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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Debo decidir qué hacer, y decidirlo sola. Pero los datos disponibles no son suficientes ni siquiera para una unidad de mi nivel.

Es un dilema.

23

Maia ya había tenido problemas antes. Su vida había peligrado de modo más inminente. Pero aquello no tenía comparación. Los problemas parecían gravitar alrededor de los dos jóvenes vars desde el momento en que dejaron nerviosamente atrás los terrores conocidos de la cueva sellada para internarse en aquel estallido de misterioso fulgor, oyendo sólo la enorme puerta cerrarse tras ellos con un sonoro eco. Un largo pasillo se extendía por delante, con paredes de piedra pulida y casi cristalina, iluminado por paneles que arrojaban una luz uniforme y artificial que no se parecía a nada que ninguno de ellos conociera, excepto al sol. Una capa regular de polvo fino absorbía las gotas de sangre que dejaban los pies de Brod. A Maia le parecía que ambos eran intrusos delincuentes que manchaban de barro la casa de una deidad poderosa y quisquillosa. Casi esperaba ser desafiada de un momento a otro por una vibrante e incorpórea voz de mujer, una voz de contralto dura y estereotipada, como en alguna fantasía cinemática barata.

Aquel primer tramo de pasillo no era recto, sino que describía varios giros en zigzag antes de llegar a otra puerta, similar a la primera, cubierta con más hexágonos pulidos. Los muchachos gruñeron en voz alta ante la perspectiva de tener que enfrentarse a otra combinación enigmática. Pero esta vez, como en respuesta a su aproximación, varias placas empezaron a moverse bruscamente por su cuenta. Para cuando Maia y Brod llegaron, el portal ya se había dividido, abriéndose a una serie de giros y vueltas brillantemente iluminados. La atravesaron con rapidez, y Brod suspiró aliviado.

¿Sentía un rinconcito de la mente de Maia un momentáneo atisbo de decepción? ¿Como si en realidad hubiera estado anhelando otro desafío? Cierra el pico, le ordenó Maia a la fanática de los acertijos que llevaba dentro. Mientras tanto, su sentido de la orientación le decía que se internaban cada vez más en las profundidades de la convulsa montaña que era la isla de Jellicoe.

La siguiente barrera por poco malogra todo el viaje. Al doblar una esquina, los jóvenes se desconcertaron al enfrentarse de pronto a un montón de piedras rotas y cascotes que cegaba el pasillo que tenían delante. El techo se había desplomado, llenando de escombros el pasillo. Sólo un destello de luz artificial asomaba a través de una abertura en lo alto, sugiriendo un posible camino al otro lado. Brod y Maia tuvieron que subir por una pendiente de fragmentos rocosos y empezar a apartar gruesos pedazos de piedra, cavando para abrir un pasadizo lo bastante ancho para poder atravesarlo. Era una sensación extraña cavar con las manos desnudas, bajo tierra, mientras tu vida dependía del resultado, y hacerlo al mismo tiempo bajo una luz tan pura y sintética. La conclusión era inevitable.

Si alguien más hubiera llegado hasta aquí desde que se desplomó el túnel, habría dejado huellas, como hacemos nosotros. Toda esa otra gente que intentó atravesar la puerta… ¡y somos los primeros en conseguirlo!

O al menos los primeros desde la calamidad que había causado la avalancha. Su origen natural o artificial quedaba todavía por determinar.

Por fin los dos jóvenes var consiguieron pasar, deslizándose pendiente abajo hasta lo que parecía un sótano cubierto de basura. Lo que antaño podrían haber sido barriles aplastados se extendían en montones oxidados a lo largo de las paredes. La única salida era una escalera de hierro medio destruida a la que le faltaban muchos peldaños, y que parecía haberse desplomado en contacto con altas temperaturas. Podían subirla… con mucho cuidado. Tras ayudarse mutuamente para llegar al rellano superior, Brod y Maia giraron el pomo de una sencilla puerta de metal. Juntos, empujaron para forzar las retorcidas bisagras, y por fin consiguieron introducirse ansiosamente en un pasillo el doble de ancho que el anterior.

