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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Se puso una mano sobre los ojos, como para protegerlos del brillo implacable del recuerdo.

– Entonces le vimos. Había volcado en la cuneta, a mano derecha, en el lado sur de la carretera. Tommy lanzó un juramento y frenó en seco. El vehículo coleó y al zigzaguear cruzamos la línea central. Eso es lo que viste: nuestras huellas en su carril. Solo que llegamos después de él.

Ella permanecía rígida, recta como una vara.

– ¿Qué hicisteis?

– ¿Qué quieres decir?

– Él está tirado en esa zanja. Tú y tu amigo estáis ahí.

– ¿Bromeas? Mark tenía encima tres toneladas de metal. Cada segundo contaba. Hicimos lo que teníamos que hacer. Dimos la vuelta, regresamos a la ciudad y dimos aviso del accidente.

– ¿Ninguno de vosotros tiene un móvil? ¿Vais por ahí tonteando con esos ridículos walkie-talkies de juguete y no tenéis un móvil?

– Llamamos -replicó él-. En cuestión de minutos.

– ¿Anónimamente? Y luego nunca os presentasteis, nunca contasteis lo que había pasado. Cambiasteis los neumáticos y tirasteis los que os implicaban al río.

– Escúchame. Tú no sabes nada. -Cain alzó la voz-. Esos policías primero te detienen y luego te interrogan. Van a por tipos como Tommy y yo. Somos una amenaza para ellos.

– ¿Vosotros, una amenaza? Y él estuvo de acuerdo. Tu amigo Rupp, el especialista.

– Mira, ni siquiera ahora me crees. ¿Piensas que la policía iba a creernos la noche del accidente?

– ¿Por qué no te han encerrado?

– Interrogaron a Tommy en Riley, y él contó exactamente lo mismo. La cuestión es que, gracias a nuestra llamada, la ambulancia llegó allí lo antes posible. No teníamos nada que añadir a los hechos. No teníamos ninguna pista de lo que le había ocurrido. Presentarnos no habría servido de nada.

– Podría haberle servido a Mark.

Cain hizo una mueca.

– No habría cambiado nada.

Karin se sentía consternada por su necesidad de creer. Se puso en pie, reorganizándolo todo: las huellas, el orden que habían tenido, su recuerdo. El tiempo pasaba y volvía a pasar, se hacía más lento, se combaba e iba marcha atrás.

– El tercer coche -dijo.

– No lo sé -replicó Cain-. Llevo un año entero pensando en eso.

– El tercer coche -repitió ella-. El que iba detrás de él y se salió de la carretera. -Cruzó la sala hasta llegar a Cain, dispuesta a golpearle de nuevo-. ¿Venía algún coche hacia vosotros cuando llegasteis al lugar? ¿Vehículos en dirección oeste, que regresaran a la ciudad? ¡Respóndeme!

– Sí. Conforme nos acercábamos, mirábamos atentamente. Esperábamos que él pasara a toda velocidad por nuestro lado. Pero entonces apareció un Ford Taurus blanco con matrícula de otro estado.

– ¿Qué estado?

– Rupp dice que Texas. Yo no estoy seguro. Ya te he dicho que íbamos bastante rápido.

– ¿A qué velocidad iría ese Ford?

– Es curioso que me preguntes eso. Los dos tuvimos la impresión de que iba a paso de tortuga. -Algo pasó por su mente, y se irguió-. Cielos. Tienes razón. Ese otro coche… ese Ford llegó justo antes que nosotros, justo después de que él… Y ellos… estás diciendo que ellos… ¿Qué es exactamente lo que estás diciendo?

Ella no sabía lo que estaba diciendo. Ni entonces ni nunca.

– Tampoco se detuvieron.

Cain cerró los ojos, se llevó una mano a la nuca y echó atrás la cabeza.

– No habría servido de nada.

– Sí que podría haber servido -replicó ella.

«Dios me ha conducido a ti.»

Cuando Karin regresó a casa, ya estaba a punto de amanecer. Daniel la esperaba levantado, fuera de sí.

