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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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De repente fue un año después… y allí estaba. Según la lógica de los sueños, tenía que estarlo. Cruzando el cielo como un brillante planeta, sin serlo, se movía con voluntad propia, situándose en órbita tras venir de muy lejos. Una nueva estrella. Una nave, erigida para viajar a las estrellas.

Asombrada por esta nueva visión, deseando poder compartirla con alguien, esta Maia mayor fue a buscar a su viejo amigo, guió sus frágiles pasos por las escaleras hacia el brillante instrumento de bronce. Ahora lento y torpe, el anciano tardó algún tiempo en comprender aquella anomalía en los cielos. Entonces, para desazón de Maia, su hirsuta cabeza se echó atrás, y gritó hacia la noche…

Maia se incorporó de un salto, el corazón acelerado por la alarma hormonal. Brod roncaba cerca, sobre el frío suelo de piedra. La luz del amanecer se internaba por las grietas de la pared demolida. Sin embargo, ella permaneció mirando al frente durante muchos latidos, sin ver, deseando poder calmarse sin olvidar.

Finalmente, Maia cerró los ojos.

Sabiendo por fin por qué le habían parecido tan familiares, pronunció en voz alta dos palabras:

—Faro Jellicoe…

Un contexto compartido. Estaba segura de que sería muy sencillo. Algo transmitido de maestro a aprendiz a lo largo de generaciones, incluso dentro de la paupérrima continuidad del mundo de los hombres. ¡Lo que nunca había imaginado era que la suerte jugaría un papel importante en ello!

Oh, sin duda existía la posibilidad de que Brod y ella lo hubieran descubierto por su cuenta, antes de morir de hambre. Pero el viejo Bennett había pronunciado aquellas palabras, farfulladas entre algún resquicio de memoria dominada por la emoción, la última vez que lo oyó hablar. Y las frases se habían almacenado en su subconsciente desde entonces.

¿El anciano había sido miembro de alguna antigua conspiración? ¿Una conspiración que aún seguía en marcha, tantos siglos después de la desaparición de los reyes? Lo más probable era que hubiera empezado como tal, pero que ahora no fuese más que un resto disperso. Un culto o logia, una de tantas, con frases rituales que sus miembros se enseñaban unos a otros, sin que tuvieran ya más significado que algún vago sentido de portento.

—Estoy preparado, Maia —anunció Brod, agachado junto a un hexágono en blanco. Ella colocó su mano sobre otro.

—Bien —replicó—. Un intento más, a la de tres. ¡Una, dos, tres!

Empujaron con fuerza, situando las placas elegidas a lo largo de la pared en trayectorias oblicuas, cuidadosamente planeadas. Cuando las dos primeras estaban ya en camino, Maia y Brod pasaron a otra pareja de hexágonos. El segundo de Maia llevaba grabada la estilizada imagen de un insecto, mientras que en el de Brod aparecía una rebanada de pan con mermelada. Habían tardado todo el día en calcular bien los tiempos de lanzamiento y las velocidades, para que su primera pareja llegara justo al lugar adecuado cuando las otras dos salieran a su encuentro. Lo normal era que se produjera una carambola doble, dos colisiones simultáneas en extremos opuestos de la pared, para enviar a los hexágonos con inscripciones que se deslizaban desde direcciones distintas hacia el mismo blanco estacionario, situado arriba.

Parecía bastante sencillo, pero hasta el momento no habían conseguido fijar el tiempo necesario para probar la corazonada de Maia. Ahora la luz del día empezaba a difuminarse otra vez. Aquél tendría que ser su último intento. Maia vio con el corazón en la garganta cómo los cuatro hexágonos en movimiento se acercaban al punto de intersección escogido, chocaban, y se separaban en ángulo recto… ¡exactamente como querían!

—¡Sí! —gritó Brod, sonriéndole.

Maia se contuvo mejor. Hasta ahí, muy bien.

Deslizándose en diagonal por la brillante superficie de metal, la pareja seleccionada de placas convergió desde direcciones opuestas hacia una única placa fija cuya superficie tenía grabado un sencillo cilindro… el símbolo usado en los barcos para indicar un cierto tipo de contenedor.

