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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Echemos un vistazo —dijo Mark.

—Sí, pero dejemos aquí los capotes. No podemos mojarnos más de lo que ya estamos.

Ascendieron con cautela, siguiendo el camino, escudriñando la penumbra.

—Por allí —susurró Mark—. He oído algo. Una voz.

Harvey también creyó haberla oído, pero era demasiado débil. Avanzaron en aquella dirección. No valía la pena mantener la cautela, pues el viento y la lluvia se imponían a los demás ruidos, y los dos hombres chapoteaban en el suelo enfangado y cubierto de hojas mojadas.

—Espera un momento.

Permanecieron inmóviles. Había sido una voz de niña, bastante pequeña. Estaba muy cerca, probablemente oculta entre la espesura.

—¡Andy! —grite»—. Dos visitantes.

—Ya voy.

Harvey se quedó rígido. Era...

—¡Andy! —exclamó—. ¿Eres tú, Andy?

—Sí, señor.

Su hijo apareció en el camino. Harvey se precipitó hacia él.

—Andy, gracias a Dios que estás bien...

—Sí, señor, estoy bien. ¿Y mi madre...?

El recuerdo del bulto patético envuelto en una manta eléctrica atenazó a Harvey.

—Asaltaron la casa —dijo al muchacho—. Los saqueadores mataron a tu madre.

—Oh.

Andy se apartó de su padre. Una muchacha salió de entre la espesura. Iba armada con una escopeta. Andy se acercó a ella y se quedó a su lado.

Harvey pensó que el chico había crecido en un par de semanas. Observó la manera en que permanecía junto a la muchacha, en actitud protectora, con mucha naturalidad, y le recordó las palabras de la ceremonia del matrimonio: «una sola carne». Sí, parecían las dos mitades de una misma persona, pero eran tan jóvenes.. Unos pelos muy finos despuntaban en la barbilla de Andy. No una barba auténtica, sino una ligera pelusa como la que él tenía cuando Loretta se empeñó en que se afeitara porque no era atractiva, aunque apenas se veía.

—¿Está el señor Vanee aquí? —preguntó Harvey.

—Sí, venid por aquí —dijo Andy.

El muchacho dio media vuelta y su compañera volvió a ocultarse en la espesura. No había dicho una sola palabra. Harvey se preguntó quién sería. La... mujer de su hijo. Y ni siquiera sabía su nombre, ni Andy se lo había dicho. Algo en todo aquello le parecía a Harvey tremendamente mal, pero no sabía que podía hacer.

Gordie Vanee se alegró de verle, y la alegría de Harvey fue aun mayor. Gordie había construido un gran refugio, con troncos y una techumbre de hojas y ramas que resguardaba de la lluvia. Bajo el refugio había madera seca y colgaban pescados y pájaros que habían capturado. Sobre el fuego hervía una cacerola con caldo.

—¡Harv! Sabía que llegarías aquí. Te estaba esperando.

Aquel recibimiento asombró a Harvey.

—¿Cómo podías esperar que te encontrara?

—Bueno, éste es el sitio de reunión, donde siempre nos deteníamos antes de emprender las excursiones a pie.

No había bastante luz para comprobarlo, pero el lugar no parecía distinto a cualquier otro claro cerca de la carretera. Harvey sabía que jamás lo hubiera reconocido.

—Yo hubiera pasado de largo...

—Hubieras vuelto al llegar a la cabaña —dijo Gordie, lo que queda de ella.

Había una docena de chicos bajo el refugio, la mayoría agrupados en parejas, con los sacos de dormir unidos. Chicos y chicas, en parejas...

—¿Son chicas exploradoras? —preguntó Harvey.

—Te lo contaré luego. La semana pasada tuvimos algunos problemas. Ahora todo está en orden. Has... ¿has visto a Janie, ¿verdad?

—¿La chica que estaba con Andy? —Harvey miró a su alrededor. Andy ya no estaba allí. Había conducido a Mark y Harvey hasta el refugio y se había marchado sin decir palabra.

