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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Habían pasado cuatro semanas desde la caída del cometa, y durante aquel tiempo había ido avanzando hacia el norte! Poco después de abandonar su casa se quedó sin coche. Le fue arrebatado por dos hombres con sus mujeres e hijos. Le habían dejado su mochila y gran parte de su equipo, pues en los primeros días tras la catástrofe la gente no sabía hasta qué punto empeorarían las cosas, o tal vez eran personas decentes cuya necesidad era mayor que la suya. Eso era lo que le habían dicho, de todos modos. Lo mismo daba.

Ahora, más delgado y —tenía que admitirlo— más sano de lo que nunca había estado (con excepción de los pies, que tenían ampollas incurables, puesto que la diabetes dificulta la circulación, motivo por el que sólo podía avanzar unos pocos kilómetros al día), Dan Forrester, doctor en humanidades y astrónomo sin estrellas, patrono sin posibilidad de empleo a la vista, seguía caminando porque no había nada más que hacer.

Los vientos ya no eran feroces, salvo cuando soplaban huracanes, y éstos eran menos frecuentes. La lluvia había remitido, caía con menos insistencia y a veces incluso cesaba durante algún tiempo, lo que era una bendición. Además, la lluvia se había vuelto fría y en ocasiones se producían neviscas. Nieve en julio, a mil doscientos metros de altura. Nevaba mucho más pronto de lo que Dan había esperado. La cubierto nubosa que envolvía la Tierra reflejaba gran parte de la luz del sol, y el planeta se estaba enfriando. Dan podía imaginar que se estaban iniciando glaciares en el norte. Ahora sólo las laderas de las montañas y los valles altos estaban ligeramente cubiertos de nieve, pero aquella nieve no se fundiría en mucho tiempo.

Decidió tomarse un descanso y se apoyó en un árbol, presionando con la mochila sobre la áspera corteza. De ese modo no estaba sentado del todo, aligeraba peso de sus pies y le resultaba más fácil que quitarse la mochila y levantarla de nuevo. Cuatro semanas ya, y empezaba a nevar. El invierno podría ser muy duro...

—No se mueva.

—De acuerdo —dijo Dan.

¿De dónde procedía aquella voz? No movió nada más que los ojos. Dan estaba acostumbrado a considerarse inofensivo, no sólo de aspecto sino por naturaleza, pero ahora era más delgado, tenía una barba rala y nadie parecía inofensivo en aquel mundo dominado por el miedo. Un hombre vestido con un uniforme militar salió por detrás de un árbol. El rifle que llevaba en las manos parecía ligero, pero el orificio de su cañón era amenazador.

El hombre echó un rápido vistazo a izquierda y derecha.

—¿Está solo? ¿Tiene armas? ¿Algo de comer?

—Sí, no y poca cosa.

—No me venga con guasas. Abra la mochila.

El hombre uniformado estaba muy nervioso y miraba atrás de reojo. Su piel era muy pálida. A Dan le sorprendió que no tuviera barba crecida. Sin duda se había afeitado hacía menos de una semana. Dan se preguntó por qué motivo.

Dan se desprendió de la mochila y empezó a abrirla. El hombre uniformado le observaba mientras iba abriendo cremalleras.

—Esto es insulina —dijo Dan, dejando a un lado el paquete—. Soy diabético. Llevo dos. —Sacó el otro paquete y el libro envuelto.

—Abra eso —ordenó el hombre, señalando el libro. Dan le obedeció.

—¿Dónde está su comida?

Dan abrió una bolsa de plástico. De su interior salió un hedor horrible. Ofreció el pescado al hombre.

—No hay nada para conservarlo —le dijo—. Lo siento. Pero creo que es comestible, si no espera demasiado.

El hombre devoró el puñado de hediondo pescado crudo como si llevara una semana sin comer.

—¿Qué más tiene? —le preguntó.

—Chocolate —dijo Dan en tono resignado. Era el último chocolate del mundo y Dan lo había conservado día tras día, esperando que ocurriera algo digno de celebración. Observó al hombre uniformado mientras se lo comía sin ninguna ceremonia, sin saborearlo.

—A ver qué tiene ahí. —El hombre señaló las cacerolas.

