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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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George Christopher había autorizado la marcha de Harvey. Hardy no había querido arriesgarse. No era que le importase lo que pudiera ocurrirle a Harvey, pero las armas y la comida que éste llevaba eran valiosas. Sin embargo, Maureen había hablado con Hardy, y luego George Christopher salió para darle a Harvey las provisiones y explicarles las condiciones en que estaba la carretera.

Harvey estaba seguro de que aquello no era una coincidencia. Christopher no tenía razón alguna para ayudarle... y había empezado a comportarse el día en que Maureen habló de ello a Al Hardy y su padre, el día en que había mostrado una amistad abierta hacia Harvey Randall. Este no podía pasar aquel hecho por alto.

Era fácil ver lo que Maureen significaba para George Christopher, pero ¿qué significaba éste para ella? ¿Y qué significaba él mismo, Harvey Randall, para Maureen Jellison?

Era muy probable que se hubiera enamorado de ella, pero no podía saberlo con certeza. Había sido un marido bueno, casi fiel, durante dieciocho años, y eso no era precisamente una preparación para tener una nueva relación amorosa. O tal vez sí. Siempre le había parecido que dos personas lo bastante decididas a intentarlo podrían hacerlo. Ahora le costaba comprender el funcionamiento del amor. Había estado dispuesto a dar su vida por Loretta, pero no a quedarse en casa sólo porque ella tenía miedo. Ahora podía enfrentarse a aquel hecho, pero no estaba seguro de su significado.

Eran las primeras horas de la tarde, el momento adecuado para acampar. Mientras avanzaba escudriñaba atentamente la espesura a su alrededor. Se sentía muy solo y vulnerable. Hubo un tiempo en que cuando uno se alejaba de las vías principales podía contar con que encontraría buena gente, pero eso había sido antes de la caída del cometa. Algunos aspirantes a atracadores habían bajado de aquellas colinas aún no hacía un par de días, y ellos u otros como ellos podían prepararles una emboscada en cualquier parte. Pero hasta entonces no había visto a nadie.

El camino discurría a través de un bosque de pinos, por laderas empinadas, y todos los lugares llanos estaban encharcados. No sería fácil encontrar un sitio para acampar bajo aquella lluvia. Un hueco entre pedruscos, como el que habían utilizado para instalar el puesto de vigilancia, sería lo mejor. Pero debería tener mucho cuidado; algo o alguien utilizaría cualquier lugar seco que pudiera encontrar. Osos, serpientes, cualquier cosa.

En el primer lugar donde miraron había una mofeta. Harvey lamentó tener que pasar de largo, puesto que hubiera sido un buen sitio para acampar. Eran dos rocas, apoyadas la una en la otra, y entre ellas un espacio seco. Pero los ojos pequeños y vidriosos y el olor inequívoco fueron invencibles.

Además, las mofetas pueden transmitir la rabia. Una mordedura de mofeta podía ser lo más peligroso en aquellos contornos. Pasaría mucho tiempo antes de que se pudiera disponer de nuevo del tratamiento Pasteur contra la rabia...

En la cueva siguiente había un zorro o un perro salvaje. No pudieron distinguir bien qué era, pero ahuyentaron al animal. La zona cubierta por las piedras no estaba seca ni era bastante grande, pero cortaron unas ramas para sostener sus capotes de monte y al menos evitaron que siguiera cayéndoles agua sobre la cabeza.

Tenían que encender una hoguera. Harvey pasó el resto de la tarde recogiendo madera. Había troncos empapados, pero si se cortaban podía obtenerse un poco de madera seca en el centro. Con toda la madera recogida podrían mantener el fuego durante una hora, tal vez más si tenían cuidado. Cuando se hizo totalmente oscuro, Harvey utilizó un poco del preciado gas de su encendedor.

—Ojalá tuviera una bengala de ferrocarril —dijo Harvey. Vertió cuidadosamente un poco de gas en la base del pequeño montón de madera seca—. Con una bengala es posible encender un fuego en medio de una ventisca.

—El maldito Hardy no te la daría —dijo Mark.

—Será mejor que tengas cuidado con él —le advirtió Harvey. Encendió una cerilla, el gas se inflamó y las llamas les cegaron un instante. La madera prendió, irradiando un calor escaso pero agradable—. No le gustas.

—No creo que le guste nadie —dijo Mark, empezando a colocar los trozos de madera más grandes junto al fuego, para que se secaran—. Siempre sonríe, pero es un hipócrita.

Harvey asintió. La sonrisa de Hardy no había cambiado desde la caída del cometa. Seguía siendo el ayudante del político, el hombre amistoso con todo el mundo, pero ahora su sonrisa era una amenaza, no algo cordial y amigable.

—Jesús —dijo Mark.

—¿Qué?

—Sólo pensar en esos pobres desgraciados me da repeluzno.

—No pienses en eso.

—No olvidaré lo que ha ocurrido —dijo Mark.

—Yo tampoco.

En el rancho de los Román habían encontrado cuatro muchachos asustados, dos chicos y dos muchachas, ninguno de los cuales tendría más de veinte años. Dos de ellos resultaron heridos en la refriega, cuando Hardy y Christopher los capturaron. Entonces hubo un intercambio de gritos entre Hardy y Christopher. George Christopher quería liquidar a los cuatro allí mismo. Al Hardy arguyó que debían llevarlos al pueblo. Harvey y Mark se pusieron al lado de Hardy, y finalmente Christopher accedió a los deseos de los demás.

Pero cuando llegaron al pueblo, el senador y el alcalde convocaron un juicio aquella misma tarde, y por la noche los cuatro muchachos colgaban delante del Ayuntamiento. El método de George Christopher no hubiera sido tan duro.

—Mataron a los Román y al otro tipo, el de Muchos Nombres —dijo Harvey—. ¿Qué otra cosa podríamos haber hecho con ellos?

—Diablos, se habían expuesto a eso —dijo Mark—. Pero todo fue tan rápido, y las chicas gritaban y lloraban de aquella manera... —Pensativo, Mark alimentó de nuevo la fogata.

Las ejecuciones habían conmocionado a varios vecinos del pueblo. Harvey no tenía duda al respecto. Pero nadie dijo nada. Los Román habían sido sus amigos. Además, discutir podría ser peligroso. Detrás de las sonrisas de Al Hardy, su calma perpetua y sus buenos modales, había una amenaza latente y definitiva: la carretera. Los que no cooperaran, los que causaran demasiados problemas, serían abandonados a su suerte en la carretera.

Estaban casi en la cima, en el punto más alto al que llegaba la carretera, y ya era hora de acampar. Era el tercer día desde su salida y la lluvia seguía cayendo con monótona insistencia. Cuanto más ascendían más frío. Aquella noche tendrían que encender un buen fuego, que durase hasta el día siguiente, lo cual significaba que habrían de turnarse para mantenerlo encendido.

Harvey estaba preparando los troncos, y todavía no había usado su encendedor cuando notaron el olor.

—Humo —dijo Mark—. Una fogata de campamento.

—Sí, y está bien escondido —comentó Harvey.

—No pueden estar lejos, de lo contrario nunca notaríamos el olor, sobre todo con esta lluvia.

Probablemente tampoco lo verían. Harvey hizo una seña a Mark para que se callara y permaneció en inmovilidad absoluta. Soplaba un fuerte viento desde más arriba de la montaña, y sin duda transportaba los olores del campamento. La lluvia era un telón de agua, y la luz mortecina no permitía ver nada más allá de unos pocos metros.

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