El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
– Bueno, no estoy seguro de cómo se conseguiría que se transmitieran la información.
– Bobo. Eso es lo más fácil. La tecnología, minúsculas cámaras inalámbricas y esas cosas.
– No sé -replicó Daniel-. No soy muy ducho en esas cosas. Nunca he sido muy bueno para distinguir entre lo posible y lo imposible. Por eso he terminado dedicándome a la conservación del medio ambiente.
– La cuestión es que no son solo… ya sabes, cabezas de chorlito, ¿no es así?
Daniel permaneció inmóvil al percibir el sonido, el Mark de diez años, el amor de su adolescencia que siempre se fiaba de la autoridad libresca de Daniel. Instintivamente habían entrado en la cadencia olvidada.
– Resulta que sus cerebros son mucho más potentes de lo que la gente siempre ha creído. Tienen mucha más corteza, pero con una forma distinta a la nuestra, por lo que no podemos verla. No hay duda de que son capaces de pensar y de ver pautas. Hay quien ha adiestrado a palomas para que distingan un Seurat de un Monet.
– ¿Corteza? ¿Quiénes son esos a los que pueden distinguir?
– Los detalles no tienen importancia. ¿Por qué me lo preguntas?
– Es una idea que se me ocurrió hace meses. Pensé que… podrías estar siguiéndome. Tú y tus pájaros. Pero eso es demencial, ¿verdad?
– Bueno -replicó Daniel-. He oído cosas más demenciales.
– Ahora comprendo que, si alguien me sigue, es el otro bando. Esa gente del puesto de avanzada natural. Y en realidad no van a por mí. A nadie le importa un carajo que yo viva o muera. Probablemente lo único que desean es mi finca.
– Me encantaría hablar contigo de esto -dijo Daniel, utilizando un delirio para perseguir otro.
– Bueno, tío. Tal vez solo estoy confuso. No puedes imaginarte por lo que he pasado. Un jodido accidente, este mes hará un año. Todo empezó entonces.
– Lo sé -replicó Daniel.
– ¿Viste el programa?
– ¿El programa? No. Te vi a ti.
– ¿Me viste? ¿Cuándo fue eso? No me tomes el pelo, Daniel, te lo advierto.
Daniel le explicó que le había visto en el hospital. Al comienzo, cuando Mark aún no se había recuperado.
– ¿Fuiste a verme? ¿Por qué?
– Estaba preocupado por ti.
Todo ello era cierto.
– ¿Me viste? ¿Y yo no te vi?
– Aún te encontrabas en muy mal estado. Me viste, pero… te asusté. Creíste que era… no sé lo que pensaste.
La imaginación de Mark alzó el vuelo; los fragmentos de palabras se dispersaron como faisanes asustados por un disparo. Sabía quién había pensado que era Daniel. Alguien más le había visitado en el hospital. Alguien que dejó una nota. Alguien que había estado allí aquella noche, en la carretera North Line.
– ¿No viste el programa? De televisión, tío. Tuviste que verlo.
– Lo siento. No tengo televisor.
– Cielos, me había olvidado. Vives en el puto reino animal. Déjalo, no importa. Si pudiera ver el aspecto que tienes ahora… tal vez lo recordaría… recordaría quién pensé que eras. El aspecto que tiene la persona que me encontró.
– Me encantaría. Sí… me gustaría de veras. ¿Qué te parece si fuera a verte algún día…?
– Ahora -replicó Mark-. ¿Sabes dónde vivo? ¿Lo que estoy diciendo? Puede que el Refugio de las Grullas también quiera liberar mi casa.
Daniel llamó a la puerta de la casa prefabricada y, cuando abrieron, se encontró ante un hombre al que no habría identificado si se hubiera cruzado con él en la calle. Mark tenía el pelo largo y enmarañado, como nunca lo había llevado. Había engordado diez kilos en los últimos meses, un peso que había sorprendido al menudo cuerpo de Mark tanto como sorprendía a Daniel. Lo más extraño de todo era su cara, como conducida por un piloto al que desconcertaran los mandos. Ahora remotos pensamientos movían aquellos músculos. Sus ojos miraban fijamente a Daniel, en el umbral de su casa un gélido día de febrero.
– El chico naturalista -dijo Mark, un poco escéptico, tratando de determinar en qué radicaba la gran diferencia. Por fin cayó en la cuenta-. Te has hecho mayor.
Le hizo pasar y Daniel se quedó en medio de la sala de estar. Mark le miraba atentamente. No podía contener las lágrimas, pero su mirada mantenía la concentración, como un cliente que examinara los ingredientes relacionados en la etiqueta de una marca extraña. Daniel permanecía inmóvil, tembloroso. Al cabo de un rato considerable, Mark sacudió la cabeza.
