Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Una cámara se extendía un centenar de metros, y parecía elevarse al menos hasta tres veces esa altura. Llenando casi todo el espacio se alzaba un enorme bloque de un material ambarino y transparente que ella nunca había visto, sujeto por pesados refuerzos del mismo metal rojizo y duro de la puerta enigma.
Dentro de la sorprendente gema, pequeñas lucecitas anunciaban que sus poderes estaban dormidos, pero no muertos. Eso los indujo a escabullirse de puntillas para evitar que despertara aquella cosa dormida, fuera lo que fuese.
El santuario—fortaleza parecía interminable. Maia se preguntó si su destino sería deambular eternamente como espíritus malditos, buscando la salida de un purgatorio al que con tanto trabajo habían entrado. Entonces el pasillo desembocó en otro más amplio, de paredes todavía más reforzadas. A su izquierda se alzaba una enorme puerta de metal escarlata, ésta de casi un metro de grosor y sujeta por unos fabulosos goznes. Abierta. A este lado, alguien había colocado un caballete de madera que sostenía un cartel con un escrito poco amistoso.
El mensaje era tan imprevisto, tan inapropiado, que Maia sólo pudo pensar en respuesta: No digas tonterías. Quienquiera que seas, nunca nos has advertido de nada.
Como si nos importara.
—¿Crees que lo dejaron las saqueadoras? —preguntó Brod. Maia se encogió de hombros.
—No es típico de ellas hacer advertencias. Gritar y saltar es más su estilo.
Se inclinó hacia el letrero, que no parecía obra de aficionados.
—Puede que sea una sala importante —dijo Brod—. Vamos. Tal vez descubramos algo.
Siguiéndolo de cerca, Maia pensó: Si es tan importante, ¿por qué emplean carteles? ¿Por qué no cierran la puerta y echan el cerrojo?
La respuesta era obvia. Quienesquiera que sean, no pueden cerrar la puerta. Si lo hacen, nunca volverán a abrirla. ¡No saben la combinación!
La larga cámara tubular cubría unos cuarenta metros, siempre reforzada por contrafuertes triples del duro metal rojo, presumiblemente para resistir incluso un impacto directo… aunque Maia no era capaz de imaginar de qué. Reconoció, eso sí, las consolas de ordenador, mucho más grandes que las pequeñas unidades de comunicación manufacturadas y distribuidas por Caria City, pero claramente relacionadas con ellas. Todo tenía el aspecto de haber sido utilizado un día antes, en vez de hacía más de mil años. Mentalmente, Maia vio operadoras fantasma trabajando en la estación, hablando en susurros ansiosos, liberando horribles fuerzas con sólo pulsar un botón.
—¡Maia, mira esto!
Ella se dio la vuelta. Brod se encontraba ante otro cartel.
—«Su entrada ha sido registrada» —leyó Brod en voz alta—. ¿Crees que han manipulado todas las puertas? ¡Eh, tal vez nos estén escuchando y viendo ahora mismo!
Abrió mucho los ojos, como queriendo ver a un tiempo en todas direcciones. Pero Maia se sentía extrañamente distanciada.
De modo que el Consejo conoce este lugar. Era una ingenuidad pensar lo contrario. Después de todo, esto fue el corazón de la Gran Defensa. No habrían dejado tanto poder abandonado, sin supervisión. Puede ser necesario, algún día.
Pero entonces, ¿qué hay de mi idea… de que el viejo Bennett dijo lo que dijo porque había heredado algún misterioso secreto?
Tal vez existía, en efecto, un secreto, residuo de los días gloriosos de Jellicoe. Algo que sobrevivió a la vergüenza y la ignominia que siguieron al breve episodio de los reyes. O tal vez era sólo producto de la leyenda, del ansia por el hogar y el estatus perdido; algo transmitido por un pequeño grupo de hombres a lo largo de un destierro de siglos, que había ido perdiendo significado y ritualizándose a medida que pasaba a nuevos hombres y muchachos reclutados de sus clanes maternos.
—Podríamos seguir la antena hasta la entrada que usan normalmente. —Brod se acercó a la unidad de comunicación mencionada en el anuncio: una unidad completamente estándar, conectada a cables burdamente sujetos con grapas a las paredes. Esos cables se cortarían si la gran puerta llegaba a cerrarse alguna vez—. ¿Sabes? ¡Apuesto a que ni siquiera conocen la ruta que hemos seguido! Tal vez no sepan que estamos aquí, después de todo.
Buen argumento, pensó Maia. Junto a la unidad de comunicación, otro artículo llamó su atención. Un grueso cuaderno negro. Lo cogió, repasó varias de sus páginas, suspiró.
—¿Qué es eso, Maia?
Ella pasó más páginas.
—No sólo conocen este lugar, sino que se entrenan aquí… cada diez años o así, según parece. Mira las fechas y las firmas. Veo tres, no, cuatro nombres de clanes. Deben de ser colmenas militares especializadas, subvencionadas en sus nichos por fondos del Consejo de Seguridad. Vienen aquí una vez cada generación y se ejercitan. ¡Brod, este lugar sigue todavía en funcionamiento!
El joven parpadeó dos veces al pensar en ello, luego resopló pesadamente. Un resignado resentimiento tiñó su voz.
—Tiene sentido. Después de que el Enemigo fuera derrotado, los técnicos, tanto hombres como mujeres, debieron de volverse exigentes y pedir cambios. Las sacerdotisas y sabias y altos clanes se asustaron. ¡Tal vez incluso provocaron la Revuelta de los Reyes, para tener una excusa para expulsar a toda la gente que vivía aquí!
Brod lo estaba haciendo de nuevo: iba más allá de la evidencia. Sin embargo, el panorama que pintaba resultaba convincente.
—Pero habría sido una estupidez olvidar el lugar, o desmantelarlo —continuó diciendo—. Así que eligieron a guerreras adecuadas para el trabajo y les dieron un empleo fijo para mantenerlas entrenadas y disponibles por si se producía otra visita del Enemigo.
¿O de parientes no deseados?, se preguntó Maia. La entrada más reciente del registro no seguía los esquemas previos, pues databa de la época en que la nave de Renna había sido vista entrando en el sistema. La instrucción había durado cinco veces más de lo normal. Hasta que, advirtió, su lanzadera abandonó la nave peripatética camino del espaciopuerto de Caria.
Tampoco había ninguna garantía de que los clanes luchadores se mantuvieran apartados del lugar. Con el Consejo convertido en un clamor por el secuestro de Renna, podían regresar en cualquier momento.
Podría haber sido una idea reconfortante, una forma de reducir a las saqueadoras con una sola llamada a larga distancia, si Maia no hubiera actuado con prevención. Renna podría estar aún peor en las garras de ciertos clanes.
La unidad de comunicaciones se encontraba allí, presumiblemente lista para ser utilizada. Sin embargo, el dilema seguía siendo el mismo. ¿A quién llamar? Sólo Renna sabía quiénes eran sus amigas y quién lo había traicionado en Caria, un largo cuarto de año stratoiano antes.