Bee—can! —había gritado el viejo Bennett, aquella aciaga noche en que ella le mostró la nave de Renna. Incluso entonces, Maia había supuesto que la frase quería decir beacon, faro, puesto que muchos santuarios también lo eran. El resto de su cháchara, sin embargo, no tenía sentido. Fuera de contexto, no podía tenerlo.

Pero no se trataba de la convulsa habla masculina, como ella había pensado. Ni eran farfulleos al azar, sino un sentido grito de desesperada fe, de ansia. Una invocación.

—… ¡Jelly puede! ¡Bee—can, Jelly puede!

Hubo otras sílabas, pero ésa era la expresión que contaba. Fuera lo que fuese lo que Bennett creía estar diciendo aquella noche, originalmente debió de significar «Jellicoe».

Jellicoe Beacon, el Faro Jellicoe de los Dientes del Dragón. Los mismos motivos que habían atraído a Maia y a Brod hasta allí, por los que las saqueadoras habían escogido su embarcadero fácil de defender, habían contribuido a hacer de aquella isla un lugar especial en épocas pasadas. Uno de los baluartes de la Gran Defensa, y del desafortunado imperio masculino de «los reyes». Un lugar cuya historia de orgullo y vergüenza podían suprimir, pero nunca ocultar completamente.

Dos hexágonos móviles se deslizaron ante ella: uno con la imagen de una abeja, el otro con el símbolo común en los barcos para la mermelada almacenada… o jelly. Maia contuvo la respiración mientras las dos placas se dirigían al unísono hacia el mismo objetivo.

Los códigos más elegantes son los más sencillos, pensó. ¡Todo lo que nos piden es que pronunciemos el nombre del lugar a cuya puerta llamamos![1]

Es decir, suponiendo que no nos estemos engañando a nosotros mismos con nuestra astucia. Si no se trata de un nivel entre los muchos a resolver. Si funciona.

¡Por favor, que funcione!

Las placas convergieron hacia el objetivo con el símbolo de la lata grabado en su superficie. Se tocaron… y el hexágono fijo simplemente las absorbió a ambas. De inmediato, se produjo un doble golpe de gong, grave y decisivo, que fue aumentando de intensidad hasta que la ensordecedora vibración obligó a Brod y Maia a retroceder, cubriéndose los oídos. Tosieron cuando el hollín y el polvo se desprendieron de la gran puerta y su marco. Entonces, por unas juntas que de tan finas eran invisibles, se abrió una hendidura en diagonal. El zumbante portal se dividió vertiendo sobre el oscuro vestíbulo un torrente de luz intensa y mareante.

Diario de la Nave Peripatética

CYDONIA — 626 Misión Stratos

Llegada + 53.605 Ms

No he recibido noticias de Renna desde su último informe, hace más de doscientos kilosegundos. Mientras tanto, he estado captando las señales de radio y de los rayos focales de abajo; parecen indicar una emergencia policial de primer orden. Por los datos contextuales, debo llegar a la conclusión de que mi enviado peripatético ha sido secuestrado.

Habíamos discutido la posibilidad de una acción precipitada después de su discurso. Ya se ha producido. Calculo que nada de esto habría sucedido si la aproximación de los hielonaves del Espacio del Phylum no hubiera obligado a revelar prematuramente su presencia. Es un inconveniente que no necesitábamos, por decirlo con pocas palabras. Un inconveniente que puede tener trágicas consecuencias que llegarán más allá de este mundo.

¿Por qué fueron enviados las hielonaves? ¿Por qué tan pronto, incluso antes de que nuestro informe pudiera ser evaluado? Ahora parece claro que los enviaron aproximadamente cuando empecé a reducir la velocidad para entrar en este sistema, antes de que Renna y yo supiéramos qué clase de civilización vivía en Stratos.

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1

Juego de palabras intraducible. La pronunciación en inglés del nombre del lugar, Jellicoe Beacon «Faro Jellicoe», es igual a la suma de las palabras jelly «jalea», bee «abeja» y can «lata» o verbo «poder», los signos grabados en las placas. (N. del T.)

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