El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
El bandido se rió antes de dar media vuelta y alejarse corriendo.
Dan meneó la cabeza. ¿Tan pronto había empezado el canibalismo? Todavía le quedaban dos camisetas, una camisa de franela de manga larga y el suéter. Había tenido suerte, y lo sabía. Empezó a llenar de nuevo su mochila. Todavía tenía el alambre para colocar plantas, más precioso que la prenda perdida. Lo guardó cuidadosamente.
No tenía que ir al oeste. La central nuclear de San Joaquín estaba al oeste, pero el valle estaba lleno de agua. La central no podía haber sobrevivido a la inundación y, además, no estaba terminada. Sólo quedaba la opción de ir a Sacramento. Dan trazó mentalmente un mapa de California. Se encontraba en las colinas que forman el límite oriental del valle central inundado. Había tratado de abrirse camino hacia las tierras bajas, donde la marcha no sería tan dura. Pero las tierras bajas estaban al oeste, y los caníbales se encontraban entre él y el lago en que se había convertido el valle de San Joaquín. Dan no confiaba en vivir mucho, pero la idea de ayudar a los caníbales le producía una violenta aversión.
El sargento Hooker observaba el cielo mientras andaba.
Soplaba un viento de mil demonios, que jugueteaba bajo los bordes de los cascos, inflaba mangas y perneras, se extinguía un instante y luego se alzaba desde una dirección distinta, arrojando polvo a los ojos. Las nubes negras, cargadas de electricidad, encerraban una promesa de violencia. Hacía horas que no llovía. Era un tiempo extraño, incluso con relación a las condiciones imperantes tras la caída del cometa.
El doctor marchaba en sombrío silencio, obligándose a seguir. No le quedaban fuerzas para huir. Al menos Hooker no tenía que preocuparse de eso, pero le preocupaban los murmullos entre la tropa. No percibía palabras concretas, pero el tono de queja e ira era inequívoco.
Pensó que no se comerían unos a otros. Hay ciertos límites. Ni siquiera se comían a sus muertos. Todavía no. Tal vez debió haberlo propuesto. Ahora las quejas aumentaban. Quizá tendría que disparar contra Gillings.
Probablemente debió haberlo hecho al principio, cuando regresó y encontró muerto al capitán Hora y Gillings al mando, pero entonces no tenía munición, Gillings había sido el promotor del amotinamiento. Se sentía como un rey ahora que el cometa había terminado con la civilización.
Aquello no dejaba de tener su gracia, pero el sargento Hooker no reía. Le gruñía el estómago.
—Si tenemos que parar de nuevo, se lo comerán a usted. —Le dijo en tono desabrido al doctor.
—Lo sé. Ya le dije por qué enferman.
El médico era un hombre de baja estatura y aspecto inofensivo. Con su nariz alargada y su espeso bigote parecía una ardilla listada. Procuraba no alejarse nunca de Hooker.
—La carne que comen... No pueden contagiarse muchas enfermedades de una res. La carne de cerdo se come bien hecha, porque los cerdos transmiten algunas enfermedades contagiosas, parásitos y cosas así. —Hizo una pausa para tomar aliento y ver si Hooker le hacía una señal para que callara, pero Hooker no lo hizo—. En cambio un hombre puede transmitir cualquier cosa, excepto tal vez la anemia de células en forma de hoz. Ha perdido usted quince hombres desde que se han vuelto caníbales...
—Ocho de ellos fueron muertos a tiros. Usted lo vio.
—Estaban demasiado enfermos para correr.
—Diablos, eran reclutas. No sabían qué estaban haciendo.
El doctor permaneció un rato en silencio. Siguieron avanzando, sin más ruido que su jadeo mientras ascendían por la húmeda cuesta. Ocho hombres muertos a tiros, cuatro de ellos reclutas. Pero siete veteranos habían muerto también, y no a causa de las balas.
—Todos hemos estado enfermos —dijo el doctor—. Lo estamos ahora. —Sintió ganas de vomitar—. Dios mío, ojalá no hubiera...
—Usted estaba tan hambriento como nosotros. Qué pasaría si estuviera demasiado débil para andar?
