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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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– Abre la jodida puerta, Gus. No tengo tiempo para esto. Me han llamado. Servicio activo. Pasado mañana me voy a Fort Riley, tío, y luego a Arabia Saudí, en cuanto me suelten de la cadena.

Mark dejó de gritar y acalló al perro durante el tiempo suficiente para preguntarle:

– ¿Arabia Saudí? ¿Para qué?

– Las Cruzadas. El Armagedón. George contra Saddam.

– Qué creído te lo tienes. Sabía que te lo tenías muy creído. ¿De qué le servirá eso a nadie?

– Segundo asalto -replicó Rupp-. Esta vez va en serio. Iremos a por los cabrones que derribaron las Torres Gemelas.

– Están muertos -objetó Mark, más a la perra que a Rupp-. Murieron en el impacto, en una gran bola de fuego.

– Hablando de muerte… -Rupp pisoteaba el suelo y gañía de frío-. Voy vestido para un clima tropical y aquí hace una temperatura polar, Gus. ¿Vas a dejarme entrar o quieres matarme? -Difícil pregunta. Mark no respondió-. De acuerdo, tío. Abandono. Tú ganas. Habla de ello con Duane. O espera a que yo vuelva. Esta confrontación terminará enseguida. En una semana esos matones se habrán llevado su merecido. El Día de la Bandera, Rupp el matarife estará de regreso y seguirá con la carnicería. El día de tu cumpleaños te llevaré de pesca. -La casa siguió en completo silencio. Rupp retrocedió hacia la gélida tormenta de arena-. Habla con Duane. Él te explicará lo que ocurrió. ¿Qué quieres que te traiga de Irak, Gus? ¿Uno de esos gorritos blancos? ¿Un rosario? ¿Un pozo petrolífero en miniatura? ¿Qué puedo traerte? Solo tienes que decírmelo.

Rupp había desaparecido ya en su camioneta cuando Mark gritó:

– ¿Qué quiero? Quiero que vuelva mi amigo.

El Día de la Marmota, que caía en domingo, Daniel Riegel telefoneó a su amigo de la adolescencia. Durante quince años no habían tenido ningún contacto; solo se habían visto alguna vez desde lejos y, en cierta ocasión, se encontraron en un supermercado y pasaron uno al lado del otro sin decirse nada. A Daniel le temblaban las manos mientras marcaba el número. Colgó una vez, y entonces se obligó a empezar de nuevo.

Karin le había contado la visita que hizo con su hermano aquella tarde a la casa abandonada de los Schluter, una casa que Daniel recordaba tan bien como la suya propia. Algo se había desmoronado en ella cuando le expuso lo que Mark le había revelado. «Querías a mi hermano, ¿verdad?» Claro que le quería. «Me refiero a que le amabas.» Karin lo había pensado todo muy a fondo, evaluando a Daniel como si no tuviera nada que ver con él.

No tenía ni idea de qué diría si Mark Schluter se ponía al aparato. Ya no importaba lo que dijera, mientras dijese algo.

– ¿Diga? -gritó una voz en el otro extremo de la línea.

– ¿Mark? Soy yo, Danny. -Su voz parecía la de un pubescente, entre soprano y barítono bajo. Mark no dijo nada, por lo que Daniel prosiguió con absurda naturalidad-: Tu viejo amigo. ¿Qué tal van las cosas? ¿Qué has estado haciendo? Ha pasado mucho tiempo.

Por fin Mark rompió su silencio.

– Has hablado con ella, ¿verdad? Claro que sí. Es tu mujer, tu amante, lo que sea.

La voz de Mark oscilaba entre el desconcierto y la turbación. ¿Por qué la gente tenía que hablar de él a sus espaldas? ¿Qué demonios les importaba? Eso era un misterio que rebasaba su comprensión y ante el que solo podía guardar silencio.

Con palabras entrecortadas, Daniel se refirió a los malentendidos del pasado, le dijo que se le cruzaron los cables y que su deseo de experimentar le salió mal. Debería haberle dicho que no fue lo que él pensaba y que nunca debería haberle propuesto lo que le propuso. Mark seguía callando, como lo había hecho durante quince años.

