El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
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—Vaya.
—¿Qué ocurre? —preguntó Rick.
Leonilla estiró el cuello para ver.
—Qué recibimiento —dijo Johnny. Permaneció inmóvil en la escotilla, sonriendo a un grupo armado con escopetas y rifles. Más de una docena de hombres y ninguna mujer. Aunque no los contaba, vio media docena de escopetas y un montón de rifles y revólveres, pero lo que más le sorprendió fue distinguir un par de ametralladoras del Ejército.
Johnny levantó las manos. No era muy fácil mantener los brazos arriba y, a la vez, tratar de salir de la cápsula. ¿Por qué diablos estaba aquella gente tan nerviosa? Se movió, volviéndose para que pudieran ver la bandera de Estados Unidos en su hombro.
—No disparen. Soy un héroe.
El grupo no era precisamente atractivo. Parecían ratas semiahogadas vestidas con ropas campesinas convertidas en harapos, y sus rostros eran tan sombríos como sus armas. Un par de ellos llevaban vendajes ensangrentados. Johnny sintió el súbito impulso de hablarles en el inglés corrompido que es la lengua franca de ciertos países: Yo gran astronauta venir mismo país donde sois vosotros, amigos. Pero se contuvo.
Uno de los hombres del semicírculo se dirigió a él. Era un hombre canoso y fornido, aunque el mono que vestía le venía algo holgado. Todos parecían empequeñecidos bajo sus ropas. Pero los brazos del hombre eran gruesos como los de un campeón de lucha libre. La metralleta ligera parecía frágil entre sus manos.
—Dinos, héroe. ¿Cómo es que estabas en un avión ruso?
—Es un módulo espacial. Venimos del laboratorio espacial. ¿Han oído hablar de él? Se trata de la misión espacial conjunta Apolo-Soyuz. Fuimos a estudiar el cometa.
—Ya lo sabemos.
—Bien, el Apolo se agujereó. Creemos que le alcanzó un copo de nieve que viajaba a una velocidad enorme. Tuvimos que pedir a los soviets que nos trajeran a casa en su nave. Yo soy...
—¡Johnny Baker! ¡Le conozco, es Johnny Baker! —dijo una voz perteneciente a un hombre delgado, de liso pelo negro y finos dedos aferrados a una enorme escopeta—. ¡Eh!
—Encantado de conocerle —dijo Johnny, sinceramente—. ¿Podría bajar las manos?
—Hágalo —dijo el hombre canoso. Sin duda era el jefe del grupo, en parte por tradición y en parte por su fuerza bovina. La metralleta corroboraba su posición de líder. El cañón no apuntaba directamente a Johnny—. ¿Quién más hay ahí?
—Los demás astronautas. Dos soviéticos y otro norteamericano. Apenas hay sitio. Les gustaría salir si... bueno, si a sus hombres no les importa y se calman.
—Aquí no hay nadie excitado —dijo el portavoz—. Que salgan sus amigos, tengo que hacerles algunas preguntas. Por ejemplo, ¿por qué han venido aquí los comunistas?
—¿Adonde podíamos ir? Sólo había una nave espacial para los cuatro. ¿Quieres salir, Leonilla?
La astronauta salió, sonriente, con las manos ligeramente en alto.
—Leonilla Malik —anunció Johnny—. La primera mujer del espacio.
No era exactamente cierto, pero sonaba bien.
La dureza de las miradas se ablandó. El hombre canoso bajó su arma.
—Soy Deke Wilson —dijo—. Salga, señorita. ¿O debo decir camarada?
—Lo que usted prefiera —dijo ella. Salió por la escotilla abierta y parpadeó a causa del reflejo del agua a doscientos metros al oeste—. Esta es mi primera visita a América, y también la primera vez que salgo de la Unión Soviética. Antes no me dejaban salir.
—Ahora salen los otros —dijo Johnny—. Pieter...
El brigadier general Jakov no sonreía. Tenía las manos en alto y la espalda rígida, y el signo de la hoz y el martillo, con las letras CCCP, resaltaba en su hombro. Los granjeros adoptaron de nuevo una expresión cautelosa.
—El general Pieter Jakov —anunció Johnny—. Hay uno más. Rick...
