El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
– Está considerado como uno de los espectáculos de la naturaleza más grandiosos del mundo, en el que participan medio millón de grullas. Empiezan a llegar el día de San Valentín, y la mayoría ya se habrán ido para el día de San Patricio…
– Son unas aves inteligentes -dijo Sylvie-. Y grandes observadoras de las festividades religiosas. -Su marido asintió, sin desviar los ojos de la pantalla-. Todo el mundo es irlandés, ¿eh?
Su marido no dijo nada. Ella apretó los dientes y le restregó el hombro con un poco más de intensidad.
El Día de los Presidentes, Mark se despidió de todo el mundo y empezó a tomar la medicación. El doctor Hayes duplicó la dosis del caso australiano: diez miligramos cada noche, una cifra todavía conservadora.
– Entonces, ¿debería haber una mejora en dos semanas? -inquirió Karin, como si la palabra de un médico fuese legalmente vinculante.
El doctor Hayes le dijo, en latín, que ya se verían.
– Recuerde nuestra conversación. Es posible que el paciente experimente retraimiento social.
No puedes retraerte, le dijo ella, en inglés, si no estás ahí de entrada.
Cuatro días después, a las dos de la madrugada, el teléfono sacó a Daniel y Karin de un profundo sueño. Daniel, desnudo y tambaleante, fue a responder. Musitó unas palabras incoherentes, o bien la incoherencia era de Karin, que escuchaba desde la cama. Daniel regresó a su lado, perplejo.
– Es tu hermano. Quiere hablar contigo.
Karin cerró los ojos con fuerza y se espabiló de golpe.
– ¿Ha llamado aquí? ¿Ha hablado contigo?
Daniel volvió a acostarse. Por la noche apagaba la calefacción, y su cuerpo desnudo empezaba a sufrir hipotermia.
– Yo… nos hemos visto. Hemos hablado, hace poco.
Karin forcejeó con la lúcida pesadilla.
– ¿Cuándo?
– No importa. Hace unos días. -Agitó la mano en un gesto efusivo: el tiempo corría, el teléfono esperaba, la historia era demasiado larga-. Quiere hablar contigo.
– ¿Que no importa, dices? -Apartó la gris y áspera manta militar-. Es cierto, ¿verdad? Le querías. Es decir, le amabas. Él ha sido la única razón por la que… -Se cubrió los hombros con la manta de lana y le dio la espalda, dirigiéndose en la oscuridad hacia el teléfono-. ¿Mark? ¿Estás bien?
– Sé lo que me ocurrió durante la operación.
– Dímelo -le pidió ella, todavía soñolienta.
– Me morí. Fallecí en la mesa de operaciones, y ninguno de los médicos se dio cuenta.
– Vamos, Mark… -replicó Karin con un hilo de voz y en tono suplicante.
– Eso aclara muchas cosas que no tienen sentido. Por qué todo me parecía tan… lejano. Me resistía a la idea porque… bueno, era evidente que alguien se daría cuenta, ¿no?, de que no estaba vivo. Entonces lo comprendí: ¿Cómo iban a saberlo? Quiero decir, que si nadie se percató de ello… en fin, se me acaba de ocurrir, ¡a mí, que soy el que está en medio de todo!
Karin habló con él mucho rato, y si al principio razonaba, luego se mostró irracional y tan solo trató de consolarle. Mark era presa del pánico; no sabía cómo estar «adecuadamente muerto». Afirmaba que había echado a perder la transición («He desordenado la baraja») y que ahora no parecía haber manera de hacer que las cosas volvieran a la secuencia apropiada.
– Voy a verte ahora mismo, Mark. Resolveremos esto juntos.
Él se rió, como solo los muertos pueden reír.
– No te preocupes. Pasaré de esta noche. Aún no he empezado a pudrirme.
– ¿Estás seguro? -insistió ella-. ¿Seguro que estarás bien?
– Peor que muerto no puedes estar.
Ella tenía miedo de colgar el aparato.
– ¿Cómo te sientes?
– Bien, de veras. Mejor de lo que me sentía cuando aún creía que estaba vivo.
De regreso en el dormitorio, Daniel sostenía abierto uno de los libros de neurociencia que Karin siempre estaba sacando de la biblioteca pública.
