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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—No llegamos demasiado tarde, después de todo. —Se volvió a mirarla, los ojos brillantes—. Espero que tengas un plan, Maia. Te ayudaré a rescatar a tu Hombre de las Estrellas y a tu hermana. Pero primero hay una banda de saqueadoras allí abajo con una despensa que saquear. Si no como pronto…

—Lo sé —interrumpió Maia, agitando una mano, y citó:

Una cosa mucho peor que el celo del verano es interponerse entre un hombre hambriento y el pan que tiene en la mano.

Brod sonrió, mostrando un montón de dientes. Cuando habló, lo hizo en un dialecto cerrado.

—Ajajá, zagala. No querrás verme forzado a masticar lo primero que tenga cerca, ¿no?

Ella se echó a reír, y él la imitó. Confiaba de tal modo en su naturaleza y en su amistad que a Maia nunca se le habría pasado por la cabeza tomarse en serio sus palabras, como podría haber sucedido meses antes.

…εη(οητrαr |ο qυε εζτα ο(υ|το…

βαjο εχτrαñαζ εζτrε||αζ ρεrδιδαζ

Libro de los acertijos

24

Maia bajó su sextante y observó por segunda vez los calibres. El ángulo del horizonte, donde se había colocado el sol, fijaba un extremo; el otro, casi directamente encima, caía dentro de la constelación Boadicea.

—¿Sabes que pienso que puede ser la Víspera del Lejano Sol? —comentó tras un rápido cálculo mental—. Con tanto ajetreo, he perdido la cuenta de los días. Es medio invierno y no me he dado cuenta —suspiró—. Nos estamos perdiendo toda la diversión en la ciudad.

—¿Qué ciudad? —preguntó Brod, mientras anudaba con gruesos lazos el cable en el borde del acantilado—. ¿Y qué diversión? ¿Bebida gratis, para que no nos demos cuenta de los susurros de las madres clónicas sobornando a la gente para que vote? ¿Recibir pellizcos por la calle de borrachas que no distinguen la escarcha del granizo?

—Típico de los hombres —Maia hizo una mueca—. Los gruñones nunca entráis en el espíritu de la fiesta.

—A veces sí. Dadnos una fiesta en mitad del verano, y tal vez seamos menos protestones medio año más tarde. —Se encogió de hombros—. De todas formas, nos vendría bien si las saqueadoras estuvieran celebrándolo esta noche, todas con gorritos de papel y con ganas de jarana. Tal vez las piratas no se den cuenta de que llegamos mientras están ocupadas acosando a los prisioneros varones.

Es una idea, pensó Maia, mientras plegaba su sextante. Suponiendo que los hombres estén todavía vivos. Tras la masacre a bordo del Intrépido, el siguiente paso lógico de las saqueadoras sería eliminar al resto de los testigos antes de dirigirse a un nuevo escondite. Eso incluía no sólo a los hombres del Manitú, sino también a las rads, y quizás a las reclutas recientes, como Leie. Renna seguía siendo probablemente demasiado valioso, pero ni siquiera su destino era seguro si el grupo de Baltha se veía acorralado.

Esos sombríos pensamientos teñían de urgencia su espera mientras veían cómo la oscuridad caía sobre el archipiélago. Con la mengua de luz, las muchas torres de la isla de Jellicoe se fundían en un único contorno serrado que se ocultaba a intervalos en el cielo estrellado. Debajo, en la negra oscuridad de la laguna, diminutos charcos de color indicaban las lámparas colocadas en el estrecho embarcadero donde los dos barcos estaban atracados. De vez en cuando, podían ver linternas más pequeñas moverse rápidamente, acompañadas de estiradas siluetas bípedas. Leves gritos indescifrables llegaban a oídos de Maia, transmitidos por los estrechos confines de la cavidad de la isla.

—Parece que están de fiesta, después de todo —comentó Brod cuando una compañía de sombras con antorchas bajó del barco más grande, recorrió el muelle y se internó en un amplio portal de piedra situado en la base del acantilado—. Tal vez deberíamos esperar. Al menos hasta que se hayan acostado.

