Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » Tiempos de gloria [Glory Season - es]
Tiempos de gloria [Glory Season - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
1 ... 133 134 135 136 137 138 139 140 141 ... 180
Перейти на страницу:

Cada vez que creo llegar al fondo de la cuestión parece haber algo más debajo. ¡Comparado con esto, el polvillo azul de Tizbe es una ridiculez, una minucia!

Maia sabía lo que tenía que hacer.

Resultó sencillo localizar el camino utilizado por los clanes guerreros. Maia ni siquiera tuvo que seguir el cable de la antena. La entrada principal sólo podía estar en un sitio.

Desde la sala de control, Brod y ella siguieron el corredor principal a lo largo de varias rampas y escaleras, y atravesaron una serie de pesadas escotillas cilíndricas abiertas; gruesas cuñas impedían que se cerraran de modo accidental. En un momento dado, los jóvenes se detuvieron ante una pared demolida que antiguamente parecía haber contenido un mapa. Una porción aún legible en la esquina inferior izquierda presentaba una parte del convulso contorno de la isla de Jellicoe. El resto del mapa estaba tan quemado que no sólo había desaparecido el yeso, sino también el primer centímetro de roca.

—Muy bien —le dijo Maia a Brod—. Vamos. Éste debe de ser el camino.

Siguieron más escaleras, más escudos arrasados, antes de que el pasillo terminara en un puñado de puertas cerradas de acero, de aspecto ordinario. Un botón situado a un lado cobró vida cuando Maia lo pulsó. La puerta no tardó en abrirse con un leve rumor, revelando una diminuta habitación sin muebles, con un grupo de luces indicadoras en una pared.

—Bueno, esto sí que es una sorpresa —exclamó Brod—. ¡Un ascensor! Algunas casas grandes de Joannaborg los tienen. Utilicé uno en la biblioteca. Subía treinta metros.

—Supongo que será seguro —dijo Maia, sin plantearlo como una pregunta, pues no tenía sentido. No le gustaba que sólo hubiera una entrada o salida, pero los dos debían utilizar el aparato, fuera seguro o no—. Dejaré que con tu amplia experiencia pilotes esta cosa.

Brod se metió en el ascensor torpemente. Maia lo siguió, prestando atención a cómo se hacía.

—¿Hasta arriba del todo? —preguntó el muchacho. Ella asintió, y él extendió una mano y tocó con un dedo el botón superior. El botón brilló. Pasado un segundo, las puertas se cerraron.

—¿Es todo lo que hay que hacer? ¿No deberíamos…?

Maia se interrumpió cuando el estómago le dio un sobresalto. La gravedad tiró de ella hacia abajo, como si Stratos o su persona hubieran ganado masa de golpe. Hay ventajas en no haber comido, pensó. Sin embargo, después de los primeros segundos, encontró un perverso placer en la sensación. Los indicadores fluctuaban, cambiando a una muestra alfanumérica que Maia no pudo leer porque la mitad inferior estaba apagada. ¿Y si otras partes más críticas fallan mientras estamos en movimiento?

Rechazó aquella idea. Después de todo, ¿quién era ella para dudar de algo que aún funcionaba después de milenios? ¡La pasajera, eso es lo que soy!

Se produjo otra sensación entre desconcertante y excitante. La presión bajo sus pies cesó bruscamente, y ahora sintió una reducción de peso. Una experiencia no muy distinta de caer o remontar una ola en cubierta. O de volar, supuso. Involuntariamente, se echó a reír, y se cubrió la boca con una mano. Con la otra, descubrió, aferraba con fuerza el codo de Brod.

—¡Ay! —se quejó él sucintamente, mientras el ascensor se detenía y los dos reaccionaban con un respingo.

Las puertas se abrieron, haciéndoles parpadear y cubrirse los ojos.

—¿Se quedarán abiertas? —preguntó Maia mientras pasaba a una plataforma de piedra cubierta por un fantástico cielo cuajado de nubes.

—Meteré la sandalia entre ambas —respondió Brod—. Si me sueltas el brazo un momento.

