El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
No era extraño que Hooker se sintiera perseguido por las furias. Nada había salido bien desde el día en que cayó el cometa, semanas atrás. Había olvidado exactamente cuántos días, pero dos soldados llevaban la cuenta, tachando los días en un calendario de bolsillo. Si el sargento Hooker necesitaba saberlo con precisión, podría averiguarlo.
El sargento había aprendido también a delegar las responsabilidades. Tenía que hacerlo. Como sargento, se había ocupado de tareas pequeñas. Ahora era el oficial al mando y tenía mayores preocupaciones.
Izquierda, derecha, lejos del valle, hacia el sur de nuevo, donde pudieran encontrar algún lugar donde detenerse, nuevos reclutas, algo que comer...
Observó las nubes y se preguntó si realmente se movían formando un remolino en sentido contrario al de las agujas del reloj. El único refugio a la vista era una casa, cuesta abajo. Tendría que enviar exploradores. Confiaba en que estuviera abandonada, y tal vez encontraran dentro alimentos en conserva, pero no era probable.
—¡Bascomb! ¡Flash! Cubrid esa granja. Averiguad si hay alguien. Si está habitada, habladles para que salgan. No disparéis.
—De acuerdo, sargento.
Dos soldados, de entre los que estaban sanos, salieron de la formación y corrieron colina abajo.
—¿No van a matarlos? —preguntó el doctor.
—Necesito reclutas, medicucho, y nos queda un poco de carne cocida, suficiente para un día más...
Hooker hablaba distraídamente. Todavía estaba observando a Bascomb y Flash que avanzaban hacia la casa, y el tiempo le preocupaba. Era poco más de mediodía, pero las nubes parecían moverse en una especie de remolino...
Algo brillante apareció entre las nubes. No podía ser la luz del sol. Era sólo un punto rojizo que se movía con mucha rapidez, casi paralelo a las nubes, entre cuyas masas oscuras aparecía y desaparecía.
—¡Nooo! —exclamó Hooker.
El doctor Cowles retrocedió unos pasos, temeroso de que el sargento se hubiera vuelto loco.
—No —repitió Hooker en voz baja—. No, no, no. No podemos soportarlo más. Ya es suficiente, ¿no comprende? Eso tiene que acabarse.
Los ojos de Hooker estaban fijos en el punto brillante que caía. No podría soportarlo, nadie podría si el Martillo golpeaba de nuevo.
Su plegaria fue escuchada. Un paracaídas se abrió detrás del meteorito. Hooker miraba sin comprender.
—Es una nave espacial —dijo Cowles—. Por todos los diablos, Hooker, es una nave espacial. Debe ser del laboratorio espacial. ¿Está bien, Hooker?
—Cállese —dijo Hooker, sin apartar la vista del objeto que caía suspendido del paracaídas.
—Eh, sargento —gritó Gillings—. ¿A qué sabe un astronauta? ¿A pavo?
—Nunca lo sabremos —replicó Hooker. Afortunadamente sólo Cowles vio la expresión de su rostro, y Cowles no hablaría—. Están cayendo en el valle, precisamente donde aquellos granjeros nos echaron ayer a tiros.
Caían hacia el este, a ciegas. Las nubes brillaban bajo el «meteorito» Soyuz. Aquí y allá las nubes adoptaban formas arremolinadas, espirales de huracanes. Al norte de la dirección que seguían los astronautas en su descenso se había formado una inmensa nube en forma de pico, matriz de huracanes que se desencadenaban sobre el agua caliente que aún debía cubrir el lugar del Pacífico donde se había producido el choque del cometa. El Soyuz empezó a vibrar y John Baker miró atentamente por la ventanilla, tratando de averiguar lo que les esperaba abajo. Mientras atravesaban las capas nubosas, el color gris claro iba haciéndose gradualmente más oscuro.
—Puede haber cualquier cosa ahí abajo —informó Baker.
