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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Sí, la gente del senador —dijo Wilson.

—¿El senador? —preguntó John Baker, procurando que su rostro no mostrara emoción. Apartó la mirada del terrible mar interior y la dirigió a las colinas hacia el este.

—El senador Arthur Jellison —informó Deke Wilson.

—Parece que no le gusta mucho —dijo Rick Delanty.

—No exactamente. No puedo censurarle, pero no tengo por qué apreciarle.

—¿Qué ha hecho? —preguntó Baker.

—Está organizado —explicó Wilson—. En ese valle suyo. —Wilson señaló al noreste, hacia las estribaciones de la Sierra Alta—. Está rodeado de colinas. Tienen patrullas, guardias fronterizos, y no dejan entrar a nadie sin su autorización. Si quiere ayuda, se la proporcionarán, pero a un precio muy alto. Tendrá que alimentar a sus hombres y entregarles más comida, petróleo, municiones, fertilizantes, todo lo que pueda conseguir.

—Si tienen petróleo, creo que estarán en buenas condiciones —dijo Rick Delanty.

Wilson hizo un amplio gesto que abarcaba el terreno circundante.

—¿Cómo podemos mantenernos aquí? No hay límites fronterizos. No hay rocas para convertir este lugar en una fortaleza. No tenemos tiempo para construir. No hay forma de evitar que entren los refugiados y saqueen lo que tengamos. ¿Quiere cerrar ese cacharro? No quiero tanta gente aquí sin hacer nada. Hay trabajo que hacer. Mucho trabajo.

—Sí. El material estará seguro. —Pieter trepó al Soyuz y cerró la escotilla.

—No hay electricidad —dijo Johnny Baker—. ¿Y las centrales nucleares? ¿La que había cerca de Sacramento?

Wilson se encogió de hombros.

—Sacramento estaba a menos de ocho metros sobre el nivel del mar. Los terremotos lo desbarataron todo, y es posible que la central nuclear esté bajo el agua, o tal vez no. No podría decirle. Entre aquí y la ciudad hay una extensión de agua y marismas de cuatrocientos kilómetros, y la mayor parte del valle ha quedado inundado y a bastante profundidad. ¿Ha cerrado eso? Vámonos.

Anduvieron colina arriba, hacia la granja. Al acercarse, Baker vio los sacos de arena y las trincheras individuales excavadas alrededor de los edificios. Mujeres y niños trabajaban en el refuerzo de las fortificaciones.

Wilson se quedó pensativo.

—General —dijo por fin—. Usted tendría que hacer algo mejor que excavar trincheras, pero no sé qué podría ser.

Johnny Baker no dijo nada. Estaba abrumado por lo que había visto y sabido. Allí no había civilización, sino unos granjeros desesperados que trataban de conservar unas pocas hectáreas de terreno.

—Podemos trabajar —dijo Rick Delanty.

—Tendrán que hacerlo —replicó Wilson—. Miré, dentro de unas semanas tendremos noticias del senador. Le haré saber que ustedes están aquí, y tal vez él quiera que vayan a su rancho. Tal vez esté tan interesado que se sentirá en deuda con nosotros por la transferencia. Podría sernos útil que se sienta en deuda.

CUARTA SEMANA: EL PROFETA

De todos tos estados, el peor es aquel cuyos gobernantes, gozando de una autoridad lo bastante amplia para que todos les obedezcan de buen grado, ceden parte de ésta a algunos de sus súbditos en proporción suficiente para permitirles constreñir a los demás.

Bertrand de Jouvenal, Soberanía

Había existido un mundo loco que estaba vivido en la memoria de Alim Nassor. Hubo un tiempo en que los blancos alimentaban los guetos, sobornaban para impedir revueltas, y Alim recibió su parte. No se trataba sólo de dinero, sino de poder, y Alim era conocido en el Ayuntamiento y tenía buenas perspectivas.

Luego hubo un alcalde negro, y con él se terminó el dinero y el poder se desvaneció. Aquello fue un duro golpe para Alim. Sin el dinero y los símbolos que se podían adquirir con él, uno no era nada, menos que los chulos, los traficantes de drogas y la demás basura que florecía en los guetos. Alim perdió su poder y tenía que recuperarlo, pero entonces le cogieron saqueando un almacén, y la única manera de salir bien librado fue pagar a un fiador y un abogado, ambos blancos. Le sacaron de la cárcel, y para pagarles tuvo que asaltar otro almacén. ¡Era un mundo loco!