– Pensé que podría haberte ocurrido algo. Pensé… Podrías estar quién sabe dónde, podrías estar herida.

Podrías haber estado con el otro hombre.

– Perdona -le dijo ella-. Debería haberte llamado.

Para apaciguarle, se lo contó todo.

Él la escuchaba, pero no aportaba la menor ayuda.

– ¿Quién avisó del accidente? ¿Rupp y Cain? ¿No el otro coche? Creía que había sido el ángel de la…

– Tal vez avisaron.

– Pero creía que la policía había dicho…

– No lo sé, Daniel.

– Pero si el otro coche no se detuvo, ¿qué sentido tiene la nota? ¿Atribuirse el mérito después de haber abandonado la escena…?

– Tengo que dormir -le dijo ella.

Era demasiado tarde para llamar a Mark y Bonnie. De todos modos, no sabía qué decirles ni lo que podría asimilar su hermano.

A la mañana siguiente la despertó el sonido del teléfono. La habitación estaba inundada de luz y Daniel ya se había ido al Refugio. Ella se levantó con dificultad, todavía en las garras de un profundo sueño animal.

– Ya voy. Espera un momento, por favor. ¿Me estás controlando o qué?

Pero cuando se puso al aparato, la voz en el otro extremo de la línea era tenue y espectral.

– ¿Karin? Soy Bonnie. Está teniendo una especie de ataque, y no consigo que vuelva en sí.

* * *

Tenía que ser de nuevo el hospital. Un circuito de todo un año de regreso al lugar donde se encontraba por aquellos mismos días el mes de marzo anterior. Como un ser migratorio que no sabía hacer mejor las cosas. Mark Schluter de vuelta en el Buen Samaritano, no en el mismo pabellón, pero bastante cerca. Confinado en la cama, tras una cura de desintoxicación, 450 mg de olanzapina eliminados de su organismo.

Un muerto ha tratado de matarse: esa era la única manera en que podían encajar las piezas. Distónico cuando llegaron los enfermeros. Intubación y lavado gástrico, llevado a toda prisa al hospital para administrarle fluidos por vía intravenosa, control cardíaco y vigilancia por parte de un personal que se aseguraría de que no intentara marcharse.

Sale de su segundo coma, una mera sombra del primero. Cuando recupera la conciencia, rechaza todos los intentos de comunicarse, excepto para decir:

– Quiero hablar con el Loquero. Solo hablaré con el Loquero.

El doctor Hayes telefonea a Weber y le da la noticia. El neurocirujano recibe el informe como un veredicto, el fruto de su larga e interesada ambición. Llama a Mark enseguida, pero el joven se niega a hablar.

– Por teléfono no -le dice a la enfermera de turno. Todas las líneas telefónicas están pinchadas, todos los cables y los satélites-. Tiene que venir aquí en persona.

Weber realiza varios intentos más de ponerse en contacto, sin ningún resultado. Mark está fuera de peligro, al menos por ahora. Weber ya se ha ocupado del caso más allá de los límites de la corrección profesional. Su último viaje casi acabó con él. Si se involucra más, será el fin.

Pero algo en el neurocientífico comprende ahora: la responsabilidad es ilimitada. Los historiales clínicos de los que te apropias son tuyos. Si no hace nada, si rechaza la única petición del muchacho, si abandona ahora lo que ha hecho tan mal, entonces es sin duda aquello de lo que siempre le acusan sus voces más oscuras. Ha intentado matarse por mi culpa. No tiene más alternativa que volver. Un largo circuito para regresar al punto de partida. Así lo quiere el Director de la Gira.

No hay manera posible de decírselo a su mujer. Decírselo a Sylvie. Después de lo que ya le ha dicho, los motivos que aduzca, sean los que fueren, parecerán el peor de los autoengaños. Ella, que ahora no tendería una mano si Gerald Weber, célebre autor, manchillado santo de la comprensión neurológica, fuese quemado en efigie por falsa empatía: no hay forma posible de explicárselo.

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