Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El eco de la memoria
El eco de la memoria - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
1 ... 123 124 125 126 127 128 129 130 131 ... 143
Перейти на страницу:

Los objetivos de los cuidados habían cambiado. Ya no necesitaba que Mark la reconociera. Lo único necesario ahora era que él se creyera vivo.

– Por supuesto -respondió Barbara-. Estoy a tu disposición durante tanto tiempo como él necesite.

Karin sintió como una punzada la buena disposición de la mujer.

– En el Refugio estamos atravesando un período frenético -le explicó-. Las cosas están subiendo de tono con…

– Claro que sí -le dijo Barbara-. Probablemente alguien debería pasar allí la noche, porque supongo que en estos momentos las noches son difíciles para Mark.

Su voz revelaba que estaba dispuesta a llegar incluso tan lejos. Pero Karin se negó a pedirle tal cosa. Si ella no podía estar presente de noche, tampoco lo estaría Barbara.

Llamó a Bonnie, la única alternativa real. Le respondió la empalagosa voz del contestador automático («Me gustaría estar aquí para hablar personalmente contigo…»), aquella alegre voz de tiple que parecía el claxon de un Ford Focus que hubiera tomado estimulantes. Karin lo intentó dos veces más, pero fue incapaz de dejar un mensaje. ¿Te importaría pasar las noches en casa de mi hermano durante algún tiempo? Cree que está muerto. Incluso según los criterios de Kearney, eso era algo que debía solicitarse en persona. Finalmente, Karin fue a la Arcada, en un momento que coincidía con el turno de Bonnie. Karin aún no se había molestado en echar un vistazo a aquel complejo. Sesenta y cinco millones de dólares para convertir a sus bisabuelos en un canal temático de dibujos animados y engañar a la gente de paso hacia California que, al ver aquello reflejado en sus GPS, creían que había algo allí que merecía la pena ser visitado.

Karin pagó los 8,25 dólares que costaba la entrada, pasó ante las figuras de pioneros a tamaño natural y subió en el ascensor hasta la carreta cubierta, rodeada de gigantescos murales. Vio a Bonnie cerca de la choza de terrones herbosos, con su vestido de percal y su toca, hablando con un grupo de escolares con una curiosa voz de otros tiempos: una versión MTV de Ma Kettle. Al ver a Karin, Bonnie agitó briosamente un brazo y, en el mismo tono falsamente arcaico, gritó: «¡Hola!». Se apresuró a librarse de los escolares y se reunió con Karin junto a las figuras de indios pawnee, el percal al lado de la fibra ecológica Tencel.

– Está convencido de que se ha muerto y nadie se ha dado cuenta -le dijo Karin.

Bonnie se quedó pensativa, la nariz arrugada.

– ¿Sabes? En una ocasión yo también sentí eso.

– Escucha, Bonnie. ¿No podrías quedarte con él durante un tiempo? ¿En la Homestar? Solo unas cuantas noches.

Los ojos de la muchacha se agrandaron como los de un lémur.

– ¿Con Mark? ¡Pues claro que sí!

Respondió como si la misma pregunta fuese demencial. Y Karin comprendió que, una vez más, era la última en percatarse de cómo estaban las cosas.

Hicieron los arreglos necesarios. Las dos mujeres decidieron turnarse, mientras que Mark se mostraba indiferente a las medidas que se tomaban a su alrededor.

– Lo que tú digas -le dijo Mark a Karin cuando ella le contó lo que iban a hacer-. Deslómate hasta quedar fuera de combate. No puede dolerme. Ya no existo.

Sin embargo, la noche del primer lunes de marzo Mark reunió a Karin y Bonnie en la sala de estar de la Homestar para ver la última edición de Crime Solvers.

– Hoy he recibido una llamada que me ha espabilado -explicó, y no quiso decir nada más.

Se movía metódicamente, dándoles bebidas y bolsas de maíz tostado, e insistió en que las dos fuesen al lavabo antes de que empezara el programa. Karin le miraba, consciente de lo absurdo que era abrigar esperanzas.

Entonces, como si obedeciera a una orden, Tracey, la presentadora del programa, anunció:

– Ha ocurrido algo en el caso del que les hablamos hace unas semanas, el del hombre de Farview que…

En la pantalla, un granjero de Elm Creek, señalaba un hoyo en el límite de la extensión de césped delante de su casa. Cinco días antes, su esposa había descubierto unas sanguinarias que crecían dentro del macetero que él le había confeccionado con un viejo neumático que sacó del río en agosto, cuando el caudal estaba bajo.