Dan levantó la tapa de la mayor. Dentro había otra que, a su vez, contenía un hornillo pequeño.

—No tengo gasolina para el hornillo. No sé bien por qué lo llevo, pero ya ve. Las cacerolas no sirven de mucho sin algo que cocinar.

Dan procuró apartar la vista de los trozos de delgado alambre de cobre que había sacado de la mochila. Le servían para cazar y, sin ellos, Dan probablemente se moriría de hambre.

—Me quedaré una de sus cacerolas —dijo el hombre.

—Muy bien. ¿Grande o pequeña?

—Grande.

—Tenga.

—Gracias.

Ahora el hombre parecía algo más relajado, aunque seguía mirando de reojo a todas partes y se sobresaltaba ante los ruidos más ligeros.

—¿Dónde estaba usted cuándo pasó todo? —preguntó el hombre haciendo un gesto vago.

—En los laboratorios de propulsión a chorro, en Pasadena. Lo vi todo. Recibimos imágenes directamente desde el laboratorio espacial.

—¿Todo? ¿A qué se refiere?

—Hubo muchos impactos. La mayoría al este de aquí, en Europa y el Atlántico, pero otros cercanos, al sur. Por eso me dirigí hacia el norte hasta que me quedé sin coche. ¿Sabe usted si funciona la central nuclear de San Joaquín?

—No. Ahora hay un océano donde estuvo el valle San Joaquín.

—¿Y qué me dice de Sacramento?

—No lo sé.

El hombre parecía indeciso, pero su rifle seguía apuntando directamente a Dan. Una leve presión y Dan Forrester dejaría de existir. Era una sorpresa para él que deseara tanto vivir, aunque sabía que no tenía auténticas posibilidades. Si vivía hasta el invierno, moriría entonces. Calculó que más de la mitad de los que vivieran hasta el invierno no verían la primavera.

—Hacíamos una marcha de entrenamiento —dijo el hombre uniformado—. Cuando los camiones quedaron inmovilizados, algunos de nosotros matamos al oficial y nos largamos. Era lo que había propuesto Gillings, y nos pareció una buena idea. Yo fui con ellos. Al fin y al cabo, aquello sería la muerte para todos, ¿comprende? —El hombre hablaba apresuradamente. Necesitaba justificarse antes de matar a Dan Forrester—. Pero luego tuvimos que andar y andar, no pudimos encontrar comida y... —Se interrumpió de súbito, con el rostro ensombrecido—. Lástima que no tenga más comida. Me quedo con su chaqueta.

—¿Así por las buenas?

—Quítesela. No teníamos equipo para la lluvia.

—Es usted demasiado grande —le dijo Dan—. No le sentará bien.

—No importa.

El hombre temblaba. Estaba tan mojado como Dan. Y además no tenía demasiada grasa que le sirviera de aislante.

—No es más que un anorak. Ni siquiera es impermeable.

—Es suficiente. Puedo quitárselo, ya sabe.

Claro que podía, y con un agujero. O tal vez no. Un tiro en la cabeza no agujerearía la prenda. Dan se la quitó. Estaba a punto de arrojársela al bandido cuando pensó en algo.

—Observe —le dijo.

Metió la capucha en un pequeño bolsillo situado en el cuello y cerró la cremallera. Luego volvió del revés el bolsillo grande e introdujo en él toda la prenda, que quedó reducida a un pequeño paquete. Dan cerró la cremallera y entregó el paquete al hombre.

—¿Sabe lo que está robando? —preguntó con un dejo de amargura—. Ya no pueden fabricar los materiales. Ya no hay máquinas. Una empresa de Nueva Jersey fabricaba ese anorak en cinco tallas y lo vendía tan barato que podías guardar uno en el portaequipajes del coche y olvidarte de él durante diez años. Ni siquiera tenías que buscarlo. La empresa te perseguía, te enviaba montones de propaganda. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que alguien pueda hacer eso de nuevo?

El hombre asintió. Empezó a retroceder para internarse entre los árboles, pero se detuvo.

—No vaya hacia el oeste —le dijo—. Matamos a un hombre y una mujer y nos los comimos. Créame, fue algo horrible. En cuanto pude me largué. Así que no sienta demasiado la pérdida de esta chaqueta y alégrese de que no haya madera seca por aquí.

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