—Sí, Janie Somers. Ella y Andy... —Gordie se encogió de hombros.

—Ya veo.

Pero, en realidad, Harvey no lo veía. Andy era un muchacho, un niño...

A los catorce años, un muchacho romano recibía una espada y un escudo y se incorporaba a una legión. Podía convertirse legalmente en cabeza de familia, en propietario. Pero eso fue en Roma y aquello era...

Aquello era el mundo después de la caída del cometa. Andy tenía familia y era ya un adulto.

Los demás niños no eran tales. Miraban atentamente a Harvey, no de la manera en que un niño mira a un adulto.

Tal vez con suspicacia, pero no con ira ni respeto ni... Aquellos niños habían crecido mucho.

Había una muchacha en el saco de dormir de Gordie.

No podía tener más de dieciséis años.

El ambiente era seco y cálido. Las ropas de Harvey colgaban cerca del fuego, y estaba sentado sobre el saco de dormir de Gordie, parcialmente envuelto en él, y con los pies y piernas secos por primera vez en varios días.

El té no era auténtico, sino un brebaje a base de corteza, pero sabía bien, lo mismo que el tazón de caldo que Gordie le había dado antes. Mark dormía, con una sonrisa en los labios, muy cerca de la fogata. Los demás también estaban dormidos, o lo fingían. Andy y Janie estaban juntos en su saco de dormir; Bert, el hijo de Gordie, con otra chica, y Stacey, la muchacha con la que dormía Gordie, estaba acurrucada y apoyada en las rodillas de éste, dormitando.

A Harvey le producía una extraña impresión hogareña en medio de los bosques.

Gordie le contó lo ocurrido.

—Sí, al principio fue duro. Llevé al grupo de regreso a Soda Springs, cuando vi que el cometa había caído. Allí diluviaba y había huracanes. Al cuarto día nos dirigimos hacia aquí de nuevo. Anduvimos durante cuatro días, y al llegar nos encontramos con unos motoristas. Habían descubierto a las chicas que acampaban aquí. Nos hicimos cargo de ellos.

—Os hicisteis cargo. ¿Quieres decir que...?

—Claro, Harvey, ya sabes lo que quiero decir. Habían violado y matado a una de las chicas, y mataron también a la mujer que las cuidaba cuando intentó luchar con ellos.

—Dios mío —dijo Harvey—. Gordie, tú no tenías armas...

—Tenía una pistola del veintidós, por si acaso. Pero no la utilicé.

Aquel era un nuevo Gordie. Harvey no podría decir en qué se diferenciaba, porque hacía los mismos chistes y en muchos aspectos era el Gordie Vanee que Harvey conocía, pero en el fondo no era él. Para empezar, no era un hombre a quien uno pudiera imaginar como banquero. Parecía perfectamente adaptado al ambiente, con una barba de dos semanas, sin el vientre lleno pero tampoco hambriento. Cómodo, seco, sosegado y dueño de sí...

—Fueron unos estúpidos —prosiguió Gordie—. No querían mojarse, así que levantaron algunas tiendas de campaña al lado de su remolque. Todavía tenemos sus ropas de lluvia. Hemos usado algunas para construir este refugio. —Indicó con un gesto la estructura de troncos y piedras, la techumbre y el agujero que hacía de chimenea—. Todos estaban dentro, incluso los que debían montar guardia. Así que les golpeamos en la cabeza.

—¿Así por las buenas?

—Pues sí, y luego los degollamos. Andy mató a dos.

Gordie se quedó un momento en silencio para dejar caer sus palabras. Harvey siguió sentado, inmóvil, y luego miró al lugar donde Andy dormía con su... su mujer. Una mujer que había conseguido por derecho de conquista, rescatándola...

—¿Y después de eso las chicas se acostaron con vosotros? —preguntó Harvey.

—Pregúntaselo a ellas —respondió Gordie—. No violamos a ninguna, si te refieres a eso.

—Sólo técnicamente —dijo Harvey, pero en seguida se arrepintió de sus palabras.

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