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Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
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Maya se queda callada un momento. Está pensándolo e intentando llegar a una conclusión.

– ¿Tú crees que funcionará?

Yo suelto una carcajada.

– Ni de coña. Seguramente me despedirán, pero la verdad es que me apetece intentarlo.

Después de decir aquello en voz alta, me siento embargada por una extraña emoción. Estoy como… no sé, excitada.

– ¿Y vas a arriesgar tu trabajo?

– Yo también estoy sorprendida. Cuando me desperté ayer por la mañana, me sentía bastante satisfecha con mi trabajo.

Maya da un traguito de su cosmopolitan.

– ¿Y qué ha cambiado?

Una pregunta excelente.

– No lo sé muy bien. Tenemos una nueva directora de belleza y moda que parece escuchar ideas, cosa rara en Fashionista, y, la verdad, estoy harta de hacer siempre lo mismo. Año tras año hacemos fotos de famosos, escribimos qué se ponen, qué deportes practican…

Lo de patinar sobre nieve está siendo un rollo insoportable, por cierto. Pero dentro de unos días habré escrito un artículo de quinientas palabras que tendrá demasiados adjetivos, demasiadas cursivas, demasiados nombres y demasiados signos de admiración. Pero no te dejes engañar. Sólo es el estilo de Fashionista para intentar convencerte de que el esquí sobre patines es lo más de lo más.

– ¿Recuerdas lo emocionada que estaba cuando conseguí el trabajo?

Maya asiente con la cabeza. Claro que lo recuerda. En ese momento, yo dormía en su sofá.

– Habíamos terminado la carrera dos años antes, pero a mí me parecía que llevaba más de una década haciendo café para el editor del Bierlyville Times. Entonces pensaba que no había nada más glamouroso en la vida que vivir en Manhattan y hablar de los famosos -suspiro, tomando un sorbo de mi gin tonic-. Una ingenua de Missouri donde las haya.

Maya no comenta sobre mi simplicidad típica del Medio Oeste. Ella nació en Connecticut y solía ir a Nueva York de copas.

– Si el motín no funciona y te despiden, no te preocupes. Puedes trabajar como free lance. Yo te ayudaré a empezar… hay mucho mercado.

A pesar de que trabaja con extraños, Maya siempre defiende a los free lance. Es como esos emigrantes que llegan a Nueva York y escriben a sus parientes para decirles que aquí se atan los perros con longanizas. Yo sé que no es así, que no todo el mundo es próspero en la tierra de la prosperidad, pero a veces uno no tiene alternativa. A veces, ciertos eventos te obligan a dar un salto. Trabajar en Fashionista empieza a ser para mí como la hambruna irlandesa de primeros de siglo.

Son las siete de la tarde y el bar se ha llenado de gente. Un tipo con mocasines de Loewe se coloca entre nuestros dos taburetes y mueve las manos frenéticamente para llamar la atención del camarero.

Maya y yo no tenemos que decirnos nada. Miro al camarero y él me da la cuenta.

Mi amiga protesta; insiste en pagar, pero no la dejo. En realidad, esto ha sido una celebración para mí: nos hemos librado de Roger. Y aunque setenta y cinco dólares son muchos dólares, el precio es pequeño.

Cuando llegamos al vestíbulo del hotel, Maya entra en el lavabo y yo me quedo esperando en la puerta. Acaba de llegar un enorme grupo de japoneses. El hotel es tremendamente moderno: sofás de terciopelo color verde lima, sillones de cuero, mesas de aluminio… nada pega con nada. O, más bien, nada pegaría en cualquier otro sitio, pero el hotel Paramount es el colmo de la modernidad.

Maya reaparece unos minutos más tarde. Sale del lavabo y es inmediatamente acosada por una mujer japonesa pidiéndole que le haga una foto con su amiga. Ella acepta, pero después de cuatro cosmopolitan no se da cuenta de que está tapando el objetivo con el pulgar. La señora japonesa es demasiado educada como para comentarlo y, cuando nos vamos, le pide a otra amiga nipona que le haga la foto.