– Lo he encontrado -dijo al cabo de un rato-. Se trata del síndrome de Cotard.
Ella extendió la manta de lana gris sobre la cama, se acostó y se cubrió con ella. Lo había leído todo al respecto, se había pasado un año explorando cada uno de los horrores que permitía el cerebro. Otro delirio causante de errores de identificación, tal vez una forma extrema del síndrome de Capgras. La muerte no reconocida: la única explicación posible para sentirse tan alejado del prójimo.
– ¿Cómo es posible que se le haya declarado eso ahora? ¿Al cabo de un año? Precisamente cuando acaba de iniciar el tratamiento.
Daniel apagó la luz y se acostó al lado de Karin. Le puso la mano en el costado. Ella se estremeció.
– Tal vez se deba a la medicación -sugirió él-. Tal vez esté sufriendo alguna clase de reacción.
Ella se volvió para mirarle en la negrura.
– Dios mío. ¿Es posible tal cosa? Debemos ponerle de nuevo bajo observación. Es lo primero que hemos de hacer por la mañana. -Daniel se mostró de acuerdo. Ella se sumió en sus pensamientos-. Mierda -dijo al cabo de un rato-. Santo cielo. ¿Cómo es posible que se me haya olvidado?
– ¿Cómo? ¿De qué me estás hablando?
Daniel trató de masajearle los hombros, pero ella se apartó.
– El accidente. Hoy se cumple un año. Se me había ido de la cabeza por completo. -Permaneció tendida e inmóvil, fingiendo dormir durante cerca de una hora. Entonces se levantó-. Voy a tomar un somnífero -susurró.
– No hagas eso a estas horas -replicó él.
Karin fue al baño y cerró la puerta. Tardaba tanto en volver que él acabó por seguirla. Llamó a la puerta, pero no obtuvo respuesta. La abrió. Ella estaba sentada en la tapa de la taza, mirándole furibunda, incluso antes de que Daniel entrara.
– ¿Le has visto? ¿Has hablado con él? Y no me lo has dicho. Es él quien te importa, ¿verdad? Yo no soy más que su hermana, ¿no es cierto?
El doctor Hayes examinó a Mark, con desconcierto pero fascinado, y le escuchó atentamente.
– No digo que sea una maniobra de encubrimiento. Tan solo estoy diciendo que nadie se dio cuenta. Usted puede saber cómo podría haber sucedido. Pero créame, doctor, jamás me había sentido así cuando estaba vivo.
El médico programó un nuevo escáner para la primera semana de marzo. Mark, extrañamente complaciente, se fue a ver a los técnicos del laboratorio.
– No puede ser la medicación -le dijo Hayes a Karin-. No hay ningún ejemplo de un comportamiento así en la literatura especializada.
– La literatura -repitió ella, como si todo fuese ficticio.
Notaba el entusiasmo del neurólogo, que imaginaba ya el artículo que publicaría sobre el nuevo giro de la enfermedad.
El diagnóstico de Cotard no cambió nada sustancial. Ahora que Mark había iniciado el tratamiento con olanzapina, el doctor Hayes insistió en que lo continuara sin saltarse ninguna dosis. ¿Podía Karin responsabilizarse de que su hermano siguiera estrictamente el tratamiento? No podía, pero lo haría. ¿Se sentía capaz de continuar supervisando a Mark, o preferiría internarlo de nuevo en Dedham Glen? Karin respondió que continuaría supervisándolo. No tenía alternativa, puesto que la cobertura del seguro no costearía la readmisión.
No podía permitirse incrementar las horas que pasaba en Farview. Ya no tenía suficiente tiempo durante la semana para dedicarse al Refugio. Lo que se iniciara como un trabajo inventado para ella, la obra caritativa de un hombre que quería tenerla cerca, se había vuelto real. Ya no se trataba siquiera de una actividad con sentido para ella, que la hiciera sentirse realizada. Aunque cualquiera a quien se lo hubiera dicho habría pensado que deliraba, ahora Karin lo sabía: el agua quería algo de ella.
En su desesperación, telefoneó a Barbara para pedirle que la sustituyera.
– Es solo por unos pocos días, hasta que la medicación haga efecto y mi hermano se recupere por fin.