– Verá, mi esposa y yo seguimos desde hace tiempo su programa, y cuando estaba allí, mirando aquel neumático, recordé el caso que ustedes habían contado y se me ocurrió preguntarme…

El sargento de la policía Ron Fagan explicó cómo habían recuperado los neumáticos y cómo los forenses los habían cotejado con las pruebas recogidas en la escena del crimen que tenían archivadas.

– Creemos que coinciden -dijo al mundo, un poco alicaído por estar hablando de investigaciones en bases de datos informáticas en lugar de persecuciones en coche patrulla a toda velocidad.

Pero informó de que se había establecido la procedencia del neumático, cuyo propietario había sido sometido a interrogatorio. El hombre trabajaba en la planta envasadora de carne de Lexington, y se llamaba Duane Cain.

Karin gritó al televisor.

– ¡Lo sabía! Esa sabandija…

Bonnie, sentada al otro lado de Mark, sacudía la cabeza.

– Eso no puede ser cierto. Me juraron que se trataba de otra persona.

Mark permanecía rígido, ya un cadáver.

– Me obligaron a salirme de la carretera. Me azuzaron: adelante, adelante, cabeza de cabra. Me dejaron allí abandonado, dándome por muerto. Al menos por fin sé que lo estoy.

Karin se puso el abrigo y revolvió el interior de su bolso en busca de las llaves.

– Voy a interrogarle.

En su apresuramiento por abrir la puerta, se dio con ella en la cara y se lastimó en el labio.

Mark se levantó del sofá.

– Iré contigo.

– ¡No! -Karin giró sobre sus talones, furiosa, asustándose a sí misma-. No. ¡Déjame hablar con él!

Blackie Dos se puso a gruñir. Mark retrocedió, alzando las manos. Entonces ella salió a la noche y se dirigió dando tumbos al coche.

Preguntó en la comisaría. Duane Cain había sido puesto en libertad. El sargento Fagan no estaba de servicio, y nadie quiso darle detalles. La noche era tan fría y el mundo estaba tan falto de aire como un meteoro. Su aliento salía helado por sus fosas nasales y le bañaba las manos con un vapor plomizo. Se golpeaba los costados con los codos para que sus pulmones siguieran funcionando. Volvió al Corolla, cruzó la ciudad y llegó al apartamento de Cain al cabo de unos minutos. Él abrió la puerta. Llevaba una sudadera morada con la inscripción «¿Qué haría Belcebú?». Estaba esperando a alguien y, al ver a Karin, se amedrentó.

– Supongo que has visto ese programa, ¿verdad?

Ella entró en la habitación y acorraló a Cain contra la pared. Él no se resistió, lo único que hizo fue cogerla por las muñecas.

– Me han soltado. No he hecho nada.

– Las jodidas marcas de tus neumáticos se cruzaron delante de él.

Intentaba golpearle con el puño mientras él se lo impedía inmovilizándola con un torpe abrazo.

– ¿Quieres que te cuente lo que ocurrió o no?

Se negó a decir nada hasta que ella dejara de forcejear. La hizo sentarse en un saco relleno de bolas de poliestireno e intentó ofrecerle algo de beber. Él se sentó en un taburete de bar, a una distancia segura, utilizando el listín telefónico como escudo.

– En realidad no hemos mentido. Técnicamente hablando… -Ella le amenazó con matarle o algo peor. Él empezó de nuevo-. Tenías razón en lo de los juegos. Hacíamos carreras. Pero no fue lo que piensas. Estábamos en el Bullet. Tommy había comprado recientemente un juego de intercomunicadores. Salimos y empezamos a tontear con ellos. Rupp y yo en la camioneta de Tommy, Mark en la suya. Jugábamos a pillar, solo eso. Íbamos por ahí como de costumbre, comprobando el alcance de los aparatos, persiguiéndonos. Ya sabes: caliente, caliente, frío, frío, perdíamos la señal, volvíamos a captarla. Estábamos a cierta distancia, avanzando hacia el este por la North Line desde la ciudad. Pensábamos que estábamos a punto de encontrarnos con él. Mark se reía a través del intercomunicador, hablaba de iniciar una acción evasiva. Entonces su señal se perdió. Alzó el dedo del botón de transmisión y no volvió a pulsarlo. No sabíamos qué se proponía. Tommy aceleró, suponiendo que debíamos de estar cerca. La noche era muy oscura.

1 ... 123 124 125 126 127 128 129 130 131 ... 143
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)