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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—Estabas temblando. ¿Algo va mal?

Ella se sentó, avergonzada, aunque no sabía por qué. Por dentro sentía una extraña agitación, un vacío que nada tenía que ver con el hambre.

—Yo… estaba soñando con casa.

Él asintió.

—Yo también. Toda esta charla acerca de herejes, rads y reyes me ha hecho pensar en una familia que conocí, allá en Joannaborg. Seguían el camino Yeown.

—¿Yeown? —Maia frunció el ceño, desconcertada—. Oh, he oído hablar de ellas. ¿No son ésas las que… aquéllas cuyas hijas clónicas salen a buscar nichos mientras que las vars se quedan?

—Eso es. Algunas de las ciudades que hay a lo largo de la costa de Méchant tenían barrios enteros dedicados a enclaves Yeown, rodeados por murallas Getta. He visto láminas. La mayoría de los chicos no salían al mar, sino que se quedaban y aprendían alguna habilidad junto con sus hermanas del verano; y se casaban dentro de otros clanes Yeown. Es un poco difícil de imaginar, pero en cierto modo la idea es agradable.

Maia comprendía el punto de vista de Brod. Esa forma de vida ofrecía más opciones a un chico… y a las muchachas del verano que se quedaban donde nacían, viviendo con sus madres…

Y padres, supuso, algo que le costó trabajo imaginar.

Sin sus recientes estudios, Maia no habría podido entender que, por desgracia, el modo de vida Yeown iba en contra de las tendencias de la biología de Stratos. Había razones genéticas básicas por las que el tiempo reforzaba la tendencia a necesitar primero nacimientos de invierno, o hacer que las madres sintieran una devoción más intensa hacia sus hijas clónicas que hacia sus retoños var. Las humanas eran criaturas flexibles, y el fervor ideológico podría vencer esas tendencias durante una generación, o durante varias, pero no era sorprendente que herejías como la Yeown siguieran siendo raras.

—Me puse a pensar en ellas porque, bueno, mencionaste ese libro sobre la forma en que vivía la gente en mundo Florentina —continuó Brod—. Ya sabes, donde aún sigue habiendo matrimonios. Pero puedo decirte que no era así en el hogar Yeown que conocí. Los maridos… —Pronunció la palabra con evidente rubor—, los maridos no hacían mucho ruido ni alborotaban. No se hablaba entre las vecinas de violencia, ni siquiera en verano. Naturalmente, los hombres eran aún una minoría frente a sus esposas e hijas, así que no era exactamente como un mundo del Phylum. Con todo el mundo mirando, se comportaban con total discreción, para no dar a las agitadoras Perkie ninguna excusa…

Brod divagaba, y a Maia le resultó difícil ver adónde quería ir a parar. ¿Tenía el muchacho sus propias simpatías herejes? ¿Soñaba con vivir en un hogar todo el año, en mantener un contacto duradero con compañeras e hijos, experimentando menos continuidad que una madre, pero mucho más de lo que los hombres conocían normalmente en Stratos? Podía sonar bien en teoría, ¿pero cómo conseguían los dos sexos no atacarse mutuamente los nervios? Estaba claro que el pobre Brod era un idealista de primera clase.

Maia recordó al único hombre que había tenido cerca mientras crecía. Un clan ortodoxo como Lamatia nunca permitiría que se diera una situación como la que Brod describía de una comuna Yeown, pero ofrecía, según la tradición, refugio puntual a los retirados como el viejo Bennett.

Maia sintió un escalofrío al recordar la última vez que miró los ojos acuosos de Bennett. Las hojas caídas giraban en ciclones otoñales, como en la imagen de su reciente sueño… como si inconscientemente ya hubiera estado pensando en el viejo. Me preguntaba entonces si sería el único hombre que llegaría a conocer más que de pasada. Pero Renna, y ahora Brod, me han hecho pensar cosas curiosas. Sigue así, y te convertirás en una hereje militante, tú también.

Esto se volvía demasiado intenso. Intentó devolver las cosas a un plano abstracto.

—Imagino que las Yeown se llevarían bien con Kiel y sus radicales.