Aumentó la velocidad del descenso. Habían salido de las nubes, pero abajo seguía estando oscuro. ¿Tierra, mar, marismas? No importaba. No podían hacer nada para mejorar su suerte en caso de que el lugar donde aterrizaran les fuera adverso. El Soyuz carecía de combustible y energía, y no había modo de maniobrarlo. Habían permanecido en el aire mientras pudieron, hasta que se agotó la última reserva de oxígeno, hasta que el laboratorio espacial, con su escasa energía eléctrica a causa de la avería de las células solares, se calentó de un modo intolerable, hasta que no pudieron ya seguir en órbita y se vieron obligados a regresar a una Tierra inhóspita.
Les había parecido apropiado hacer que el último vuelo espacial de la humanidad durase el máximo posible. Tal vez habían hecho algo importante al señalar los impactos y radiar sus localizaciones. Habían visto el ascenso y la caída de los cohetes, las explosiones atómicas que ya habían cesado. La guerra chino-rusa prosiguió, y tal vez durase eternamente, pero ya no se lucharía con armas atómicas. Lo habían visto todo, y sus informes radiados debían haber sido escuchados por alguien. Tenían confirmación de que les habían escuchado en Pretoria y Nueva Zelanda, y habían sostenido casi cinco minutos de conversación con el NORAD y Colorado Springs. No era un gran trabajo a presentar después de cuatro semanas en órbita tras la caída del cometa, pero hubieran seguido en órbita si las condiciones lo hubiesen permitido: eran los últimos viajeros del espacio.
—Paracaídas abierto —dijo Pieter a espaldas de Baker. Eran unas palabras sin especial significación, pero algo en el tono de voz del ruso hizo que Johnny se pusiera en guardia, por si acaso.
—Es una bajada muy difícil —comentó Rick—. Tal vez porque estamos sobrecargados.
—No, siempre es así —dijo Leonilla—. ¿Son vuestros Apolos más cómodos?
—Nunca he bajado en un Apolo —replicó Rick—. Pero debe ser mejor para los nervios. Nosotros llevamos trajes presurizados.
—Aquí no hay espacio para eso —terció Pieter—. Ya os he dicho que variamos el diseño de la nave después del problema que costó la vida a tres cosmonautas. No hemos tenido pérdidas, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
El exterior iba haciéndose más claro, y el suelo parecía acercarse velozmente.
—Creo que estamos demasiado al sur —dijo Pieter—. Los vientos son impredecibles.
—Hasta que lleguemos abajo. —Johnny Baker miró la extensión de agua abajo—. ¿Todos sabéis nadar?
Leonilla rió entre dientes.
—Podemos ir vadeando, el agua no parece profunda. De hecho... —Miró el panorama mientras los demás esperaban. Estaba en el asiento al lado de Johnny. Pieter y Rick se encontraban en el reducido espacio detrás de ellos—. De hecho, avanzamos tierra adentro, hacia el este. Veo tres, no, cuatro personas que salen corriendo de una casa.
—Doscientos metros —dijo Johnny Baker—. Preparaos. Vamos a aterrizar. Cien... cincuenta... veinticinco...
El sobrecargado Soyuz aterrizó violentamente. Parecía que habían caído sobre suelo sólido. Johnny suspiró y dejó que sus músculos se relajaran uno tras otro. No había más vibraciones, no debían temer que se agotara el aire, que la descompresión hiciera estallar la nave o que murieran ahogados. Habían aterrizado.
Todos estaban empapados en sudor. La temperatura durante el descenso había sido muy elevada.
—¿Todos estáis bien? —preguntó Johnny.
—Perfectamente.
—Sí, gracias.
—Salgamos de aquí en seguida —dijo Rick.
Johnny no veía la necesidad de apresurarse, pero Rick y Pieter debían estar muy incómodos allá atrás. El mismo Rick había sugerido aquella colocación, pero ello no la hacía más cómoda. Johnny manoseó el sistema de cierre desconocido. Soltó una maldición y la cerradura funcionó, como si hubiera esperado el exabrupto. La escotilla quedó abierta.