Maia también lo habría preferido, pero dos lunas empezaban ya a salir por el este, y otra más lo haría pronto. En unas pocas horas, habría luz suficiente para iluminar la laguna y los acantilados que la rodeaban.

—No. —Sacudió la cabeza—. Ahora es el momento. En marcha.

Brod la ayudó a preparar el arnés que había fabricado cortando con las tijeras los carteles de advertencia tan amablemente dejados por el Consejo Reinante. Maia cubrió su trasero y muslos con tiras de frases amenazantes, y se metió en un doble lazo de cable cuya función era amarrar los zep’lines de transporte. El sistema era antiguo, e incluso tal vez fuera anterior al destierro, remontándose a los días en que se decía que los hombres surcaban los cielos, así como los mares. Maia sólo esperaba que los clanes guerreros que ahora usaban el equipo los mantuvieran en buen estado.

A continuación Brod le tendió dos trozos de gruesa tela de sus propios pantalones, que había cortado para que ella los utilizara como guantes. Con las manos envueltas en ellos, Maia asió el áspero cable.

—¿Seguro que has anotado las señales? —preguntó.

Él asintió.

—Dos tirones significarán alto. Tres significarán que vuelva a subirte. Cuatro, una pausa. Y cinco que baje. —El muchacho frunció el ceño tristemente—. Escucha, Maia, sigo pensando que tendría que ser yo el primero en bajar.

—Ya lo hemos discutido, Brod. Soy más pequeña y mi estado no es tan malo como el tuyo. Una vez esté abajo, podría pasar por una de la banda en la oscuridad. Además, tú entiendes la máquina. Cuento con que me subas cuando vuelva al cable, después de explorar los alrededores.

Esperaba poder hacerlo seguida de Renna, rescatado justo ante las narices de las saqueadoras. Pero contar con un milagro semejante sería como creer en sabias lúgars.

Aún remota, pero más concebible, era la posibilidad de acercarse lo suficiente para susurrarle algo a Renna a través de los barrotes de su celda, o para intercambiar breves golpecitos en código morse. Con sólo unos minutos de contacto disimulado, Maia estaba segura de que podría volver con información valiosa: los nombres de las oficialas del Consejo en las que Renna confiaba, por ejemplo. Los dos muchachos podrían entonces usar la unidad de comunicación secreta con la esperanza de no estar invitando a otra banda de hamponas más aristocráticas.

Es decir, suponiendo que el comunicador no estuviera intervenido, o preparado para llamar a un solo sitio. Había una docena de otras malignas posibilidades, ¿pero qué más podían hacer? El mejor motivo de todos para buscar a Renna era la certeza casi absoluta de que a él se le ocurriría un plan mejor.

—Mm —gruñó Brod—. ¿Y si te capturan?

Ella sonrió, dándole una juguetona palmada en el hombro.

—Ya sé que te preocupa no tener qué comer. —Maia también tenía que robar algo de alimento por el camino. Pero Brod pareció molesto por la broma, así que le habló con más amabilidad—. En serio, querido amigo, usa tu propio juicio. Si te sientes lo bastante fuerte para esperar, te sugiero que aguantes hasta mañana por la noche, antes de amanecer. Baja e intenta robar el bote que está amarrado a la popa del Manitú. Dirígete a Halsey. Al menos allí…

—¿Abandonarte? —objetó Brod—. No haré nada de…

—Claro que sí. He estado encarcelada antes; me las apañaré… Además, si me capturan en el santuario esta noche, estarán en guardia. No tendrás otra forma de ayudarme que intentando algo diferente. Cuéntale a tu cofradía cómo fue asesinado Corsh. Rodeado de testigos, con un comunicador no intervenido, puedes llamar a la policía y a todos los miembros del maldito Consejo. Sigue siendo arriesgado, pero las conspiradoras tal vez se lo piensen dos veces antes de jugar sucio con los Pinniped delante.

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