Trescientos blancos de los más ricos habían huido a las colinas. ¡Se acercaba la condenación procedente del cielo!

Alim y sus hermanos se habían propuesto enriquecerse de una vez por todas. Fueron ricos, tuvieron camiones enteros cargados de mercancía fácil de colocar, y entonces...

Una verdadera locura. Como en un sueño, Alim Nassor recordó la época anterior al cometa. Había hecho cuanto podía para proteger a los hermanos que le escuchaban. Cuatro de los seis equipos de asalto se habían desenvuelto a pesar de la lluvia, los terremotos y los refugiados, que eran tanta gente. Pero tuvieron un contratiempo cerca de Grapevine. El motor de uno de los camiones empezó a fallar. Le quitaron la gasolina con un sifón y lo arrojaron a la cuneta. Arrojaron también todo el material eléctrico: receptores de televisión, aparatos de alta fidelidad, radios y un ordenador pequeño, pero conservaron un telescopio y unos prismáticos.

Durante algún tiempo no tuvieron problemas. Cerca de la cabaña donde se ocultaban había un rancho, con ganado y alimentos, suficiente para mantener a una docena de hermanos largo tiempo. Ni siquiera tuvieron que pelear, porque el ranchero estaba muerto. El techo se había derrumbado, rompiéndole las piernas, y el hombre había muerto de hambre o desangrado. Pero luego aparecieron muchos blancos armados, y dieciocho hermanos en tres camiones tuvieron que salir huyendo en medio de un viento huracanado.

A partir de entonces las cosas fueron de mal en peor. No tenían nada qué comer, ningún lugar donde ir. Nadie quería negros. ¿Qué iban a hacer? ¿Morirse de hambre?

Alim Nassor estaba sentado bajo la lluvia, con las piernas cruzadas, dando cabezadas y rememorando. Hubo un mundo loco, con leyes ideadas por idiotas parlanchines y lujos increíbles: café caliente, filetes para cenar y toallas secas. Alim llevaba un abrigo que le sentaba perfectamente, un abrigo femenino de armiño, mojado como una esponja. Ninguno de los hermanos tenía nada que decir al respecto. Una vez más, Alim Nassor tenía poder.

Unas botas entraron en su campo de visión, unas botas robadas, con las costuras rotas y las suelas desgastadas tras largas caminatas. Alim alzó la vista.

Swan era un peso ligero que llevaba toda clase de objetos puntiagudos en su persona. Era delgado como un bailarín, frío y peligroso, o así lo pareció cuando Alim le propuso unirse a su equipo de atracos. Ahora parecía medio muerto de hambre y desmoralizado.

—Jackie ha vuelto a meterse con Cassie —dijo Swan—. A Cassie no le gusta. Creo que ella se lo dijo a Chick.

—Mierda —dijo Alim, poniéndose de pie.

—Deberíamos matar a ese Chick —sugirió Swan.

—Escúchame bien. —Alim notó que le faltaba fuerza en la voz. Estaba cansado, muy cansado. Se inclinó hacia Swan y le habló lentamente, dejando entrever la amenaza—. Necesitamos a Chick. Mataría a Jackie antes que matar a Chick. Y te mataría a ti.

Swan retrocedió un poco.

—De acuerdo, Alim.

Alim se sintió satisfecho. Swan no le había plantado cara, sino que acataba su poder.

—Chick es el hermano más grande y más fuerte, pero ésa no es la razón. Chick es granjero. Granjero, ¿comprendes? ¿Quieres hacer esto el resto de tu vida? Estuvimos andando sin parar durante diez días. ¿Te gustó eso? Tiene que haber un lugar para nosotros en alguna parte, pero no importa que no podamos cultivar...

—Que alguien haga el maldito trabajo —dijo Swan.

—¿Y cómo sabremos si lo hacen bien? —preguntó Alim. Estaba a punto de mostrar su desesperación—. ¿Dónde está Chick?

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