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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Se prepara para la reacción de Sylvie, pero es inútil porque ella se lo toma mucho peor de lo que su marido había previsto. Se lo toma como una Casandra insensibilizada que ya adivina todo lo que él todavía no ha admitido.

– ¿Qué puedes hacer por él? ¿Algo que no está al alcance de los médicos de allí?

Le había formulado esa misma pregunta un año atrás. Él debería haberla escuchado entonces y debería escucharla ahora. Weber sacude la cabeza, su boca una ranura de buzón.

– No se me ocurre qué podría hacer por él.

– ¿Es que no basta con lo que ya has hecho?

– Ese es el problema. La olanzapina fue idea mía.

Como desfallecida, ella se deja caer en la silla del pequeño espacio donde desayunan. Pero aun así logra dominarse, y hay algo horrible en su fidelidad a la convención.

– Que se tomara de golpe la dosis de dos semanas no fue idea tuya.

– No. Tienes razón. Eso no fue idea mía.

– No me hagas esto, Gerald. ¿Qué estás demostrando? Eres un buen hombre. Eres tan bueno como válido. ¿Por qué no puedes creerlo así? ¿Por qué no puedes…?

Se levanta y da vueltas por la estancia. Espera a que sea él quien mencione el asunto. Ella le demuestra ese sombrío respeto, del todo inmerecido. Aceptará que esa mujer no es nada, que carece de importancia, hasta que él le diga lo contrario. Creerá en él, incluso sin confianza. Su marido debe decir algo, pero no puede adornar el hecho, ni siquiera rechazándolo.

Todo se reduce a la creencia. La creencia en una telaraña demasiado fina y efímera para engañar a nadie. Ese será el santo grial de los estudios sobre el cerebro: ver cómo decenas de miles de millones de puertas lógicas químicas, todas ellas centelleando y amortiguándose mutuamente, de alguna manera pueden crear la fe en sus propios circuitos fantasmales.

– Está sufriendo. Quiere hablar conmigo. Necesita algo de mí.

– ¿Y tú? ¿Qué necesitas?

Sus ojos le sondean implacablemente. Está como paralizada, empalidecida, afectada por su propia sobredosis.

Él trata de responderle lo mejor que puede.

– No me cuesta nada. Unas horas de vuelo, un par de días y unos cientos de dólares que salen de la cuenta de investigación. -Ella le mira sacudiendo la cabeza, lo máximo que puede aproximarse al escarnio-. Lo siento -añade él-. Necesito hacerlo. No soy un explotador ni un oportunista.

Ella ha permanecido a su lado, le ha prestado su apoyo, ha mantenido un difícil aplomo durante los últimos meses, mientras él se enfrentaba a su prolongada crisis profesional. Cada disminución de la confianza en sí mismo repercutía en el estado de ánimo de Sylvie.

– No -replica ella, esforzándose por conservar la serenidad, y se acerca a él. Sus manos trazan garabatos en su camisa-. Esto no me gusta, cariño. Está mal. Está todo muy embrollado.

– No te preocupes -replica él. Apenas ha pronunciado estas palabras, se percata de lo ridículas que son. El yo es una casa en llamas; sal mientras puedas. Ve a su mujer, la ve realmente, por primera vez desde que dejó de creer en su trabajo. Ve las arrugas bajo sus ojos y sobre el labio superior… ¿Cuándo ha envejecido? Ve en su mirada estremecida hasta qué punto él la asusta. Ella no puede entenderle. Le ha perdido-. No te preocupes.

La actitud de su marido indigna a Sylvie.

– ¿Qué diablos necesitas? ¿Necesitas al famoso Gerald? Que le zurzan al famoso Gerald. ¿Necesitas que la gente te diga…? -Ella se muerde el labio inferior y desvía la vista. Cuando habla de nuevo, lo hace como una locutora de noticiario-. ¿Verás a alguien mientras estés allí? -Pese a la palidez de su rostro, habla en un tono despreocupado-. ¿Alguna vieja amistad?

– No lo sé. Es una ciudad pequeña. -Y entonces, por la deuda contraída durante treinta años, se corrige-. No estoy seguro. Es probable.

Ella se aparta de él y se acerca al frigorífico. Ese movimiento práctico anonada a Weber. Sylvie abre el congelador y saca dos piezas de tilapia que descongelará para la cena. Lleva el pescado al fregadero y lo pone bajo el agua del grifo.

