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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—Mm. Supongo que tienes razón. —Él sacudió la cabeza, removió la grava con las sandalias—. Pero desearía… Ten cuidado, ¿de acuerdo?

Maia lo abrazó.

—Sí, desde luego.

Lo apretó con fuerza, sintiendo cómo se envaraba brevemente en una típica hostilidad de invierno; luego se relajó y le devolvió el abrazo con sincero entusiasmo. Maia le miró a la cara, captando brevemente la humedad en sus ojos antes de que se diera la vuelta sin decir nada más. Lo vio cruzar la amplia terraza y luego desaparecer tras los escalones de piedra. Como habían previsto, su compañero tardaría varios minutos en llegar a la caseta de la maquinaria. Mientras tanto, ella se acercó al borde de la plataforma y tensó la cuerda, se afianzó con los pies y retrocedió hasta que la mayor parte de su peso colgó del precipicio.

Debería estar aterrorizada, pero no lo estoy.

Maia parecía haber perdido progresivamente su miedo a las alturas, hasta reducirlo tan sólo a un estado de excitación que le aceleraba el pulso. Es curioso, puesto que las Lamai padecen todas de acrofobia. Tal vez se deba a que crecí en aquel ático. O quizás he salido a mi padre… quienquiera que fuese el bastardo. A pesar de las revelaciones de Brod, de él sólo tenía un nombre: Clevin. Ninguna imagen se formó en su mente, aunque su aspecto podría estar entre el de Renna y el del viejo Bennett.

Siempre atenta a posibles nichos, Maia se preguntó si aquella tranquilidad suya al borde de un precipicio podría ser indicio de algún talento útil. Debo comentárselo a Leie cuando tenga la oportunidad, juró. Tal vez la meta en una jaula, suspendida de las alturas, para ver si es algo genético, o simplemente el resultado de las influencias del entorno que he experimentado desde que nos separamos.

Naturalmente, Maia no haría nada de eso. Pero la fantasía descargó algo de la tensión que sentía ante la posibilidad de encontrarse de nuevo con su gemela. Notó en la cintura la presión de una porra de madera que había fabricado con la pata de un caballete roto. Si era necesario, la utilizaría incluso contra su hermana. Las pequeñas tijeras, envueltas en tela, completaban el armamento de Maia.

Será mejor que no tenga que pelearme con nadie, se recordó. El sigilo era la única posibilidad real que tenía.

Una súbita vibración recorrió el cable, haciéndole castañetear los dientes. Maia apretó la mandíbula y se preparó. A la cuenta de cinco, el cable empezó a desenrollarse lentamente. Maia venció un momentáneo retortijón instintivo y permitió que su peso se hundiera con la improvisada silla. Sus pies empezaron a caminar hacia atrás, primero por el borde del acantilado, luego dando saltitos a lo largo de la cara vertical del precipicio. La plataforma se alzó ante sus ojos, ocultando el leve y lejano brillo de la caja del ascensor.

Todo lo que quedó en el cielo fue lo que Jellicoe permitía ver dentro de su irregular círculo: un contorno en forma de sierra que se estrechaba a cada momento.

Sólo una cuña de luz de luna reflejada teñía de plata las puntas de los monolitos más altos, al oeste. Maia se zambulló en la penumbra.

A pesar de la oscuridad, prestó atención a cualquier signo que indicara que había sido localizada. Sus manos estaban preparadas para tirar con fuerza del cable, indicando a Brod que invirtiera el funcionamiento del mecanismo. Ninguno de ellos estaba seguro de que el burdo sistema de señales fuera a funcionar cuando se hubiera desenrollado una buena cantidad de cable. Tampoco importaba demasiado. Todas sus esperanzas se encontraban puestas en avanzar. Detrás, sólo les aguardaba la muerte por inanición.