Hooker se preguntaba por qué le hacía caso. Los sentimientos del doctor no significaban nada para él. Guardaba celosamente un secreto: cuando encontraran un sitio donde albergarse, podrían dejar cojo al doctor, como los hombres de las cavernas dejaban cojos a sus herreros para evitar que huyeran. Pero todavía no se había presentado tal necesidad.
En algún lugar tenía que haber un refugio, lo bastante pequeño para poder defenderse y lo bastante grande para albergar a la tropa de Hooker. Una comunidad agrícola, con gente suficiente para trabajar la tierra y tierra suficiente para alimentarlos a todos. La compañía podría establecerse allí. Los buenos soldados tenían que valer para algo. ¡Aquel maldito Gillings! Lo había dicho como si todo consistiera en entrar y tomar posesión. Las cosas no eran así.
Estaban demasiado hambrientos. Llevaban andados demasiados kilómetros entre las colinas, y todas las tiendas habían sido saqueadas, la gente había huido o se había parapetado detrás de barricadas, de modo que ni siquiera los bazookas y los fusiles sin retroceso podrían asegurar...
Hooker quería pensar en otra cosa. Si hubieran luchado antes no habría habido nada que objetar; pero no, él se había dejado convencer para que siguieran adelante, en busca de un lugar mejor, y cuando llegaron...
—Si uno ha de comer carne humana... —decía el doctor. No podía dejar de hablar de aquel tema, aunque le produjera náuseas—. Si no tiene más remedio que comer carne humana, querrá comer a los sanos, los que corren más rápido y se defienden. Los que pueda capturar serán los enfermos, y su carne le enfermará también. Es mejor comer ganado enfermo que hombres enfermos...
—Cállese, medicucho. Usted sabe por qué murieron. Murieron porque usted no es un verdadero doctor, sino sólo un medicucho.
—Y cuando capture a un médico verdadero, me destinará a la cazuela.
—No se aleje mucho de mí si quiere vivir hasta entonces.
Antes de que cayera el cometa Cowles había sido ginecólogo. Pasó unos días de descanso en la montaña y, al regresar, le sorprendió el diluvio. Tuvo que detenerse al borde del nuevo mar que cubría el valle de San Joaquín. Allí le encontró la tropa de Hooker. Estaba sentado en el guardabarros del coche, bajo la lluvia, con expresión abatida y sin saber qué hacer. Si Cowles no hubiera tenido el buen sentido de mencionar su profesión, se lo habrían comido de inmediato.
Protestó de que le obligaran a alistarse, hasta que Hooker le contó la verdadera situación.
Ahora era bastante dócil. Ya había dejado de murmurar acerca de los derechos del ciudadano. Hooker no dudaba de que había hecho cuanto podía por salvar vidas, y andaba tan rápido como el más lento de ellos. Detrás iban tres hombres, todavía sanos, que cargaban con la marmita del rancho. Gillings era uno de ellos. El sargento se sentía así más seguro, pues Gillings tendría que dejar caer la marmita antes de disparar a Hooker por la espalda.
Hooker no quería disparar a nadie. Ya habían perdido demasiados hombres. Unos habían muerto de enfermedad, otros habían desertado, y a otros los habían abatido a tiros en el valle. ¿Quién hubiera pensado que aquellos granjeros pudieran pelear tan bien, contra unos militares con armamento moderno?
Sin embargo, como fuerza militar no eran nada extraordinario, tenían pocas municiones y menos ideas. No había habido tiempo para entrenar a los reclutas. No existía una verdadera disciplina entre los soldados. Todos estaban nerviosos, temerosos de que una auténtica patrulla militar hubiera salido en su busca, o un grupo de policías. Pero de momento ninguno retrocedía. Y no podían avanzar más rápido que las noticias. Lo que necesitaban eran más reclutas, pero no podrían reclutar a nadie hasta que tuvieran alimentos. La economía sería un terrible enemigo. Matar a un hombre para la marmita y conseguir el combustible y el agua necesarios para cocer la carne requería una cantidad determinada de esfuerzo. Si los miembros de la compañía se reducían demasiado, la carne se estropearía antes de que pudieran comerla. Sería una pérdida de esfuerzo... y de asesinatos.