Brod se encogió de hombros.

—No creo que las pocas Yeown que quedan se arriesgaran a correr riesgos tomando partido en política. Ya tienen suficientes problemas hoy en día. Con la tasa de nacimientos veraniegos creciendo en toda Stratos, poniendo nervioso a todo el mundo, las Perkinitas siempre andan buscando chivos expiatorios entre las amantes de las vars.

»Pero, ¿sabes una cosa? Estaba pensando en la gente que vivía aquí, en los Dientes del Dragón. Tal vez empezaron siendo seguidoras Yeown, en la época de la Defensa.

»Piénsalo, Maia. Apuesto a que estos santuarios no eran originalmente sólo para hombres. ¡Imagina la tecnología que debieron de tener! Los hombres no podían mantener todo eso ellos solos. Ni podrían haber derrotado al Enemigo solos. Estoy seguro de que había mujeres viviendo aquí todo el año, junto con los hombres. De algún modo, debieron conocer un secreto para conseguirlo.

Maia no estaba convencida del todo.

—Si es así, no duró. Tras la Defensa, llegaron los reyes.

—Sí —admitió él—. Más tarde se corrompió y cayó en el patriarcado. Pero todo se convirtió en un caos después de la guerra. ¡Nuestra breve aberración, no importa lo terrible que fuera, no es excusa para que el Consejo haya enterrado la historia de este lugar! Durante siglos o quizá más, hombres y mujeres debieron de trabajar juntos aquí, cuando era uno de los enclaves más importantes de Stratos.

La tentación de discutir era fuerte, pero Maia se abstuvo de echar agua fría sobre la entusiasta teoría de su amigo. Renna le había enseñado a mirar a través de una lupa, uno o dos mil años atrás, y sabía lo engañosa que podía ser esa lente. Quizá, teniendo acceso a la Gran Biblioteca de Caria, la especulación de Brod condujera a algo. Sin embargo, ahora mismo, el pobre muchacho parecía obsesionado con aquel mundo, basado más en la esperanza que en los datos, donde mujeres y hombres conseguían de algún modo permanecer juntos. ¿Imaginaba algún antiguo paraíso entre aquellas afiladas islas, en la difusa época antes de que el egoísmo de los reyes chocara con los Grandes Clanes? Parecía un derroche de energía mental.

Maia sintió una abrumadora modorra subir por sus cansados brazos y piernas. Cuando Brod empezó a hablar de nuevo, le dio una palmadita en la mano.

—Es suficiente por ahora, ¿de acuerdo? Hablaremos más tarde. Hasta mañana, amigo.

El joven hizo una pausa, entonces la rodeó con su brazo y ella bajó la cabeza una vez más.

—Sí. Que descanses bien, Maia.

—Mm.

Esta vez le resultó más fácil cerrar los ojos, y durmió bien, durante un rato.

Entonces tuvo más sueños. Una imagen mental de la cercana puerta de metal sangriento titilaba ante ella, espectral, superpuesta sobre el acertijo de piedra, mucho más pequeño, de la Casa Lamatia. Emblemas y mecanismos totalmente diferentes, aunque una voz en su interior sugirió: La verdadera elegancia es la sencillez.

Siguieron ilusiones aún más vívidas. Desde aquellas catacumbas de Puerto Sanger, su espíritu pareció alzarse sobre capas rocosas, dejando atrás las cocinas Lamai, para atravesar grandes salones y dormitorios, y seguir hasta las altas almenas donde, dentro de una torre situada en una esquina, el clan conservaba su magnífico telescopio. Como la pared de hexágonos, era un instrumento de metal pulido cuyas engrasadas juntas parecían moverse casi con tanta suavidad como las placas. Por encima del sueño de Maia se extendía un vasto universo de estrellas. Un reino de limpia física y honrada geometría. Un terreno lleno de esperanza que aprender de memoria.

La enorme mano de Bennett se posó sobre la suya, pequeña. Una presencia cálida y reconfortante que la guiaba, ayudándola a marcar las principales estrellas guía, las nebulosas iridiscentes, los parpadeantes satélites de navegación.

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