A medida que sus ojos se adaptaban durante el descenso, Maia escrutó las inmediaciones. La laguna era más grande de lo que parecía a simple vista, ya que varias pequeñas bahías se extendían más allá de aberturas parciales en el primer círculo de agujas. El muelle y los barcos se encontraban a cierta distancia hacia el sur y el este, cerca de la entrada de la bahía que Brod y ella habían visto mientras eludían a la desesperada el bombardeo de las piratas. El embarcadero conducía a un labio de roca que bordeaba parte de la circunferencia interior de la isla a nivel del mar. Todavía podían verse linternas agitándose de un lado a otro, la mayoría con destino al gran portal de piedra iluminado a ambos lados por brillantes candelabros. La iluminación interior se colaba por otras aberturas que flanqueaban la entrada principal.

Es el viejo santuario—residencia. La porción de Jellicoe que el Consejo no selló, advirtió. Por lo que atañe a la historia, es la única parte de ella que nadie conoce. Ruinas largamente abandonadas de una era perdida, libre para el uso de cualquier banda de desesperadas que aparezca.

Bajo ella no había barcos, ni reborde de piedra, ni ventanas. Su destino era darse un baño. No es el deporte que mejor se me da, como he podido comprobar. Para Maia la perspectiva no era agradable, pero la experiencia le daba confianza. Puede que no nade bien, o rápido, pero soy difícil de ahogar.

Era difícil calibrar la distancia, ya que sólo unos cuantos reflejos permitían distinguir la negra superficie de la laguna. Mientras descendía, Maia combatió una insistente sensación de vulnerabilidad. Si la localizaban ahora, sería presa fácil para las tiradoras antes de que pudiera escalar para ponerse fuera de su alcance, aunque Brod interpretase su señal de inmediato e invirtiera la tracción. Maia se consoló pensando que las vigías estarían mirando hacia el mar, por si se acercaba algún barco. Además, fiarse de las linternas sólo arruinaba la capacidad de adaptación a la oscuridad de las mujeres. El viejo Bennett se lo había enseñado hacía mucho tiempo, cuando aprendió a leer las cartas celestes a la luz de las estrellas.

No soy más visible que una araña que cuelga del extremo de una tela. Cierta o no, la imagen mental la animó. Para proteger la sensibilidad de sus ojos, resistió la tentación de mirar las linternas, incluso cuando distinguió unos gritos que flotaron junto a ella como el humo de una chimenea. Maia apartó la mirada, permitiéndose contemplar los contornos de dos docenas de poderosos picos que se alzaban sobre ella como los dedos extendidos de Madre Stratos, apuntando al cielo.

Señalaban concretamente una oscura nebulosa conocida como la Garra, que se encontraba justo encima. Era un símbolo apropiado, a la vez de oscuridad y de misterio. Tras aquella gran extensión sin estrellas se encontraba el Phylum Homínido. Todos los mundos que Renna conocía. Todo lo que Lysos y las antepasadas de Maia habían preferido dejar atrás.

Estaban en su derecho, pensó. ¿Pero en qué posición deja eso a sus descendientes? ¿Hasta qué punto debemos lealtad al sueño de nuestras creadoras? ¿Cuándo nos habremos ganado el derecho a soñar por nosotras mismas?

Era hora de comprobar una vez más su progreso hacia la helada superficie del agua. Sin embargo, al bajar los ojos captó un destello. Tenue como una sola estrella, brillaba allí donde no debería brillar ninguna, en la negrura del flanco interno de Jellicoe, donde una extensión de piedra oscura debería bloquear la luz con la misma fuerza que la Garra. Maia parpadeó mientras la débil chispa rojiza brillaba brevemente, antes de apagarse.

¿Lo he imaginado?, se preguntó después. Había sido al otro lado de la laguna, lejos de su propio pico, que ocultaba la base defensiva del Consejo, o del adyacente, que contenía el antiguo santuario público. Al observar la muralla de oscuridad, era fácil convencerse de que no había visto otra cosa que una mota en sus ojos.

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