El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Cesaron los trinos del sinsonte: series de cinco, de siete, de tres. Cada serie mutaba como los ciclos de una alarma de automóvil. «Escucha al sinsonte. Escucha al sinsonte.» Él solía cantar esa misma canción con su mujer, cuando los dos aún cantaban. «Un sinsonte canta sobre su tumba.»
Ese era el himno que entonaba el ave a la plasticidad. Cada destello de sol alzándose de las aguas rizadas de la bahía y cambiando la forma de su cerebro. El cerebro que recuperaba un recuerdo no era el cerebro que lo había formado. Cada recuperación de un recuerdo mutilaba lo que anteriormente había allí. Cada pensamiento dañaba y volvía a dañar. Incluso aquel acompañamiento del sinsonte, concretamente aquel, cambiaba a Weber de una manera irrevocable.
La maraña se espesaba a medida que él la recorría: grupos de neuronas conectadas que modelaban y memorizaban la luz cambiante eran a su vez modeladas en otros grupos de neuronas. Porciones de circuito reservadas como recipientes de otros circuitos, el ojo de la mente que desmonta al ojo del cerebro y aprovecha sus piezas, la inteligencia social que roba los circuitos de la orientación espacial. El «¿y si…?» imitando a «lo que es», simulaciones simulando simulaciones. Cuando su pequeña Jess aún no tenía un mes de edad, él lograba que sacara la lengua tan solo sacándole su propia lengua. Los milagros involucrados en esta operación eran numerosos. Ella tenía que localizar la lengua de su padre con relación al cuerpo de este y de alguna manera cartografiar los miembros de Weber sobre la sensación de los suyos, hasta encontrar una lengua que ni siquiera podía ver, de la que ni siquiera podía saber nada, y darle una orden. Y hacía todo eso tan solo con verle, aquel bebé al que no habían enseñado nada. ¿Dónde estaba el final del yo de Weber y el comienzo del de su hija?
El yo se renovaba gracias a la actividad de las neuronas espejo, los circuitos de empatía, seleccionados y preservados a través de muchas especies por su críptico valor de supervivencia. La circunvolución supramarginal de la pequeña Jess evocaba una ficción, un modelo imaginario de cómo sería su cuerpo si hiciera lo que el de su padre hacía. Weber había visto a personas con esa zona dañada: apraxia ideomotora. Si se les pedía que colgaran un cuadro, podían hacerlo, pero si se les pedía que simularan colgar un cuadro, golpeaban impotentes la pared, sin hacer como que sujetaban un martillo y clavaban un clavo imaginario.
Cuando Jess, a los cuatro años de edad, miraba cuentos ilustrados, su rostro se armonizaba con las expresiones allí pintadas.
Una sonrisa la hacía sonreír, le inducía una felicidad infantil. Una mueca le causaba auténtico dolor. Weber podía atestiguarlo: las emociones movían los músculos, pero el simple movimiento de los músculos producía emociones. Quienes padecían lesiones en la ínsula ya no podían llevar a cabo la cartografía imitativa e integrada de los estados orgánicos necesaria para interpretar o adoptar los músculos de otra persona. Entonces la comunidad del yo se contraía hasta reducirse a un individuo.
El ave trinaba desde una rama cerca de la ventana de su dormitorio, fragmentos de frases musicales robados a otras especies e integrados en la melodía cada vez más amplia. En la parte interior de los párpados, utilizando las mismas regiones cerebrales como verdadera visión, Weber contemplaba al chiquillo que no reconocía (podría haber sido Mark o alguien muy parecido a él) en un campo cubierto de escarcha, observando unas aves más altas que él. Y al verlas arquearse, saltar, curvar el cuello y batir las alas, el muchacho batía las suyas.
