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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—¿De qué sirve entonces seguir adelante si no superaremos el invierno?

Harvey se levantó y se acercó a ella. Maureen estaba muy quieta, y él se sentó a su lado, sin tocarla, pero ella era consciente de su proximidad.

—En primer lugar, no está todo perdido. Hay esperanzas, y no puedes ignorarlas. Hardy y tu padre han trazado unos planes excelentes. Es verdad que se necesitará suerte para llevarlos a cabo, pero tenemos una oportunidad. Vamos, admítelo.

—Tal vez, si tenemos suerte. ¿Pero y si se nos ha terminado la suerte?

El ignoró su pregunta y prosiguió:

—En segundo lugar, supongamos que todo sea un timo y que este invierno nos muramos de hambre. Aun así, Maureen, vale la pena intentarlo, aunque sólo pudiéramos ganar una hora, aunque pudiéramos librar a alguien una sola hora de sentir lo que sentí mientras estaba acurrucado en la parte trasera de mi furgón... Maureen, vale la pena morir sólo por evitar que un ser humano sienta eso. Te lo digo en serio. Y tú puedes hacerlo. Si es preciso fingir, finge. Pero hazlo.

Lo decía en serio. Quizás él fingiera también, tal como le había dicho a ella que hiciera, pero lo decía en serio. En caso contrario, ¿por qué iba a molestarse? Tal vez tenía razón. Ojalá la tuviera.

¿Hasta qué punto creía Harvey Randall en lo que decía? ¿Qué fuerza tendría su resolución? Maureen rogó por que no la perdiera, porque lograba comunicársela a ella. Podía compartirla.

Le miró y le preguntó en tono quedo:

—¿Quieres hacerme el amor?

—Sí —respondió él sin hacer el menor movimiento.

—¿Por qué?

—Porque hace meses que pienso en ti, porque no me sentiré culpable, porque quiero amar a alguien.

—Esas son buenas razones.

Maureen se levantó y le tendió los brazos. El rodeó sus hombros, sin estrecharla, mirándola. Ambos sabían que ahora no sería como la última vez, que todo sería distinto en lo sucesivo.

Maureen sentía frío en su espalda húmeda, y notó ahora el calor de las manos masculinas, reconfortante, como el olor a sudor y trabajo, un olor sincero, no el aroma artificial de un spray de loción. Cuando se inclinó para besarla, ella se aferró a su cuerpo, obedeciendo un impulso irrefrenable, deseosa de olvidarse de sí misma.

Finalmente se tendieron sobre el colchón neumático. Harvey la abrazó dulcemente, y ella tuvo la certeza de que después de tanto tiempo aquel acto de amor les haría mucho bien.

Más tarde, tendida junto a él, Maureen contemplaba cómo la luz de los relámpagos adoptaba formas extrañas a través del plástico verde, y pensaba en lo que había hecho.

Haz tu tarea. La vida no consiste más que en eso. Harvey no lo había dicho con esas palabras, que ella había leído en La peste de Albert Camus, pero aquello era lo que quería decir. Maureen se dijo que hacer su tarea incluía muchas cosas, pero no estaba segura de que también incluyera a Harvey Randall. El le decía aquello por lo que ella debería vivir, pero ella sabía muy bien que no podría hacerlo sola. ¿Qué haría George si supiera dónde estaba ahora? Sin duda echaría a Harvey de allí.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó Harvey. Su voz parecía llegar desde una gran distancia.

Ella se volvió hacia él y trató de sonreír.

—Nada... Todo. Sólo estaba pensando.

—Te has estremecido. ¿Tienes frío?

—No. Harvey... ¿Qué sabes de tu hijo, y el de Marie?

—Están por aquí, en algún lugar. Y tengo que ir en su busca. He intentado que Hardy me deje ir a explorar las cercanías, pero está demasiado ocupado para hablar conmigo. Iré sin su permiso, si es necesario, pero se lo preguntaré una vez más. Lo intentaré mañana. No, mañana, no. Hay que hacer otra cosa.

—Ir a casa de los Román.

—Sí.

—¿Tú también irás?

—Sí, parece que Mark y yo tenemos todos los números de la rifa. Iremos con el señor Christopher y su hermano, además de Al Hardy. Supongo que vendrán también algunos más.

—¿Habrá tiroteo? —preguntó ella con ansiedad.

—Quizá. Dispararon a Harry y mataron al otro hombre, el del rancho de los turistas del Este.

—¿Tienes miedo?

