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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—Ni siquiera puedo imaginar de qué está hecha esta cosa —dijo Brod, examinando con más atención la misteriosa barrera—. ¿Tienes idea de para qué sirve?

—Sí, eso creo. Me temo que sí.

Él la miró mientras se acercaba. Maia extendió los brazos ante la pared de metal.

—He visto cosas similares antes —le explicó a su compañero—. Es un acertijo.

—¿Un acertijo?

—Mm. Uno que al parecer es tan difícil que montones de personas intentaron hacer trampa, y fracasaron.

—Un acertijo —repitió él, reflexionando.

—Uno con cuya resolución se obtiene un gran premio, imagino.

—¿Ah, sí? —Los ojos de Brod se iluminaron—. ¿Qué premio crees que es?

Maia retrocedió un par de pasos, ladeando la cabeza para contemplar el elaborado portal desde otro ángulo.

—No puedo decir qué buscaban los demás —dijo en voz baja—. Pero nuestro objetivo es sencillo. Debemos resolverlo… o morir.

Había otro acertijo en una pared, hacía mucho tiempo. Uno que no estaba hecho de extraño metal, sino de piedra y hierro y madera corrientes, aunque era lo bastante difícil para llenar a un par de inteligentes niñas de cuatro años de curiosidad y determinación. ¿Qué ocultaban las madres Lamai tras la pared tallada de la bodega, llena de estrellas cinceladas y serpientes enroscadas? Contrariamente al rompecabezas que ahora tenía delante, aquél no era un trabajo inaudito de artesanía, pero seguía claramente el mismo principio. Era una cerradura de combinación. Una donde el número de objetos que colocar excedía con mucho cualquier posibilidad de acertar por casualidad. Una cuya respuesta correcta debía de ser inolvidable, intuitivamente obvia para los iniciados, y eternamente oscura para los extraños.

Contexto compartido. Ésa era la clave. La simple memoria, a lo largo de generaciones, demostraba no ser de fiar. Pero con una cosa se podía contar: si fundabas un clan, tus lejanas tataranietas, con una educación similar y un cerebro casi idéntico al tuyo, pensarían de forma muy parecida a ti. Lo que había sido olvidado lo recuperarían recreando tus procesos de pensamiento.

Esa reflexión había abierto una vía, después de que Maia fracasara en sus primeros intentos en la bodega de la Casa Lamatia, y de que los esfuerzos de Leie con un pequeño gato hidráulico amenazaran con romper el mecanismo, en vez de persuadirlo. Incluso Leie había reconocido que la curiosidad no merecía el castigo que eso acarrearía. Así que Maia reconsideró el problema, esta vez intentando pensar como una Lamai. No fue tan fácil como parecía.

Había crecido rodeada por madres, tías, medio hermanas Lamai, conociendo sus pautas de comportamiento en cada fase de la vida. El cauto entusiasmo de los tres años, por ejemplo, que se escudaba rápidamente tras una cínica máscara para cuando cada una de aquellas muchachas con trenzas cumplía cuatro. Un estallido romántico en la adolescencia, seguido por la introversión y un claro desdén por todo aquello y toda persona que no fuera Lamai, un desdén que era tanto mayor cuanto más digna parecía la extraña. Y finalmente, al final de la mediana edad, se suavizaba, la armadura se relajaba lo suficiente para que el grupo de gobernantas estableciera alianzas y se relacionase con éxito con el mundo exterior. La primera joven Lamai var, la Fundadora, debía de haber sido afortunada, o muy lista, para llegar por sí misma a la edad del tacto. A partir de ese momento, los asuntos se hacían más fáciles a medida que cada generación mejoraba el arte de ser aquella continua entidad individuaclass="underline" Lamatia.