Estar despierto y saber: eso ya era terrible. Estar despierto, saber y recordar: insoportable. Contra la triple maldición, Weber únicamente podía distinguir un único consuelo. Algo en nosotros podía modelar a otro modelador. Y de ese sencillo circuito procedía el amor y la cultura, el ridículo exceso de dones, cada uno de los cuales constituía una desesperada prueba de que yo no soy ello… No teníamos hogar, ninguna totalidad a la que volver. El yo se extendía como una fina capa sobre cuanto miraba, cambiado por la luz cambiante. Pero si nada en el interior jamás era plenamente nosotros, por lo menos alguna parte de nosotros estaba suelta, a disposición del prójimo, interactuando con todo lo demás. Los circuitos de otro circulaban a través de los nuestros.
Este fue el pensamiento que se formó al amanecer en el cerebro de Weber, sus cambiantes sinapsis, toda la percepción que jamás habría tenido que necesitar. Pero se dispersó con la llegada de nuevas oleadas, mientras Sylvie gemía y se desperezaba al despertar, abría los ojos y le sonreía.
– ¿Qué, has…? -le preguntó, todavía soñolienta.
Un viejo código entre ellos: «¿…dormido bien?».
Y, sí, él hizo un gesto de asentimiento y le devolvió la sonrisa. Durante toda su vida había dormido bien.
La Navidad llegó y pasó, y seguía sin aparecer ningún ángel. Decenas de personas telefonearon después de la emisión, todas ellas con teorías, pero ninguna con una información útil. Cuando incluso el programa Crime Solvers le decepcionó, Mark le dijo abiertamente a Karin que ahora tenía una idea bastante precisa de lo que pasó realmente aquella noche. Cualquier ambicioso proyecto comercial de transformar la región requería ante todo transformar a los habitantes de la región. Cuando ella le pidió que se explicara, él replicó que usara la cabeza y lo dedujera por sí misma.
El día de Año Nuevo, al anochecer, el especialista Thomas Rupp, del 167.° Regimiento de Caballería (los Soldados de la Pradera), apareció en la entrada de la Homestar. Se había quitado la guerrera de su uniforme de camuflaje de tres colores, y acababa de regresar a la ciudad tras los ejercicios con la unidad. Mark miró por la sucia ventana al oscuro jardín, pensando que las fuerzas paramilitares habían llegado con el propósito de requisar su casa, en connivencia con aquel nuevo proyecto del puesto de avanzada natural.
El especialista Rupp estaba en el umbral de Mark, tocando conjuntos de tres notas iguales sobre el material que imitaba la madera de la puerta principal. La sintonía de un programa de la televisión pública sobre ferias de antigüedades se filtraba por las ventanas.
– ¿Qué pasa, Gus? Abre, tío. No puedes estar cabreado con nosotros eternamente.
Mark estaba al otro lado de la puerta, blandiendo una llave de mordazas para tubería que medía noventa centímetros. Al percatarse de quién era, dijo a través de la fina puerta:
– Vete. No eres bien recibido.
– Hombre, Schluter, anda, abre la puerta. Aquí afuera no se está bien que digamos.
La temperatura era de seis grados bajo cero y la visibilidad no llegaba a tres metros. El viento convertía la nieve seca en polvo en una tormenta de arena blanca. Rupp estaba temblando, lo cual no hizo más que convencer a Mark de que se trataba de una trampa, porque nada helaba jamás a Rupp.
– Tenemos que aclarar algo, tío. Déjame entrar y hablaremos.
Para entonces la perra estaba histérica, gruñía como un lobo y daba saltos de un metro en el aire, dispuesta a abalanzarse por la ventana y atacar a quien fuese para proteger a su amo. Mark no podía oírse pensar.
– ¿Aclarar qué? ¿El hecho de que me hayas mentido? ¿El hecho de que hicieras que me saliera de la carretera?
– Déjame entrar y hablaremos. Aclararemos esto de una vez por todas.
Mark golpeó la puerta con la llave, confiando en asustar al intruso. La perra se puso a aullar. Rupp gritó una blasfemia para que Mark reaccionase y cesara en su actitud. La vecina de al lado, una procesadora de datos jubilada que servía comidas a los sin techo en la iglesia católica de Kearney, abrió su ventana y amenazó con arrojarles una bomba incendiaria. Los dos hombres siguieron intercambiando gritos, Mark exigiendo explicaciones y Rupp exigiendo que le dejara entrar porque se estaba muriendo de frío.