– Nada -dijo-. No me viene nada. -Daniel hizo una mueca extraña, hasta que se dio cuenta. Mark no se refería a quince años, sino a diez meses-. Eso nunca vuelve, ¿verdad? Las cosas nunca son lo que fueron. Probablemente ni fueron lo que fueron, ni siquiera cuando lo fueron. -Se echó a reír, una risa que parecía algodón envuelto en alambre espinoso-. No importa. En el pasado fuiste el chico naturalista, y eso me basta. Es un placer conocerte, hombre naturalista. -Abrazó a Daniel, como si atara las riendas de un caballo a un poste. El abrazo terminó antes de que Daniel pudiera devolverlo-. Perdona las tonterías históricas, tío. Un montón de tiempo y de inquietud desperdiciados, y ahora ni siquiera puedo recordar cuál era el problema. Bueno, no quería que me manosearas las partes pudendas. Eso no significa que tuviera que darte una paliza.
– No -dijo Daniel-. Solo yo tuve la culpa.
– Hacernos mayores no es más que acumular estupideces de las que tenemos que disculparnos. ¿Cómo seremos cuando tengamos setenta años?
Daniel trató de responder, pero Mark no deseaba una respuesta. Del bolsillo de la camisa de pana con los faldones por fuera del pantalón, que llevaba puesta encima de otra camisa, sacó un trozo de papel plastificado lleno de garabatos.
– Se trata de esto. ¿Significa algo para ti?
– Tu… Karin Dos me habló de ello.
Mark le cogió por la muñeca.
– No sabe que has venido a verme, ¿verdad? -Daniel sacudió la cabeza-. Tal vez ella no esté involucrada. Nunca se sabe. Así que me dices que no eras tú mi ángel de la guarda. ¿No tienes idea de quién es? Bien, al margen de lo que pasara en el hospital, la cuestión es que ahora no me recuerdas a nadie, excepto una grande, malhumorada y vieja versión del chico naturalista. ¿Qué quieres beber? ¿Algún té integral de las tierras húmedas?
– ¿Tienes una cerveza?
– Vaya. El pequeño Danny R. se ha hecho mayor de edad.
Se sentaron a la mesita redonda de plástico de la zona comedor, nerviosos por el reencuentro. Aún no sabían cómo ser algo más que un par de muchachos juntos. Daniel le pidió que le hablara de los agrimensores, que parecían solo algo más consistentes que su ángel de la guarda. Mark le preguntó por los promotores, que, tal como los describía Daniel, parecían una invención paranoica.
– No lo entiendo. ¿Me estás diciendo que la única causa de esta lucha es el agua?
– Nada merece más que se luche por ello.
La idea aturdió a Mark.
– ¿Guerras por el agua?
– Guerras por el agua aquí, guerras por el petróleo en el extranjero.
– ¿El petróleo? ¿Esta nueva guerra? ¿Y qué me dices de la venganza, tío? ¿De la seguridad? ¿De la confrontación religiosa y todo eso?
– Las creencias persiguen los recursos.
Hablaron y bebieron, Riegel más de lo que había bebido en los dos últimos años. Estaba dispuesto a perder el conocimiento, si era necesario, para estar con Mark.
Las ideas se agolpaban en la mente de este.
– ¿Quieres saber cómo impedir que esos tipos se hagan con esta tierra? Danny, Danny. Déjame que te enseñe una cosa. -Con lo más parecido a la energía que hasta entonces había mostrado, Mark se puso en pie y se encaminó pisando fuerte a su dormitorio. Daniel le oyó cambiar cosas de sitio, un sonido como el de una retroexcavadora en un vertedero de basura. Regresó con una expresión de triunfo, agitando un libro por encima de su cabeza. Se lo mostró a Danieclass="underline" Agua plana *-. El libro de texto de historia local de mi curso universitario. Mi último curso, diría yo. -Mark pasó las páginas en un estado casi de excitación-. No te impacientes. Está aquí, en alguna parte. El señor Andy Jackson, si no me equivoco. Es curioso cómo el remoto pasado sigue aflorando. Aquí está. Ley de Remoción de los Indios, 1830. Ley de Intercambios y Relaciones con las Tribus Indias, 1834. No te emociones, que no es tan interesante como parece. Todas las tierras al oeste del Mississippi que no son ya Missouri, Louisiana o Arkansas. ¿Quieres unas citas? «Seguras y garantizadas para siempre.» «Herederos o sucesores.» «A perpetuidad.» Eso significa eternamente. Estamos hablando de mucho tiempo, tío. La jodida ley de la tierra. ¿Y dicen que yo sufro delirios? ¡Todo este país es delirante! No hay una sola persona de raza blanca que sea propietaria legal, yo incluido. Así es como deberías enfocar esto. Haz que unos abogados y unos cuantos nativos de la reserva india se pongan de tu lado: así serías capaz de despejar todo el estado. Hacer que vuelva a ser como antes.
* El nombre Nebraska proviene de una palabra india que significa «agua plana», y se refiere al río Platte, que cruza el estado. (N. del T.)