– Escucha -le dijo finalmente-. Me tiene sin cuidado que seas gay. Es una tendencia que en la actualidad está de moda. Ni siquiera me importa que los animales te gusten más que la gente. A mí me ocurriría lo mismo, si no fuese humano. Pero ándate con cuidado. Sé que esta es una ciudad universitaria, pero sal a las afueras y te sorprenderás.

– Tienes razón en eso -replicó Daniel-. Pero te equivocas conmigo.

– Muy bien, lo que tú digas. No importa. Olvídalo, entiérralo. El pequeño Danny… y el joven Markie. ¿Recuerdas a esos dos?

Daniel tardó un momento en decidirse.

– Creo que sí -respondió.

– Estoy seguro de que no. Ni idea de quiénes fueron. Dos mundos diferentes. ¿A quién le importa?

– No comprendes. Jamás quise que pensaras…

– Oye, ten relaciones sexuales con quien te parezca. Solo se vive una vez, en general. -Y entonces, sin ninguna transición, pisaron de nuevo el camino trillado-. Pero ¿puedo preguntarte por qué ella? No me malinterpretes. No tengo nada que reprocharle. Por lo menos, aún no me ha hecho daño, pero… esto no tiene nada que ver conmigo, ¿no es cierto?

Daniel intentó decírselo, decirle por qué ella. Porque con ella no tenía que ser nadie más que quien siempre había sido, porque estar con ella le procuraba una sensación de familiaridad, como la de volver a casa.

Mark echó por tierra la explicación.

– Eso pensaba. ¡La estás utilizando en lugar de mi hermana! Dormir con ella te recuerda a Karin, los viejos tiempos. Sí, tío, el recuerdo. Cada vez que lo haces, disfrutas tirándote al recuerdo, ¿eh?

– Así es -convino Daniel.

– Bien, pues eso es lo que tienes. Lo que sea con tal de pasar la noche. Pero no olvides que el amor viene y se va. Un día despiertas y te preguntas qué ha pasado. Supongo que no es necesario que te diga eso. Bueno, dime, ¿a qué has dedicado tu vida? -La risita que soltó entre dientes parecía el sonido de un afilador de herramientas accionado por una correa- En los últimos quince años. Dímelo en doscientas palabras o menos.

Daniel le hizo un resumen de sus actividades, maravillándose de lo poco que había cambiado desde la infancia y lo poco que realmente había conseguido en tan largo tiempo. Apenas podía oírse a sí mismo por encima del ruido del pasado.

Mark quería que le hablara del Refugio.

– ¿Es una especie de Dedham Glen para pájaros?

– Supongo que sí. Algo por el estilo.

– Bueno, eso no puede hacerme daño. Karin Dos dice que estáis luchando contra ese Disney World en el territorio de las dunas, esa especie de campamento para observadores de las grullas.

– Luchamos, sí, pero estamos perdiendo. ¿Qué te ha contado ella?

– Los técnicos de esos promotores han estado por aquí, husmeando. Me parece que se han fijado en mi casa, que pretenden requisarla.

– ¿Estás seguro? ¿Cómo puedes saber que eran de…?

– Un equipo de tíos con esos aparatos de agrimensor. Forasteros, de esos que pescan con dinamita.

Daniel se estremeció. Los promotores estaban realizando un estudio del impacto ambiental. La inversión de capital ya estaba en marcha.

– Escucha, Mark, ¿podríamos vernos? ¿Puedo ir a tu casa?

– Vaya. Para el carro, tío. Te lo dije hace mucho tiempo. No soy de esos.

– Tampoco yo lo soy -replicó Daniel.

– No, si está bien. Este es un país libre. -Mark hizo una pausa, pero no estaba alterado-. Dime una cosa, tú que sabes tanto de los pájaros. ¿Es posible adiestrar a una de esas aves para que espíe a alguien?

Daniel sopesó sus palabras.

– Las aves te sorprenderían. Las urracas pueden mentir. Los cuervos castigan a los individuos que engañan a los demás miembros de la bandada. Las cornejas hacen ganchos a partir de alambres rectos y los usan para sacar objetos de agujeros. Eso es algo que ni siquiera pueden hacer los chimpancés.

– De modo que seguir a la gente no sería un problema para esos pájaros.

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