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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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– Yo… lo estudiaré.

– Devolvérselo a las aves migratorias. Los pájaros no pueden hacer mayor estropicio del que le hemos hecho nosotros.

Daniel sonrió a su pesar.

– En eso tienes razón. Para terminar las cosas de veras, hacen falta cerebros de tamaño humano.

La palabra despertó de nuevo a Mark.

– Danny, muchacho. Hablando de cerebros y grullas… ¿cómo es que tienen la cabeza roja? ¿No te parece extraño? Es como si las hubiesen operado. Deberías haberme visto, tío, con mi cráneo ensangrentado en cabestrillo. Oh, espera, pero si me viste… soy yo el que no me vi.

Se sujetó la misma cabeza lesionada con las manos, abierta de nuevo en su imaginación. Riegel no dijo nada, no movió ni siquiera el meñique. Recuperó su innata actitud de experto rastreador. Confúndete con el terreno en que te encuentras, y el animal se te acercará por su propia voluntad.

Mark se preparó para dar un salto de fe.

– Mira, esa mujer con la que estás liado quiere que tome unas píldoras. Supongo que se propone drogarme. Bueno, no se trata exactamente de droga. No, es uno de esos fármacos… Olestra, Ovaltine, algo por el estilo, que, según parece, me aportará «claridad». Hará que me sienta más como quien soy. No sé quién me he sentido que soy últimamente, pero, la verdad, tío, sería estupendo acabar de una vez con este mal rollo. -Miró a Daniel, con un rayo de falsa esperanza que rogaba confirmación-. La cuestión es que esta podría ser la tercera fase de lo que sea que estén tratando de hacerme. Primero, hacen que me salga de la carretera. Segundo, me sacan algo de la cabeza mientras estoy en la mesa de operaciones. Tercero, me administran una «cura» química que me cambia para siempre. Nos conocemos desde la infancia, Danny. De acuerdo, nos cargamos nuestra amistad. Matamos el pasado y echamos a perder quince años. Pero nunca me mentiste. Siempre podía confiar en ti… bueno, salvo por tus impulsos, que ciertamente no podías evitar. Necesito tu consejo sobre esto. Me está destrozando. ¿Qué harías tú? ¿Tomar esa porquería? ¿Ver qué pasa? ¿Qué harías tú, si fuese tu caso?

Daniel miraba su cerveza, ebrio como un alumno de instituto. Otra clase de aturdimiento se sumó al causado por el alcohoclass="underline" ¿qué haría él si estuviera en el lugar de Mark? Había estado sentado con Karin en la habitación de hotel de Gerald Weber, y en aquella ocasión adoptó su predecible postura de moralidad superior. Podría muy bien haber cambiado su actitud si su hermano, que acababa de salir de un centro de desintoxicación en Austin, donde había pasado medio año, de repente se hubiera negado a reconocerle. Daniel Riegeclass="underline" un hombre con una certidumbre absurda. Era él quien podría haber tomado la olanzapina si el mundo le resultara extraño, si un día se despertara harto del río, indiferente a las aves, perdido el amor por todo aquello que antes constituía su vida.

– Es posible -musitó-. Tal vez querrías…

Unos golpes en la puerta le salvaron. Un ritmo juguetón, familiar: ta, tararata, tata. Daniel se sobresaltó, en el semblante una vaga expresión de culpabilidad.

– ¿Y ahora qué? -gruñó Mark, y entonces gritó-: Adelante. Siempre está abierto. Róbamelo todo. ¿A quién le importa?

La persona recién llegada, temblorosa por el frío, empujó la puerta y entró: la mujer que Karin le había presentado a Daniel en la sesión pública. Daniel se apresuró a levantarse, y al hacerlo chocó con la mesita y derramó la cerveza sobre sus pantalones. Un tic facial proclamó su inocencia. También Mark se había levantado e iba al encuentro de la mujer. Le dio un fuerte abrazo, que ella, para sorpresa de Daniel, le devolvió.

– ¡Muñeca Barbie! ¿Dónde te habías metido? Empezaba a estar muy preocupado por ti.

– Pero… ¡señor Schluter! Si solo hace cuatro días que estuve aquí.

– Ah, sí. Supongo que sí. Pero eso es mucho tiempo. Y fue una visita corta.

– Deja de quejarte. Podría mudarme a tu casa, y seguirías quejándote de que no estoy nunca contigo.

Mark dirigió una pícara mirada a Daniel, relamiéndose como para quitarse las plumas del canario de los labios.

– Bueno, podríamos intentarlo. Puramente por razones de investigación médica.

Barbara pasó por su lado en dirección a la cocina, esforzándose por quitarse el abrigo mientras tendía la mano a Daniel.

– Hola de nuevo.

– Es… espera un momento. ¿Me estás diciendo que los dos os conocéis?

Ella echó atrás el mentón y frunció el ceño.

– Ese es el sentido que suelen tener las palabras «Hola de nuevo».

– Pero ¿qué diantres está pasando? Todo el mundo conoce a todo el mundo. ¡Cuando los mundos colisionan!

– Vamos, hombre, cálmate. En esta vida todo tiene explicación, ¿sabes?

Barbara le habló de la sesión pública y de lo mucho que le había impresionado la intervención de Daniel. La explicación tranquilizó a Mark. Solo Daniel no estaba convencido.

– He de irme -dijo con nerviosismo-. No sabía que estabas esperando compañía.

– ¿Te refieres a Barbie? Ella no es lo que se dice compañía.

– No te vayas -le dijo Barbara-. Esto no es más que una visita social.

Pero algo en Daniel ya había emprendido la huida. Camino de la puerta, le dijo a Mark:

– Pregúntaselo a ella. Es una profesional de la salud.

– ¿Preguntarle qué? -replicó Mark.

– Sí -terció Barbara-. ¿Preguntarme qué?

– Si puede tomar olanzapina.

Mark hizo una mueca.

– Ella parece creer que la decisión solo depende de mí. -Cuando Daniel cruzaba la puerta, Mark le gritó-: ¡Eh! ¡No te hagas de rogar tanto!

Solo cuando Daniel Riegel, que había sido un rastreador durante toda su vida, estuvo de regreso en su apartamento y puso el contestador automático, recordó dónde había oído por primera vez la voz de Barbara Gillespie.

* * *

Las aves regresaron a mediados de febrero. Una noche, Sylvie y Gerald Weber vieron un reportaje sobre las grullas en el noticiario de última hora, acostados en su casa cubierta por la nieve de Setauket, en Chickadee Way. Mientras la cámara recorría las orillas arenosas del Platte, marido y mujer miraban azorados.

– ¿Es ese tu lugar? -le preguntó Sylvie.

Resultaría muy extraño que no comentara nada.

Weber rezongó. Su cerebro se debatía con un recuerdo bloqueado, algún problema de identificación que le molestaba desde hacía ocho meses. Pero, cuanto más la perseguía, más alejaban sus pensamientos la posible solución. Sylvie interpretó mal su ensimismamiento. Le acarició el brazo con los nudillos. No pasa nada. Los dos estamos más allá de la simplicidad. Todo el mundo está hecho un lío. También nosotros podemos estarlo.

La mujer que estaba ante la cámara, una neoyorquina algo torpe fuera de su elemento urbano, parecía amilanada ante tanto vacío, y relataba la historia como si fuese una noticia.

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