Un terrible calor debía de haber atravesado la zona más cercana al torturado sótano, hacía mucho tiempo. Varias puertas de metal estaban cerradas y soldadas, mientras que otras conducían a cámaras cegadas por peñascos. No quedaba ningún indicio de para qué propósito podrían haber servido. Incluso las fuertes paredes del túnel mostraban estigmas allí donde el yeso se había fundido y fluido antes de congelarse en capas chorreantes. El panorama recordó a los dos veraniegos su horrible deshidratación.

Tras rebasar la zona afectada, pronto recorrieron el corredor más claro y majestuoso de todos, que se extendía bajo un techo arqueado más alto que ningún otro que Maia hubiera visto. Tenía los hombros tensos y sus ojos querían mirar a todas partes a la vez. Seguía esperando oír pasos y gritos… o al menos susurros misteriosos. Pero el lugar estaba vacío incluso de fantasmas.

Como en Grimké, había signos de una retirada ordenada. La mayoría de las habitaciones a las que se asomaron carecían de muebles. Debieron de peinar toda esta zona de la isla, pensó. Al mismo tiempo, Maia recordó su promesa a Brod: atravesar la puerta misteriosa podría ser la clave de su supervivencia. Hasta ahora, todo aquello era grandioso e impresionante, pero no demasiado útil para mantenerlos con vida.

Tal vez alguna futura exploradora encontrará nuestros huesos, se dijo, sombría. Y se preguntará cuál fue nuestra historia.

Entonces Brod dejó escapar un grito.

—¡Hurra!

Avanzó cojeando, y condujo a Maia a una habitación a la que se había asomado. Las luces se encendieron cuando entró y se acercó a una pila de loza mientras murmuraba:

—¡Oh, Señor, que funcione!

Como en respuesta a su plegaria, de un brillante grifo de metal empezó a manar un líquido claro: agua fresca, olió Maia rápidamente. Brod metió la cabeza bajo el chorro, y bebió ansiosamente, haciendo que Maia casi se desmayara por la súbita sed. Nerviosa, metió apresuradamente la cabeza en un cuenco de porcelana situado junto al de él, y sació su garganta reseca con un sabor que superaba el del vino que robaba en Lamatia, bebiendo como si el chorro fuera a cortarse en cualquier momento.

Finalmente, mareados, embotados, y jadeando en busca de aire, se volvieron para observar aquella extraña e impresionante habitación.

—¿Crees que es una enfermería? ¿O será alguna especie de fábrica? —preguntó Maia. Se acercó con cuidado a uno de los anchos cubículos enlosados, cada uno con una puerta de cristal entornada—. ¿Para qué son estos tubos?

Tras inclinarse hacia dentro para mirar una docena de orificios en la cerámica, Maia soltó un alarido cuando éstos cobraron vida de repente, soltando fieros chorros de ardiente vapor.

—¡Ay, ay! —gimió, saltando hacia atrás y agitando un brazo enrojecido—. ¡Es una máquina para quitar pintura!

Brod sacudió la cabeza.

—Sé que parece absurdo, Maia, pero este lugar sólo puede ser…

—¡Nunca!

—Lo es. Se trata de una ducha.

—¿Para quemar el pelo de los lúgars? —Le parecía dudoso—. ¿Eran gigantescas las antiguas para necesitar tanto espacio? ¿Tenían la piel de cuero?

Brod se mordió el labio. Para probar, se apoyó contra el marco de la puerta y empezó a introducir el brazo.

—Esas ventanitas del tamaño de un pulgar… vi unas cuantas en el edificio más viejo de la biblioteca de Kanto, allá en la ciudad. Sienten cuándo se acerca alguien. Por eso los grifos se abrieron para nosotros.

Salió un nuevo chorro, que Brod evitó cuidadosamente mientras agitaba la mano delante de un sensor, luego de otro. Rápidamente, el chorro pasó de caliente a helado.

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