Un par de granjeros intercambiaron miradas con sus amigos.
Salió Rick, también sonriendo, procurando que también se viera bien su bandera de Estados Unidos.
—El coronel Rick Delanty, de la Fuerza Aérea norteamericana —dijo Johnny.
Los granjeros se estaban tranquilizando. Por lo menos un poco.
—Soy el primer negro que ha ido al espacio —dijo Rick—, y el último hasta dentro de unos dos mil años. —Hizo una pausa y añadió—: Todos somos los últimos.
—Por algún tiempo. Quizá no habrá que esperar tanto tiempo —dijo Deke Wilson.
—Se colgó la metralleta del hombro, de modo que el cañón apuntaba al cielo. También se produjo un cambio sutil en la forma en que los demás llevaban sus armas. Ahora eran un grupo de granjeros que, simplemente, iban armados.
Uno de los hombres sonrió maliciosamente.
—¿Te obligaron a ir atrás?
—Bueno —dijo Rick—. Era el único autobús que había allá arriba.
Todos se echaron a reír.
—Derek, coge a tus muchachos y vuelve a la barricada de la carretera —dijo Wilson, y se volvió hacia Baker—: Estamos un poco nerviosos, porque algunos amotinados del Ejército andan por estos alrededores. Mataron a un tipo armenio carretera abajo y se lo comieron. Uno de los chicos llegó hasta nosotros y nos advirtió. Tendimos una emboscada a esos hijos de... Pero aún quedan muchos. Y hay otros, gente de la ciudad, enfermos de rabia...
—¿Están tan mal las cosas? —preguntó Leonilla—. ¿Con tanta rapidez?
—Tal vez no deberíamos haber bajado —comentó Rick.
Pieter Jakov apoyó una mano en el Soyuz, con ademán posesivo.
—La nave espacial contiene informes vitales y deben ser preservados. ¿Hay algún lugar dónde puedan estudiarlos? ¿Hay científicos o universidades cerca de aquí?
Los granjeros se echaron a reír.
—¿Universidades? General Baker, mire a su alrededor. Eche una buena mirada.
John Baker miró la desolación que le rodeaba. Al este había colinas batidas por la lluvia, algunas verdes y otras yermas. Todas las zonas bajas estaban llenas de agua. La carretera que iba hacia el noreste se asemejaba más a una serie de islas de cemento que a una carretera.
Al oeste había un vasto mar interior, con olas de treinta centímetros de altura, salpicado de pequeños montículos marrones que se habían convertido en islas. En el espacio que ocupó una plantación, no totalmente sumergida, sobresalían las copas de los árboles en una disposición regular. Algunas barcas se deslizaban por aquel mar. El agua estaba embarrada, era oscura y peligrosa, y hedía a causa de los cuerpos putrefactos que flotaban en ella, cadáveres no sólo de ganado...
Las olas movían suavemente los restos de una muñeca de trapo. Flotaba a unos treinta metros de la línea costera. No lejos, tal vez unidos de alguna manera a la muñeca, se veían guedejas de cabello rubio y una tela a cuadros, no reconocibles como algo humano. Deke Wilson siguió la mirada de Baker y luego se volvió hacia la granja que se alzaba en una colina por encima de aquel lago.
—No podemos hacer nada —dijo en tono amargo—. Tendríamos que dedicar todo el tiempo a enterrarlos, y aún así no lo conseguiríamos.
En aquel momento Johnny Baker tuvo plena conciencia del horror que significaba la caída del cometa.
—Ha sido peor de lo que creía —dijo Baker—. No ha sido sólo el choque, el fin de la civilización y la necesidad de reconstruirla. No, están las secuelas, y eso es peor que el cometa.
—Tiene razón —dijo Wilson—. Ha sido muy afortunado, Baker. Se ha librado de lo peor.
—¿No hay gobierno central? —preguntó Pieter Jakov.
—Aquí lo tiene —dijo Wilson—. Hay un sheriff, Bill Appleby, pero eso no sirve de nada. No hemos tenido noticias de Sacramento desde que chocó el cometa.
—Pero supongo que habrá alguien tratando de organizarse —dijo Leonilla.