Fase uno

A pesar de la indudable mejoría en la vida de la hermana de Alex Keller después de nuestro makeover, yo no creo que Keller me deba ningún favor. Sin embargo, decido hablar con él personalmente. No quiero mantener esta conversación por teléfono ni por correo electrónico. Quiero ver su cara y comprobar cómo reacciona. A veces, es la única forma de saber si uno debe avanzar o retirarse.

Llamo a su ayudante, Delia Barker, para pedir una cita.

– Alex está ocupadísimo. Pero puedes dejarle un mensaje.

– ¿Seguro que no tiene cinco minutos para mí en los próximos siete días?

– Lo siento, pero está ocupadísimo -insiste Delia-. Pero puedes dejarle un mensaje.

Esta chica parece un contestador automático. Decidida, voy a comprobarlo por mí misma. Delia, con su sempiterna trenza, me muestra una agenda.

– Alex está ocupadísimo. Compruébalo si quieres.

Acepto la agenda y echo un vistazo a sus compromisos: comidas, estrenos, reuniones, sesiones de fotografía, pruebas de vestuario, más reuniones. Pero no sólo para los próximos siete días, sino para los próximos siete meses. Eso no puede ser real. Tiene que haber una agenda oculta, de esas que no se enseñan a Hacienda. Miro a Delia, pero ella se mantiene en sus trece. Alex está ocupadísimo, pero puedo dejarle un mensaje.

Le doy las gracias y busco otra manera de verlo. Hacer caso a Delia y dejarle un mensaje sería lo más sensato, pero lo que hago es meterme en el armario de material que está al otro lado del pasillo y esperar. Tengo que hacer varias llamadas, pero da igual. Estoy concentrada en un solo objetivo: un cara a cara con Alex Keller.

Cinco horas más tarde sigo esperando. Lydia ha venido dos veces para buscar sobres y me ha mirado con cara rara. Cada vez que la veía entrar, yo tomaba una caja de grapas y me ponía a estudiarla con auténtica fascinación.

Estoy a punto de marcharme cuando Delia le dice a alguien que Alex está en una reunión, pero lo llamará en cuanto salga. Si Alex está en una reunión, lleva seis horas en esa reunión. No puede ser, así que espero a que Delia salga de la oficina. Y cuando desaparece en el lavabo, yo entro en el despacho de Alex.

Espero interrumpir una reunión importantísima, pero el despacho está vacío. Ha dejado el ordenador y la lámpara encendidos. Incluso hay una taza de café sobre su mesa. Pero a mí no me engaña. Sé lo que está haciendo porque yo hago lo mismo. Pero mientras mis desapariciones duran sólo un par de horas, Alex ha hecho de ellas una carrera.

Sólo tengo como prueba una taza de café frío, pero estoy segura de que es así. No hay otra explicación para su fantasmal existencia.

Salgo del despacho antes de que vuelva Delia; Delia, su cómplice, que cuenta mentiras y falsifica documentos para él.

En mi escritorio me esperan veinte fotografías de anillos de pedida, una lista de joyeros a los que llamar y otra de diseñadores de ropa para esquiar con patines. Tengo treinta y dos mensajes nuevos, la luz del contestador está encendida y Dot me ha dejado cuatro post-it en la mesa, cada uno más ilegible que el otro.

Gracias a mi labor de espía, me quedan horas por delante. No voy a poder salir de aquí hasta las diez.

Me dejo caer sobre la silla con un suspiro, pensando que, si tuviera una ayudante que me cubriese las espaldas, tampoco yo tendría que venir a trabajar.

Sigue la primera fase

Christine está hablando de las naranjas chinas.

– Las quisquillas son a la langosta lo que las naranjas chinas a las naranjas de Valencia.

Yo asiento con la cabeza, como si hubiera entendido la analogía.

– A ver si me explico… las quisquillas son a la langosta lo que las naranjas chinas a las naranjas normales.

Yo me encojo de hombros.

– ¿Porque te comes lo de fuera?

– ¡Exacto! ¡Te comes la piel! ¿No es increíble?

Me gustaría decir que he visto cosas mucho más increíbles, pero no tengo ganas de alargar la conversación.

– Sí, claro.

– Toma -dice Christine, ofreciéndome una naranja china-. Son una revelación.

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