Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—Tal vez. De todas formas, quedarnos aquí mirando no nos servirá de mucho. Veamos qué sucede si empujo una de estas placas hexagonales.
Maia ya había acariciado la superficie de metal, que era curiosamente fría y suave al tacto, pero aún no había intentado mover nada, prefiriendo evaluar primero. Estuvo a punto de abrir la boca para hablar, luego se detuvo. Diferencias de personalidad… uno proporciona lo que al otro le falta. Es una debilidad del sistema de clanes, donde el mismo tipo se amplifica a sí mismo. Maia ya no sentía un escalofrío hereje al pensar de modo crítico en Lysos, Madre de Todas.
Brod intentó empujar una placa hexagonal que tenía grabado un círculo encima y se encontraba sola en una zona despejada de la pared de metal. La presión directa no dio ningún resultado, pero una fuerza deslizante a lo largo del plano de la pared hizo que se moviera. La pieza pareció resbalar Como si se deslizara por un fluido increíblemente viscoso. Cuando Brod la soltó, Maia esperaba que se detuviese, pero siguió avanzando en la misma dirección unos cuantos segundos antes de frenar y por fin pararse. Luego, mientras seguía contemplándola sorprendida, la placa hexagonal empezó a deslizarse hacia atrás, en dirección diametralmente opuesta, volviendo sobre sus pasos sin prisas hasta detenerse finalmente en el lugar donde Brod la había encontrado primero.
—¡Vaya! —comentó el joven—. Cuesta creer que de esta forma vayamos a conseguir gran cosa.
Lo probó con otras placas, y descubrió que aproximadamente una tercera parte de ellas se movía, pero sólo en línea recta siguiendo seis direcciones perpendiculares a las placas hexagonales situadas en el borde. No había signo alguno de ningún tipo de sistema de surcos que mantuviera las placas en línea, así que la extraña conducta se debía a algún mecanismo situado tras el plano de la misma pared, utilizando fuerzas que estaban más allá de todo lo que Maia había aprendido de física.
No es magia, se dijo mientras Brod seguía empujando, probando variantes. Maia se estremeció, y supo que no era debido al asombro o al temor supersticioso, sino a algo parecido a la envidia. La deslizante interrelación de materia y movimiento era dolorosamente hermosa de contemplar. Ansiaba comprender cómo y por qué funcionaba.
Renna dice que las sabias de Caria aún conocen esas energías, pero que no quieren utilizar nada que pudiera «desestabilizar una cultura pastoral».
Si aquél era un uso benigno del mismo poder que había arrasado Grimké, y otras muchas islas del archipiélago, Maia comprendía por qué Lysos y las Fundadoras eligieron ese camino. Quizá tenían razón a una grandiosa escala sociológica. Tal vez el ansia que sentía en su interior era inmadura, obstinada y peligrosa, una curiosidad ardiente como la que Renna había mencionado, de esa que impulsaba lo que él había llamado una «era científica».
Maia recordó el doloroso anhelo en los ojos de Renna mientras rememoraba aquellos tiempos, que había considerado raros en la historia humana. Ella experimentó un profundo dolor interior; envidiaba lo que no había conocido ni llegaría a conocer nunca.
—Las placas siempre parecen volver a su lugar de origen —comentó Brod—. Vamos, Maia. Veamos si podemos empujar dos a la vez.
—Muy bien —suspiró ella—. Yo probaré con la que tiene un caballo grabado. ¿Preparado ? Vamos.
Al principio pensó que la placa que había elegido era una de las que no se moverían, pero luego empezó a deslizarse bajo su mano, acumulando impulso en respuesta a su presión constante. La soltó en cuanto hubo recorrido el espacio correspondiente a tres veces su volumen, pero siguió avanzando, perdiendo velocidad a cada segundo que pasaba, hasta que chocó en ángulo con el hexágono que Brod había empujado, uno con la imagen de un barco de vela. Entonces las dos placas invirtieron el rumbo, y la pareja ejecutó una versión negativa de la misma colisión. Finalmente, las dos placas se quedaron inmóviles en sus puntos de partida. Dos minutos después de empezar el experimento, la pared tenía el mismo aspecto que cuando la encontraron: seguía cubierta por un puñado de hexágonos colocados siguiendo una pauta que no parecía tener ningún sentido. Maia resopló pesadamente.