—Estoy aterrado. Pero hay que hacerlo. Y luego pediré a Hardy que me deje ir a buscar a Mark a las montañas.

Maureen no le preguntó si era imprescindible que fuera. Sabía perfectamente la respuesta.

—¿Volverás?

—Sí. ¿Quieres que vuelva?

—Sí, pero... pero no estoy enamorada de ti.

—No te preocupes por eso —dijo él con una risita—. Después de todo, apenas nos conocemos. ¿Me querrás alguna vez?

—No lo sé —dijo ella, pensando en su fuero interno que no se atrevería a querer. El amor no tenía futuro. No había en absoluto futuro—. Creo que nunca amaré a nadie.

—Ya verás como sí.

—No hablemos más de eso.

Llueve en el Sahara. El lago Chad se desborda y engulle la ciudad de Nguigmi. Los ríos Niger y Volta también se desbordan, ahogando a millones de seres que habían sobrevivido al maremoto. En Nigeria central la tribu Ibo se alza en revuelta contra el gobierno central.

Más al Este, palestinos e israelíes se dan cuenta de súbito de que ya no existen grandes potencias capaces de intervenir. Esta vez la guerra llegará a una solución definitiva. Los restos de Israel, Jordania, Siria y Arabia Saudí se ponen en marcha. No hay aviones, y queda muy poco combustible para los tanques. No habrá nuevos suministros de municiones, y la guerra no terminará hasta que se luche cuerpo a cuerpo.

SEGUNDA SEMANA: EL MONTAÑERO

El tiempo, como un torrente incesante, se lleva a todos sus hijos; Huyen, olvidados, como un sueño muere al despuntar él día.
Isaac Watts, 1719; Himno Anglicano 289

Diluviaba. Harvey Randall pasaba casi desapercibido, de la misma manera que él apenas veía los lugares en donde la carretera había desaparecido. Evitaba de un modo automático los baches más profundos, avanzando con cautela por el barro que cruzaba la calzada en forma de verdaderos ríos. Estar en movimiento le producía una agradable sensación. Avanzaba poco a poco por la serpenteante carretera en dirección a la Sierra Alta. No había otros coches ni gente, sólo la carretera. Tenía alimentos, un cuchillo y la pistola de tiro al blanco. La comida era parca, lo mismo que la munición, pero era una suerte contar con lo poco que tenía.

—Eh, Harv —llamó Mark, detrás de él—. ¿Descansamos un poco?

Harvey siguió andando. Mark se encogió de hombros y murmuró algo entre dientes. Pasó la escopeta del hombro derecho al izquierdo. Ocultaba el cañón del arma bajo el capote de monte con que se cubría, y así lo mantenía seco, pero Mark tenía la sensación de que ninguna parte de su cuerpo estaba seca. Sudaba tanto que el capote resultaba incómodo. Bajo aquella pesada prenda parecía estar en un baño de vapor.

Harvey ladeó un riachuelo. El camino que habían recorrido hasta entonces no era tan malo como para impedir el paso del potente furgón, y maldijo al senador y su testarudo ayudante, pero lo hizo en silencio. Si decía algo, Mark estaría de acuerdo con él, y Mark ya tenía bastantes problemas con Al Hardy. Uno de aquellos días a Mark le pegarían un tiro, o lo echarían de la fortaleza del senador, y en ese caso Harvey Randall tendría que tomar una decisión.

Entretanto podía poner todo su esfuerzo en trepar colina arriba. Un paso, una pausa durante una fracción de segundo, dejando inmóvil la pierna atrasada para que descansara un instante, cargar el peso en el pie adelantado, dar otro paso, un nuevo instante de descanso... Distraídamente, Harvey abrió una bolsita que colgaba de su cinto y sacó un pedazo de carne seca. Era carne de oso. Harvey nunca había probado hasta entonces aquella clase de carne, y ahora se preguntaba si alguna vez comería otra cosa. Pensó que al caer la tarde estarían a unos quince kilómetros de la fortaleza, y si podían cazar algo se lo comerían. Según las reglas del senador estaba prohibido cazar a menos de ocho kilómetros del rancho. Era una prohibición sensata. Más adelante la caza sería necesaria, y era preciso que los animales no se asustaran antes de tiempo. Todas las reglas del senador tenían sentido, pero no dejaban de ser reglas, proclamadas sin discusión, órdenes emitidas desde la gran casa y a las que nadie se oponía excepto los Christopher, aunque éstos todavía no las discutían.

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