– Oye, Gerald -le dice, con una ociosa curiosidad, tratando de aceptar la situación, aunque eso es imposible-. ¿Podrías decirme al menos por qué?

Él se merece su furia, incluso la desea, pero no esta serena aceptación. Gerald: dime tan solo por qué. Para que vuelvas a tener un buen concepto de mí.

– No estoy seguro -responde él.

Y lo sigue repitiendo en su mente, hasta que lo convierte en realidad.

Mark no dejó ninguna nota antes de engullir los antipsicóticos. ¿Cómo podría haberlo hecho, si ya estaba muerto? Pero incluso esa falta de un mensaje acusa a Karin. A lo largo de este año él le ha pedido ayuda, y ella siempre le ha defraudado, de todas las maneras posibles: ha sido incapaz de confirmar su pasado, de permitir su presente y de recuperar su futuro.

Se apodera de ella la vieja locura de los Schluter, la herencia de la que nunca ha podido desprenderse. Su primera identidad: culpable y deficiente, al margen de todo lo demás que logre realizar con éxito. Visita a Mark en el hospital. Incluso lleva a Daniel, el amigo no imaginario más antiguo de Mark. Pero este se niega a hablar con ninguno de los dos.

– ¿No podríais tener más respeto y dejar que me pudra aquí en paz?

O habla con el Loquero o no lo hará con nadie.

Ella vuelve a dejarlo en manos de los profesionales médicos, sometido a los correctivos químicos que ahora gotean en sus brazos flácidos. Karin se desliza hacia abajo por su propia escala de Glasgow. No puede concentrarse en nada. Su concentración se extravía durante horas seguidas. Finalmente comprende por qué su hermano dejó de reconocerla. No hay nada que reconocer. Se ha distorsionado de tal manera que el reconocimiento es imposible. Un pequeño engaño sobre otro, hasta que ni siquiera ella puede decir dónde se encuentra ni para quién trabaja. Cosas de las que ha hablado sin decir nada, cosas que ha negado, sobre las que ha mentido, que se ha ocultado incluso a sí misma. Toda clase de cosas para todo el mundo. Relacionándose con un ecologista y un promotor al mismo tiempo. Renovándose, la personalidad del día. La imaginación, incluso la memoria, demasiado dispuestas a satisfacerla, quienquiera que ella sea. Cualquier cosa por que le rasquen detrás de las orejas. Que le rasque cualquiera.

Ella no es nada. Nadie. Peor que nadie. Vacía en lo más profundo de su ser.

Es preciso que cambie su manera de vivir, que del estropicio de su nido ensuciado salve algo. Lo que sea. Lo más nimio, anodino, repulsivo, no importa, mientras sea salvaje y carente de compromiso. Tal vez llegue demasiado tarde para hacer volver a su hermano, pero aún podría rescatar a la hermana de su hermano.

Se sume en los trabajos preliminares para el Refugio, preparando sus folletos. Algo que despierte a los sonámbulos y devuelva la extrañeza al mundo. La mínima dosis de ciencia de la vida, unas pocas figuras en una gráfica, y empieza a comprender: gente que, buscando con desesperación la solidez, debe eliminar todo aquello que la excede. Cualquier cosa que sea mayor o que esté más vinculada o que, en su adusta duración, sea un poco más libre. Nadie puede soportar la inmensidad del exterior, incluso mientras lo diezmamos. Ella solo tiene que mirar, y los hechos se revelan. Lee, y aun así no puede creerlo: doce millones o más de especies, menos de la décima parte de ellas clasificadas. Y la mitad desaparecerán mientras ella está viva.

Abatida por los datos, sus sentidos se despiertan de una manera extraña. El aire huele a lavanda, e incluso los monótonos matices pardos del invierno tardío le parecen más vívidos de lo que han sido desde que tenía dieciséis años. Está continuamente ávida, y la futilidad de su trabajo redobla sus energías. Sus conexiones se aceleran. Es como el caso que expuso el doctor Weber en su último libro, la mujer con demencia frontotemporal que de repente se puso a pintar unos cuadros magníficos. Una especie de compensación: cuando una parte del cerebro está abrumada, otra la sustituye.

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