Tiene que haber una lógica en todo esto. Un objetivo. El Juego de la Vida también parece un montón sin sentido de piezas que saltan, hasta que captas la belleza que en él subyace.
Como en el caso del juego, los hombres que diseñaron esto tal vez lo consideraran lo bastante extraño para mantener apartadas a las mujeres. Ésa podría ser una pista importante, sobre todo teniendo a Brod aquí para ayudarme.
Por desgracia, había un problema inherente a la idea del «contexto compartido». Por lo que Brod y ella sabían, cabía la posibilidad de que el acertijo se basara en alguna moda de mil años de antigüedad, ahora olvidada. Tal vez en una canción de francachela popular en esos días y que contenía la mayoría de aquellos símbolos. Casi cualquier hombre de la época habría sabido cuál era la relación existente entre, por ejemplo, la abeja de una placa y la casa grabada en otra. Uno de los grabados parecía una rebanada de pan que rezumaba manteca o mermelada. Otro representaba una punta de flecha en llamas.
Maia cambió de opinión. El acertijo tenía que estar basado en algo duradero.
Quien se tomó tantas molestias en esto obviamente pretendía que durara, y que sirviese a su propósito mucho tiempo después de su muerte. ¿Y no es bien sabido que los hombres piensan con antelación?
Claramente, todas las reglas tenían excepciones.
La distrajo un gruñido acompañado de una desagradable quemazón en el estómago. Su magullado cuerpo pedía alimento, cuanto antes mejor. Sin embargo, para tener una oportunidad de dárselo, debía ignorarlo. De algún modo, Brod y ella tendrían que atravesar lo que al parecer había detenido a incontables predecesoras… con una diferencia además. Las otras (ermitañas, turistas, exploradoras, piratas) habían llegado allí en barco, pacíficamente, y pudieron marcharse. La motivación de Maia y Brod, era más fuerte que la avaricia o la curiosidad: su única posibilidad de sobrevivir consistía en atravesar aquella pared.
—Lamento que no haya salsa, ni fuego para freírlo, pero está fresco. ¡Cómetelo!
Maia contempló la criatura que yacía en el suelo, ante sus piernas cruzadas, aún agitándose ligeramente. Emergiendo de un trance de concentración, parpadeó ante la inesperada aparición de un pescado. Se giró para mirar a Brod, y vio nuevas heridas que marcaban finas líneas sangrantes a lo largo de sus piernas, brazos y pecho.
—No habrás vuelto a bajar, ¿no?
El muchacho asintió.
—Marea baja. He visto algunos peces varados en la arena. De todas formas, necesitábamos agua. Toma, echa atrás la cabeza y abre bien la boca.
Maia vio que llevaba en el brazo un amasijo de tela empapada, compuesto por trozos de vela y por su propia camisa. Se lo tendió, goteante. Con una súbita ansiedad surgida de una sed en la que no había reparado hasta entonces, Maia hizo lo que le decía. Brod dejó caer en su boca un fino chorro de agua salada con un ligero sabor a sangre. Ella tragó con ansia, ignorando el desagradable regusto. Cuando terminó de beber, cogió el pescado y lo mordió con ganas, como había visto hacer a los marineros.
—Mm… afias, Broth… Mm… delizioz…
De pie a su lado, Brod masticaba su propia ración.
—Puro egoísmo. Conservo tus fuerzas para que puedas sacarme de aquí.
La confianza del muchacho en su habilidad para resolver enigmas era halagadora. Maia sólo deseaba que tuviera fundamento. Oh, había hecho progresos en las últimas diez horas o así. Ahora sabía qué placas se movían y cuáles no. De las fijas, algunas servían como simples barreras o zonas donde las piezas que se movían podrían rebotar. Unas cuantas más, por un proceso que no acababa de determinar, parecían absorber todas las placas que chocaban contra ellas. El hexágono en movimiento se mezclaba con ellas o se metía debajo, y se quedaba allí aproximadamente medio minuto, luego reaparecía para regresar por donde había venido. Cada vez que se producía una de aquellas absorciones temporales, a Maia le parecía oír un sonido grave y lejano, como el zumbido de un gong.