Maia se rió nerviosa y soltó al muchacho. Mientras él aseguraba la retirada, ella avanzó un par de pasos y contempló el panorama del océano que rodeaba el archipiélago conocido como los Dientes del Dragón. La luz del sol sobre el agua era sólo un bello reflejo entre otros muchos que no esperaba volver a ver. Su contacto sobre la piel fue un regalo que no podía expresarse con palabras.

¡Lo sabía! Los clanes militares de Caria no iban a venir en barco. Su casta es demasiado elevada, están demasiado ocupadas. Además, no se arriesgarían a que alguien las viera, y advirtiese una pauta. Así que sólo vienen aquí muy raramente, a entrenarse, y sólo por el aire.

La superficie plana se extendía varios centenares de metros hacia el sur, el oeste, y el este. Allí, en la zona norte de la plataforma, la caja del ascensor contenía varias máquinas, entre ellas un torno usado probablemente para atracar y desplegar dirigibles. Maia también vio grandes tambores de cable.

Los Dientes del Dragón parecían aún más magníficos vistos desde arriba. Torre tras torre de piedra se sucedían, dispuestas como picas afiladas a lo largo de la espalda de una bestia acorazada. Muchas de las torres tenían puntas truncadas o arrecifes, como Grimké, mientras que otras brillaban al sol de la tarde, productos desnudos y prístinos de fuerzas que superaban con mucho el dominio de la mujer sobre Stratos.

Ningún diente de los que quedaban a la vista era más alto que aquél, situado en el extremo norte de Jellicoe. A causa de su posición, Maia no podía ver bien hacia el sur, donde se encontraban otros grandes macizos de islas, como Halsey, el único lugar habitado de forma oficial y legal. Sin duda los clanes bélicos contaban con este efecto protector, y cronometraban sus raras visitas para reducir al mínimo el riesgo de ser vistos. Con todo, Maia se preguntó si los hombres que poblaban Halsey llegaban a sospechar algo.

Tal vez por eso la asignación de destino entre las cofradías de bajo rango se hace de forma rotativa. Así hay menos posibilidades de que se detecte un ritmo, incluso aunque los hombres vieran un zep de vez en cuando. Sobre todo con visitas que sólo se producen tres veces en la vida.

Se dio la vuelta y fue hacia la derecha, desde donde eran visibles más de dos docenas de monolitos apiñados, algunos de los muchos picos que, en conjunto, hacían de Jellicoe la muela principal de aquella legendaria cadena de los Dientes. Cuando Maia se acercó lo bastante para ver lo grande que era la colección, advirtió que incluso la extensa red de túneles subterráneos podía camuflarse fácilmente en aquel laberinto de piedra semicristalina.

Maia tuvo que bajar por una erosionada escalera para llegar a una terraza inferior, y luego salvar cierta distancia antes de acercarse por fin a la vista que deseaba. Brod le gritó para que lo esperara, pero la impaciencia la impulsaba. Tengo que saberlo, pensó, y se apresuró aún más.

Por fin, se detuvo ante un precipicio tan impresionante que empequeñecía el de Grimké como una gaviota podía hacerlo con un escarabajo. El pulso le latía en los oídos. Era tan agradable encontrarse al aire libre, respirando la dulce brisa marina, que Maia se olvidó de experimentar vértigo al acercarse al borde y contemplar la laguna de Jellicoe.

El embarcadero ya estaba en penumbra, abandonado por el sol tras una breve visita al mediodía. Maia recorrió con la mirada paredes de piedra aún brillantes, hasta que por fin encontró lo que esperaba ver. Dos barcos, advirtió con un escalofrío. El Intrépido y el Manitú.

Temía que hubieran cambiado de escondite. Deberían hacerlo, ya que su queche fue capturado. Tal vez planeen hacerlo pronto.

Maia se dio cuenta, no sin cierta incredulidad, de que la huida de Grimké con Brod y Naroin y las demás había sido sólo tres o cuatro días antes. Eso podría significar que aún tenemos tiempo.

Sintió la presencia de Brod cuando el muchacho se le acercó, y oyó su entrecortado suspiro de alivio.

1 ... 133 134 135 136 137 138 139 140 141 ... 180
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)