugio fuera evacuado. Pero a Maia le parecía más probable otra hipótesis. Impactos procedentes del espacio, cuyas marcas aún se podían notar en Jellicoe y otras islas, debían de haber estado a punto de destruir incluso aquellos poderosos muros.
Grimké era sólo un puesto avanzado, comprendió. Esto debió de ser una fortaleza principal.
Pronto descubrieron que los habitantes no se lo habían llevado todo cuando fueron desterrados. Llegaron a una zona repleta de compleja maquinaria, una sala enorme tras otra, todas llenas de aparatos. Algunos, claramente, producían electricidad (parientes lejanos de los útiles transformadores y de los pequeños generadores que ella conocía), pero a una escala muy superior a la usual en la economía de Stratos. La magnitud de las cosas la hizo vacilar. ¡Allí había más metal que en todo Puerto Sanger! Y era probable que Brod y ella hubieran arañado sólo la superficie.