Reflexionando sobre el problema, Maia había advertido que no sabía nada de cómo se sentían interiormente las Lamai individuales. Haciendo un esfuerzo mental, imaginó a una hermana Lamai mirándose al espejo y usando palabras como «integridad… honor… dignidad». No se veían a sí mismas como maliciosas, caprichosas o rencorosas. En cambio, veían a las demás como inherentemente indignas de confianza, peligrosas.

Miedo. ¡Ésa era la clave! Maia se había quedado sin habla después de aquel primer ramalazo de intuición, cuando comprendió lo que impulsaba a su clan materno.

Era más que miedo. Era un temor que ni el dinero ni la seguridad podían apaciguar, porque estaba entretejido en la matriz de personalidad del tipo.

El azar genético respaldado por una educación en la que el yo reforzaba sin cesar al yo, comprendiendo y aumentando una y otra vez.

No era un terror paralizador, o de lo contrario las hijas de aquella única var nunca habrían llegado a ser una nación. Lamatia racionalizaba más bien aquel miedo, lo usaba para motivarse, como fuerza impulsora. Las Lamai no eran felices. Pero tenían éxito. Incluso criaban a más progenie veraniega de éxito de lo habitual.

Las hay peores, recordó haber pensado Maia el día en que se hizo aquella reflexión, mientras giraba una manivela para hacer bajar el montacargas a la cripta, bajo las cocinas. ¿Quién soy yo para juzgar nada?

Barajando varias posibilidades, Maia se acercó a la pared con nuevas ideas en mente. Las Lamai no son lógicas, aunque pretenden serlo. ¡He estado intentando resolver el acertijo racionalmente, como si de una serie de símbolos ordenados se tratara, pero apuesto a que será una secuencia basada en la emoción!

Ese día (parecía que hacía siglos), alzó su linterna para escrutar las familiares pautas de figuras de piedra. Estrellas y serpientes, dragones y cuencas boca arriba. El símbolo del Hombre. El símbolo de la Mujer. El emblema de la Muerte.

Imagínate aquí de pie con un encargo que cumplir, pensó Maia. Eres una Lamai confiada, ocupada y mayor. Hija de clase alta de un noble clan. Orgullosa, digna, impaciente.

Ahora añade un ingrediente más, por debajo de todo. Una capa oculta de terror…

Un largo año más tarde, y casi al otro extremo del mundo, Maia intentó realizar el mismo ejercicio, tratando de ponerse en los zapatos de otro tipo de persona. De la clase de persona que habría dejado un complejo rompecabezas de placas hexagonales sobre una pared de metal. Un enigma que se alzaba entre dos desesperados supervivientes y su única esperanza de escapar de una trampa mortal.

—Este sitio es antiguo —le dijo a Brod en voz baja.

—¿Antiguo? —Él se echó a reír—. ¡Era un mundo distinto! Ya has visto las ruinas. Todo este archipiélago estaba lleno de santuarios, más grandes que ninguno de los que hoy se conocen. Debe de haber sido el foco, el mismo centro de la Gran Defensa. Podría incluso haber sido el único sitio de Stratos donde, en toda la historia, los hombres tuvieron algo que decir… hasta que a esos reyes fanáticos se les subió a la cabeza y lo estropearon todo.

Maia asintió.

—Toda una región, dirigida por hombres.

—En parte. Hasta el destierro. Sé que es difícil de creer. Supongo que es por eso que la Iglesia y el Consejo fueron capaces de suprimir incluso el recuerdo de su existencia.

Lo que Brod decía tenía sentido. Incluso teniendo las pruebas a su alrededor, Maia tenía problemas para entenderlo. Oh, no podía negarse que los varones podían ser bastante inteligentes, pero planear más allá del lapso de vida de un solo humano se suponía que estaba fuera del alcance incluso de sus líderes más brillantes. Sin embargo, ante ella se alzaba un ejemplo de lo contrario.

—En ese caso, este acertijo fue diseñado para ser resuelto por hombres, quizá con el propósito específico de mantener a las mujeres fuera.

Brod se frotó la mandíbula.

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